Archivo de la etiqueta: sexo

Cuatro esquinitas tiene mi cama


#RELATO:

Me he pintado las uñas de fucsia. Veo mis manos bailar claqué sobre la almohadilla de mi anémico ordenador y no me las reconozco. Son manos de señora endomingada, de vieja vestida de lolita, de carnicera. Pero ahora no tienen remedio. Ni importan. Hoy sólo importan tus uñas, tus dedos, tus manos bailando claqué, tecleando  las anémicas almohadillas de mis pies.

Acaricio con mi lengua los ángeles que duermen en el cielo de tu paladar. Y se me olvidan la lista de la compra y la ropa de la lavadora. Y pienso en arañas con botines recorriendo a hurtadillas las corvas de tus piernas, las corvas de mis piernas, el lugar donde encajan perfectas tus-mis rodillas. Pero recibes una llamada y dejas de besarme y me das las buenas noches y te vuelves para tu casa. Y yo pienso en las arañas descalzándose, desvistiéndose, terminando su jornada laboral, recogiendo el hilo sobre la madeja, reposando sus ocho patas en alto, masajeando sus tobillos, contentas de haber terminado tan pronto hoy.

De pronto me vienen a la memoria las arañas de mi infancia, que tenían sólo siete pies. Creo que me doy tanta pena que mi cerebro se empeña en distraerme de mí misma. Y ahora pienso en un par de botes de lentejas, limones, naranjas, perejil y en la ropa blanca que se amontona en el cesto. Pero todo es en vano. Y pienso que eso rima con abano, enano, banano…

Qué cara me ha salido la canguro. Y el sostén de color añil, un poco hortera, un poco puta, un poco caro.

Me desmaquillo ante el espejo. Me desnudo y me pongo el pijama. Pienso en cómo basta una llamada para hacerme caer de morros. Equilibrio metaestable.

Minade Carbón

Anuncios

9 comentarios

Archivado bajo Relato

Génesis


#MICRO-:

#EXPERIMENTACIÓN:

#RELATO:
 

Éste es el resultado de tachar palabras de un texto bíblico y dejar sólo aquellas que me interesaban para lograr, sin añadir palabras y sin alterar su orden, esta pequeña historia:

.

Subía un vapor. Entonces, el polvo.

Un hombre que había, delicioso a la vista y bueno para comer y para regar el huerto, repartía cuatro brazos: “-Uno rodea toda la tierra de oro. Bueno, también el segundo, el tercero y el cuarto”.

Toda bestia, entonces, una mujer astuta respondió: “-podemos comer en medio del huerto. Tocaréis para que comáis”. Y vio la mujer que era bueno y agradable y codiciable su fruto. Y comió. Y también su marido. Los ojos se escondieron entre los árboles del huerto. Y le dijo: “-estabas desnudo como yo te mandé. Sobre tu pecho y tu cabeza multiplicaré tu deseo. A Dolores, Luz y tu madre, siempre encendida, que se revolvía para todos lados, he adquirido. Y al gordo de Abel para cuando labres la tierra”.

(Texto original: Génesis 2:4- 4:12. Santa Biblia, versión Reina Valera de 1960)

Minade Carbón

11 comentarios

Archivado bajo Experimentación, Micro-, Relato

(relato erótico) II


(viene de aquí)

#RELATO:

II

Diana no puede dormir. Su cuerpo exhausto permanece alerta, torturado por la hiperactividad de una mente insatisfecha que teje quejidos del condicional presente (“si él supiera”, “si yo fuera”…) y del (im)perfecto (“si me hubiera atrevido”, “si se hubiera lanzado”…). Después de liberar a su pecho del sujetador, se habría lanzado a los labios de David y habría anticipado el contacto de los torsos desnudos a través del suave velo de su camiseta de lunares. Le habría costado trabajo respirar besar lamer morder devorar al mismo tiempo pero le habría guiado el instinto, desbocado como el de un niño al que, inesperadamente, se le da permiso para saltar sobre la cama. También le habría gustado dejarse acariciar, explorar por manos ansiosas y expertas. Él la habría colocado de cara a la pared y le habría recorrido la espalda por debajo de la camiseta y después se la habría roto y le habría hincado los dientes en la tierna piel de ese pliegue que ni es pecho ni axila ni tampoco espalda. David le habría rozado con la punta de la lengua los pezones, que ella sólo alcanza a estimularse con las yemas de los dedos, mientras el aliento le delata las ganas. Si ella se hubiera atrevido a seguirle hasta el baño, David habría encontrado el modo de despertarle los sentidos. No la habría dejado descansar hasta que la cabeza de ella hubiese caído, agotada, sobre el hombro sudoroso de él, enlazados el uno sobre el otro sobre la tapa bajada del inodoro. Acompasando las respiraciones. Rozando lánguidamente la espalda del otro con dedos temblorosos. Risas súbitas de alegría y extenuación. “Aún tengo más besos en la recámara”.

