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Rizos negros


#RELATO: Ahora, años después del suceso, el hombre 57.956.344 recuerda que hablar con ella aquella noche fue el principio de todo. El principio y el final de todo.

Él iba apretado en una vieja chaqueta, que hacía unos años había pertenecido a su padre, y trataba de buscar a sus amigos con la mirada cuando la descubrió, de pie junto a una silla. Ella llevaba un vaporoso vestido que le quedaba demasiado largo, y su rostro estaba enmarcado por unos preciosos rizos negros. Él nunca debió dirigirle la palabra, ni iniciar una intrascendente conversación con ella acerca de la fiesta. Pero no pudo evitarlo, y después de eso tuvieron que ir juntos al cine un día, y otro, y luego ir a cenar, y casarse, y tener un hijo que ahora tiene seis años.

El hombre 57.956.344 ya ha tenido suficiente, y está harto de que los rizos negros de su mujer, que han dejado de parecerle preciosos hace tiempo, atasquen cada semana la ducha.

El pobre hombre tenía otra idea de la vida, y no se siente capaz de seguir interpretando esta absurda pantomima un día más. Ha tardado doce años en descubrir que la vida era esto, y no las fantasías ridículas que nos hacen creer las novelas: que vivir es madrugar, poner lavadoras, llegar tarde a casa por la noche y llevar a los niños al McDonald´s los fines de semana.

Que la vida, después de todo, está compuesta de zapatos a los que hay que dar betún, paraguas a los que les faltan varillas y listas de la compra que se olvidan sobre la mesa de la cocina.

Ane Zapatero

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Amarillo


#RELATO:

Los árboles amarillos que se ven desde su ventana son ahora el centro de su vida: la única cosa segura. Pero el otoño también pasa y de la misma forma en que él, sin darse cuenta, ha ido dejando en su almohada sueños, tiempo, cabellos y una mancha ocre de sudor acumulado, los árboles han dejado caer sus hojas sobre una húmeda almohada vegetal. Así, un día los descubre víctimas de una galopante alopecia.

Decide bajar y recoger cariñosamente la única hoja que, titubeante, pende de una rama oscura. Va a usarla como punto de libro, del libro en el que escribirá su vida. Inventará quién es y confabulará un pasado que merezca la vida serena y tranquila a la que, cree, siempre aspiró.

Pero cuando llega abajo, en pijama y descalzo, ve cómo el viento se lleva volando su hoja que plácidamente, como sonámbula, se va bailando un vals liviano. Él se deja escurrir hasta el pie del árbol, ya vacío y negruzco. Pasado un rato se pregunta qué hace ahí fuera, si tiene frío. Lo intenta, pero ya no se acuerda. Desde que muriera su mujer le viene pasando más a menudo, eso de olvidar lo que estaba haciendo.

Entra de nuevo en casa y saluda al vacío. Sólo se oye el reloj de pared. Junto a él, la rutina se hace un hueco en el sofá.

Minade Carbón

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