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Sección de videojuegos (II)


#RELATO:

I

Matilde Romero Peña, de fotografía, encargada de planta, observa la escena desde lejos, y arquea las cejas disgustada. ¡Álex, el de informática, ligando con la pavisosa de los videojuegos! ¡Álex! En la última cena de empresa Matilde estuvo a punto, a punto de llevárselo a su apartamento. Él parecía indeciso, decía que quería irse a casa…pero todos los hombres son iguales, eso ya se sabe. Su marido también parecía indeciso el día de la boda, y luego fueron extremadamente felices durante unos siete años. Pero los niños le tocaban a ella ese fin de semana, y presentarse con un tipo desconocido tan tarde…y luego, ¿qué? ¿Álex se quedaría a desayunar con sus hijos a la mañana siguiente, como una familia feliz?  Los niños se lo contarían a su padre, su ex se lo contaría al juez, a su madre y a la madre de Matilde, el juez lo tendría en cuenta, la madre de Matilde se lo contaría a las vecinas y a las primas del pueblo, las primas…En fin, que no se llevó a Álex al apartamento. Volvió sola a casa, de un humor terrible, y sus hijos la encontraron a la mañana siguiente viendo “Titanic” junto a una botella de vodka semivacía. A día de hoy, Matilde ignora si se lo contaron a su padre.

El hecho era que  Matilde no estaba dispuesta a dejar pasar la siguiente oportunidad. Al ver como Alex y la de los videojuegos -¿cómo se llama esa furcia?- se sonríen tontamente, avanza con paso decidido hacia ellos, mientras se desabrocha dos botones de su blusa de dependienta fija.

-Gérard Depardieu

-Frederic Chopen

-Ingrid Bergmann

-Wolfgang Amadeus Mozart

-Al Pacino

-Robert Schumann

Matilde toma aire. Ni siquiera están hablando del tiempo o de las ventas (ambos son temas recurrentes entre los dependientes que tratan de realizar acercamientos de tipo sexual). Se interrumpen para decir nombres absurdos, alternativamente, y es más de lo que Matilde puede soportar.

-¡Álex Silvano de Tena!

Álex se da la vuelta, apoyando el codo sobre la mesa de la caja registradora. Casi se cae al suelo al ver el desproporcionado escote de Matilde y luego se pone recto, al tiempo que juega con su corbata.

-Ese nombre no vale. Alex Silvano de Tena no es ningún actor, y yo había dicho “Schumann”-dice la dependienta de videojuegos a pesar de que Matilde la observa furiosa.

La dependienta temporal les ofrece la mejor de sus sonrisas a Álex  y a Matilde, alternativamente.

-Has perdido, no deberías haber dejado que ella conteste por ti… Pero las reglas son las reglas, has perdido. Lo siento.-dice muy seria.

Álex juega en silencio con su corbata, pensando sitios en los que esconderse.

Matilde mira a la de videojuegos con desprecio.

-¿Reglas? ¿Qué reglas? Yo no estoy jugando, mona. Estoy llamando a Álex, eso es todo, porque soy encargada de planta. ¿Tienes algún problema? Estamos trabajando, esto no es ningún patio del colegio. A jugar te vas a tu casa.

-Encantada, Álex Silvano de Tena.-dice la dependienta de videojuegos, estrechando la mano del dependiente- Yo me llamo Julia Verjat Gómez.

Álex mira asustado a las dos mujeres, hasta que Julia Verjat asiente y vuelve a tocar el piano sobre su mesa. Entonces, Álex sigue a Matilde a la sección de fotografía y luego inventa excusas durante tres largos minutos para no irse a cenar con ella esa noche al sofisticado restaurante japonés de la esquina.

Al de dos semanas Álex Silvano es despedido de la sección de informática por una injustificada falta de puntualidad. Después de pasar por una depresión de cuatro días, se decide a ir a buscar a la dependienta de videojuegos a la salida de los grandes almacenes.

-Te han despedido.-dice Julia Verjat a modo de saludo, cuando vuelven a verse. Van por la calle y ella lleva puesto su uniforme de dependienta.

-Sí. Y tú llevas puesto tu uniforme.

-Me gusta mi uniforme. Yo los haría obligatorios en todos los trabajos del mundo. Oye, creo que podrías denunciar acoso sexual si te interesa recuperar tu puesto. Ahora se lleva mucho…

-Olvídalo, no pienso hacerlo. Y que el uniforme te guste no explica que lo lleves puesto fuera del horario de trabajo…

-Bueno. Es que a mí también me han echado. Hoy. He tirado sin querer al suelo la consola más cara de la planta. Total,  llevaba rota dos semanas, y de alguna manera tenía que justificarlo… Por eso no me he quitado hoy el uniforme. Es el último día que me lo pongo y tengo miedo de echarlo de menos.

-Ya. No sé. Creo que no me estás animando de la manera más adecuada. Soy un parado, ¿sabes? Yo  echo de menos ser el número dos de la sección de informática.