Pero no se había atrevido a seguirlo hasta el aseo de caballeros: se había quedado sentada a la mesa mientras se mordía las uñas sorbía su Cocacola comprobaba el reloj y se mordía las uñas vigilando que volviera. Siempre a punto de saltar de la silla pero sin ser capaz de dar el brinco decisivo. David había llegado, húmedas las perneras del pantalón de secarse las manos en ellas, y había preguntado: “¿Nos vamos?”. Y ella había respondido: “Sí, vamos”. Se habían despedido muack, muack, con dos castos besos hasta el día siguiente en la oficina. “Buenas noches”, había dicho él. Y a ella, por supuesto, le había sonado a ironía. Y un poco también a castigo.

Paula Zumalacárregui Martínez

3 comentarios

Archivado bajo Relato

Leche merengada


#RELATO: Cuando entró en la casa, la encontró como de costumbre, tirada en el sofá. Un brazo pendía inerte del borde del sofá mientras ella, totalmente regalada a la desidia, dejaba que su pájaro revoloteara libre por el salón.

Aquél pájaro tenía casi más años que él. Era la niña de los ojos de su madre. Solía revolotear histérico, soltando plumas a su paso por la casa. A él le daba bastante asco aquel bicho. Estaba sucio y tenía las patas llenas de bultos asquerosos, como muñones saliendo de otros muñones, así que si en alguna ocasión había tenido la tentación de matarlo, pronto el asco le había hecho desistir.

A su madre, en cambio, aquel pájaro le daba la vida. En ese preciso momento, estando ella tirada en el sofá, el ave calva le picoteaba las migas de galleta que se le habían ido acumulando en los pliegues de la papada y sobre su turgente escote mientras ella, pasiva y complacida, se dejaba hacer.

Eran las doce y media de la noche cuando dejó la bici en el jardín para entrar en casa y encontrarse con aquello. Su madre ni siquiera le preguntó dónde había estado hasta tan tarde, ni le tenía la cena preparada, ni le había recordado que al día siguiente debía madrugar para llegar a tiempo a clase. Sólo sacaba los labios cerrados, como un culo, para que su adorado pajarillo le diera piquitos. Odiaba a aquel bicho piojoso. Aunque probablemente sólo era un odio desplazado. A quien de verdad odiaba era a su madre. Por no prestarle atención y por dejarse tocar por aquel vecino asqueroso, también viudo. Eran repulsivos.

Entró en su habitación, soltó la mochila y encendió el ordenador. Saltaron a su pantalla mensajes de tías en bolas que le ofrecían chatear si quería sexo. Las rechazó, pero entró en la página porno de costumbre para echar un vistazo. Ni siquiera le excitaba; era pura curiosidad. Había cosas extrañísimas: transexuales vestidas de monjas, corridas multitudinarias sobre una misma cara, rubias a cuatro patas dejándose penetrar por perros, señoras mayores vestidas de colegialas,…

Internet le había abierto las puertas a un mundo que a veces le quedaba grande, pero la falta de control parental y la privacidad le permitían vencer su patológica timidez y su falta de experiencia.  Hizo tiempo hasta que el reloj dio la una de la madrugada. Entonces, se miró al espejo, se peinó un poco con las manos, se cambió de camiseta, se colocó erguido en la silla del escritorio y encendió la web cam.  Desde hacía un par de días, María y él quedaban para hablar a esa hora a través de la pantalla del ordenador, cuando los padres de ella dormían y podían hablar tranquilos, lejos de los pasillos de clase y de la vista de los compañeros. Las inseguridades eran menos a través de la pantalla.

Encendió sabiendo que del otro lado estaría ella. La niña más guapa de todo el colegio. Se había desarrollado antes que sus compañeras y todos los niños de su curso perdían el culo por ella. Pero a la una de la madrugada, con la web cam encendida, María era para él y sólo para él.

Empezarían, como de costumbre, hablando de cosas tontas. Del tiempo, de los deberes, de tal o cual película. Hasta que hubieran entrado en materia. Al fin  y al cabo, necesitaban un poco de calentamiento. Aquello era extraño y nuevo para los dos. Millones de sensaciones, algunas contradictorias, recorriendo sus cuerpos. Así que poco a poco irían hablando de esto y aquello hasta que él le pediría que se levantara el jersey. Que se lo quitara. Que se acariciara los pechos. Que se desabrochara el sujetador. Que colocara un poco mejor la cámara. Que le dijera cosas sucias. Y así un largo etcétera hasta que terminaban  el encuentro despidiéndose hasta mañana, mientras él le aseguraba que no tenía de qué preocuparse, que el examen de ciencias del día siguiente sería fácil. Y que ya hablaría él con la directora sobre ese asuntillo en el que se había visto envuelta por fumar en los lavabos. Para algo era el jefe de estudios.

Minade Carbón

12 comentarios

Archivado bajo Relato

(relato erótico) I


#RELATO:

Para Anne

I

Mientras observaba palpitar la sangre en las venas a su paso por el cuello, Diana se preguntaba qué textura y sabor tendría su piel. Él hablaba, hablaba, hablaba sobre su familia, sobre su hermana pequeña y el cachorro que se les murió cuando tenían cinco y siete años respectivamente. Ella asentía, asentía y asentía sin dejar de analizar la curva de sus labios, de imaginar la dulzura de su barba rala arañando su pecho, lienzo en blanco. De pronto él se levantó. Iba al baño. Ya se lo había dicho, pero ella, por supuesto, no le había oído. Diana se quedó esperando, mordiéndose las uñas, sorbiendo la Cocacola, mordiéndose las uñas, consultando el reloj, espiando su regreso. Y, de repente, también ella se levantó, y con paso firme se dirigió intuitivamente a los aseos, aunque jamás había estado en aquel bar y no tendría por qué haber sabido dónde estaban. Y se coló en el de caballeros. Él estaba a punto de salir, con una mano en la manilla; se secaba la otra, húmeda, en la pernera del pantalón. Ella casi le golpeó en la nariz con la puerta. Él la miró, sorprendido durante unos segundos, pero enseguida comprendió, y retrocedió mientras ella lo seguía con la intención y la mirada. La espalda de él tocó la pared mientras sus labios hacían contacto con los de ella. Ella apretó su vientre contra el de él para después abrirse paso entre su espalda y la pared: sus dedos, como garras ansiosas, arañaron la molesta superficie de la camisa hasta que ésta se salió de los pantalones y ella pudo, al fin, fundir las yemas cálidas en su espalda enfebrecida. Sus labios parecían no tener fin. Labios infinitos. Calor. Él retiró la mata de su pelo, no sin cierta torpeza, y le refrescó las tensas cuerdas del cuello con besos infinitos. Labios infinitos. Escalofríos.

-Muerde –susurra de pronto una voz desconocida.

-¿Qué?

-Que muerdas.

Y él obedece, e hinca los dientes tiernamente hiriendo su tierna piel hasta hacerle reír de dolor. Y ella ríe, ríe y ríe mientras le lloran los ojos de puro placer y de repente se acuerda de dónde está y separa su cuerpo del de él abruptamente. Sin dejar de mirarle, retrocede hasta llegar a la puerta y, sin dejar de mirarle, cierra el pestillo con una sonrisa. Sólo entonces se despoja de la primera prenda: en apenas tres segundos se deshace mágicamente del sujetador, que pende de su mano extendida durante unos segundos antes de caer al suelo de manchado de pisadas.

Paula Zumalacárregui Martínez

To Be Continued…

10 comentarios

Archivado bajo Relato

Como le gusta a la señora


#RELATO: Betty cierra la puerta de la casa y da vuelta a la llave. Tres vueltas. Como le gusta a la señora, que siempre anda con miedo de que le roben las perlas. Betty se mete en el cuarto de baño, ése en el que se cambia de ropa a las 9 en punto de la mañana cada lunes, cada miércoles y cada viernes, menos los lunes, miércoles o viernes que no acude a trabajar porque está en Urgencias mintiendo sobre el copyright de su nueva colección de moratones, Sinde la perdone. Sobre las baldosas blancas rezuma una líquida mancha amarilla. ¡maldito bicho! ¡cuándo aprenderás a no orinarte donde no debes! Betty gruñe, coge papel absorbente de la cocina, se agacha entre gruñidos, limpia  sin remilgos el suelo de orín de gato y tira el empapado papel a la papelera. Le empiezan a gruñir las tripas porque  ha desayunado poco, por las náuseas, pero ahora tiene hambre y de repente se ha acordado de los rollitos de primavera. a ver si no me olvido de comprar salsa de soja de camino al metro, están SABROSOS con salsa de soja, sin salsa de soja apenas si tienen gusto.