-Yo también soy una parada, y no me lamento tanto como tú. ¿Qué te parece  si vamos al cine para olvidar nuestros problemas? Hay una película de Hugh Grant. Ir al cine con él sería una despedida estupenda para mi uniforme.

-No me gusta el cine, y odio a Hugh Grant. Aunque creo que a Matilde le gustaba mucho…Hace unos meses en la cena de Navidad, me dijo que yo…Olvídalo. No me gusta el cine. ¿Vamos a un restaurante…chino? Debes tener en cuenta que soy un parado.

-Oh, me gustan los restaurantes chinos. Y no te preocupes por lo del cine, yo tampoco sé tocar el piano.-dice ella, agarrándole del brazo.

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Sección de videojuegos (I)


#RELATO:

I

Ella golpea con los dedos la mesa donde está la caja registradora, fingiendo que sabe tocar el piano. Aunque aún no le duelen las piernas –después de todo, la mitad de su trabajo consiste en estar de pie- la media sonrisa que exhibe es, claramente, un gesto mecánico, que no está dirigido a nadie en particular.

Quedan dos horas para cerrar la caja. Todavía puede vender unos cinco videojuegos, teniendo en cuenta que es un día de labor, y que el niño medio está en este momento haciendo sus deberes en casa. Y de pronto los ve llegar: un padre con barba seguido por un niño con mochila.

-…pide lo que quieras, luego ya veremos nosotros qué te compramos. ¿Seguro que no prefieres otra cosa, más que un videojuego? Yo a tu edad era feliz con tan poca cosa, una simple peonza…y pensar que me volví loco cuando tus abuelos me regalaron una bici…¡y eso que era por la comunión! Pero ahora necesitáis todo tipo de aparatitos, os lo damos todo hecho, no tenéis imaginación, y claro…

El niño se mueve nervioso entre las estanterías de juegos, sin escuchar a su padre: tendrá unos ocho años.  De repente dobla una esquina demasiado aprisa, y la consola más cara del establecimiento cae al suelo limpia, claramente, sin hacer ruido.

La planta queda en silencio. El tiempo se detiene. Y entonces, dos acciones suceden casi simultáneamente. La primera, el golpe sobre la mejilla del niño. El padre le da una bofetada sin mirarlo, y el niño aguanta el dolor sin llorar, aunque su mano derecha tiembla en el bolsillo del pantalón, deseando aliviar el calor de la cara. La segunda acción  comienza un segundo antes de que se escuche la bofetada: la dependienta camina rápidamente, a pesar de la falda del uniforme y los tacones, recoge la consola y la guarda tras el mostrador. El padre se acerca a ella, le agarra por el brazo:

-Señorita, le dejo mi teléfono, por si hace falta, llámeme usted y…

Ella niega con la cabeza y lo empuja hacia su hijo, que  observa horrorizado el lugar donde hasta hace unos segundos estaba la consola. Se marchan apresuradamente, y la chica sonríe en silencio. Aunque nadie parece fijarse en ella, su sonrisa ha dejado de ser un gesto mecánico, y sus ojos parecen mirar juguetes, muñecas o jarrones que ella también tiró al suelo por error, hace unos pocos años.

Álex Silvano de Tena, el vendedor número dos de la sección de informática, juega con su corbata roja a rayas mientras observa la escena. Lo que ha contemplado es una total falta de profesionalidad, desde luego. Si el está logrando ascender, si ha llegado ha ser el número dos de su sección antes de los 25 años, se debe a su puntualidad inglesa y al hecho de que olvidó hace tiempo que las cosas pueden caerse al suelo “por error”. ¡La consola más cara del establecimiento, ni más ni menos!

Pero, aprovechando que no hay clientes por “su” zona, se dirige lentamente a la zona de videojuegos, y observa a la dependienta temporal, que vuelve a fingir que toca el piano junto a la caja registradora.

-Perdone, señorita…

Ella abre mucho los ojos. La mano izquierda se paraliza en medio de un fantástico e invisible acorde.

Álex no es capaz de recordar cómo se llama la dependienta. Entonces, decide pasarse una mano por el pelo y toser débilmente. Una mujer le dijo hace tiempo que era encantador cuando hacía eso, que le recordaba a un actor inglés, que había protagonizado…que se había hecho famoso por…

La dependienta no parece vulnerable al truco y la mente de Álex empieza a luchar desesperadamente  por recordar el nombre del actor inglés, sin pensar nada ingenioso que decirle a la dependienta, mientras sonríe como un idiota.

-¡El actor se llama Hugh Grant!-dice finalmente, aliviado.

Ella parpadea un par de veces, buscando otro nombre.

-¡Y el compositor, Franz Lizst!- contesta finalmente la dependienta bajito, sonriendo. Ella también parece aliviada.

Ahora es Álex quién parpadea, no dos, sino muchas veces. Y luego, sonríe.

Ane Zapatero

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