Betty, enfundada en su bata de trabajo, saca la aspiradora del armario del tendedero y la conecta al enchufe del salón. Entonces canta su canción de pasar la aspiradora, canta de mi tierra beeella, PARA-PÁ!, de mi tierra saaaanta,  PARA-PÁ!, oyó ese grito de los tambores y los timbales al cumbancharrr… esa cansión que canta un hermaaaano, nanananana… (…) …yyyy se le escucha penaarrrr. pa-parapa LAAAA TIERRA TE DUEELE! LAAAAA TIERRA TE DAA! EEENMEDIO DEL AAALMA CUAAANDO TU NO ESTÁS… LAAATIERRA nanana… DEEE RAÍS Y CAL! LAAA TIERRA SUSPIRAA… cuaaando tú te vas (¿?). Cuando la letra le presenta problemas, Betty se arranca a bailar mientras la aspiradora se le vuelve loca. Una vez, cuando acababa de llegar a aquella casa, rompió un jarrón chino de un caderazo y la señora se lo descontó del sueldo. Pero es que Betty es una mujer apasionada e impulsiva. O una mujer que no aprende.

Después de pasar la aspiradora por toda la casa, Betty vuelve a dejarla en su sitio en el tendedero y coge el bote de los botes de limpieza, además de las bayetas y mopas necesarias. El cuarto de la señora está lleno de espejos; sólo hay una pared que es pared de verdad, y está cubierta por un cuadro con el que Betty tiene que tener “sumo cuidado”. A Betty le gusta mucho la pintura, pero prefiere los cuadros que cuentan historias, esos en los que salen personas, animales o paisajes. ay, no, yo estas rayas feas no las entiendo. ¡qué tristesa de colores! si yo tuviera la pasta de la señora María compraría no más cuadros vistositos de alegres colores. No puede evitar poner voz a sus pensamientos cuando se ve a sí misma desde todos los ángulos posibles. Tampoco puede evitar imaginar lo que sería hacerle el amor a Juan mientras se ve a sí misma desde todos los ángulos posibles. Pero a Betty ya se le ha olvidado lo que es hacerle el amor a su marido. Se le olvidó poco después de venirse ella sola a España.

Sigue leyendo

12 comentarios

Archivado bajo Relato

Verde


#RELATO: Sintió el calor de su piel en el momento oportuno. Un momento antes se había sentido algo confusa. Se había desnudado lentamente sin dejar de mirarle. Temblaba un poco. La habitación estaba tibia. Sentía la moqueta verde pudriéndose bajo sus pies. Las puntas de sus dedos estaban heladas.

Pensó que iría ganando seguridad poco a poco. A medida que él le fuera correspondiendo con la mirada, a medida que fuera sintiendo el calor de sus ganas saliéndole por los ojos. Pero a pesar de que ella se contoneaba –algo torpemente- al quitarse la falda, él no le dirigía ni una sola mirada directa.

Ella se sentía perdida ¿No le estaba gustando? ¿No lo hacía bien? ¿No era lo suficientemente guapa?

Ante tanta pregunta sólo el silencio. A penas se oía el zumbido y el clic-clic de un fluorescente estropeado que creaba un ambiente verde y líquido, como de charca mohosa.

Cada vez temblaba más. Y a penas le reconfortaba la suave sonrisa que permanecía casi hierática en la cara de su extraño cliente. Empezó a enrojecer. Hubiera salido corriendo si no fuera porque se había comprometido con el dueño, jurándole una y otra vez que, a pesar de su inocente aspecto, sería capaz de hacerlo.

Pero no podía. No sabía. No entendía. No era como lo había imaginado. Y había imaginado todo tipo de cosas. Horribles, la mayoría de ellas. Pero no esa indiferencia por parte de su espectador.

De pronto, ya completamente desnuda, se quedó quieta en mitad de la habitación, con los brazos cayéndole rígidos, pegados a lado y lado de su cuerpo. Tiritaba. Ya no se oía la ropa caer. Silencio.

-Apaga la luz para que pueda verte –le dijo él suavemente-.

Apagó la luz y permaneció quieta. Conteniendo la respiración. Y le sintió. Le sintió acercarse. Notó su calor muy cerca. De repente, por detrás, él la abrazó con un abrazo grande, cálido. Tierno. Notó cómo la nariz de él se hundía en su cabello. Y su cuerpo rígido se relajó. Ahora sí: se echó a llorar.

Se quedaron así, abrazados. Los dos a oscuras. Los dos perdidos. Los dos necesitados. Hasta que llamaron a la puerta para avisar de que la hora establecida ya había pasado.

Minade Carbón

9 comentarios

Archivado bajo Relato