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Adiós


#MICRO-RELATO: Con manos trémulas, el anciano sacó del bolsillo un arrugado pedacito de papel en el que se leía DD. PP. con letra de imprenta. Desde que recibiera la notificación no había podido evitar acordarse de cuando era niño y la gente cogía unos papelitos similares para guardar la vez en la carnicería. Sonrió. Esta vez él era el filete, y había llegado la hora de la comida.

Hacía más de un siglo que la palabra “adiós” había desaparecido de los diccionarios virtuales: no era necesaria. Ya no era costumbre hacer saber a los seres queridos que uno había recibido la notificación de defunción en la que se le comunicaba la fecha y hora exactas del propio fallecimiento, pero al principio había habido problemas. Cuando en 2025 el gobierno puso en marcha su nuevo sistema de DD. PP. (Defunciones Programadas) miles de personas tuvieron que solicitar atención psicológica después de conocer que algún miembro de su familia había recibido la inapelable notificación. Las despedidas eran dolorosas, y la sociedad no había hecho más que luchar por erradicar el dolor tanto del cuerpo como de la mente.

Siempre le dejaban a uno cierto tiempo de margen para ultimar detalles, pero él tenía ya 197 años y llevaba más de cien viviendo “los últimos años de su vida”. Afortunadamente, ya sólo le quedaban diez minutos. Los últimos. El anciano cerró los ojos y entrecruzó sobre el pecho los nudos de sus manos añejas, dispuesto a esperar. La barbilla le temblaba, pero pronto dejó de hacerlo.

Paula Zumalacárregui Martínez

(publicado originalmente en (orto)graphías de un autorretrato)

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La espera (y 2)


(Viene de aquí.)

#RELATO: Iván reiría como siempre que ocurre algo inesperado, pero no quiere espantar a la mosca que se entretiene en las gotas de sudor de su frente. Empieza a echar lentamente su peso hacia delante para apoyar en el suelo las patas delanteras de la silla, poniendo cuidado en no mover la cabeza. Las tablas del suelo chirrían.

-¿Te ha vuelto el periodo? –pregunta Aleksei, sin levantar su palma de la mano izquierda de Yulia, que agarra todavía el muslo de pollo–. Hueles a hembra.

Yulia afloja la presión sobre el muslo de pollo; sus dedos brillan de grasa a la luz de la única bombilla. Asiente, con la mirada clavada en la mesa de roble, de un modo casi imperceptible. Restalla el golpe de la mano derecha de Iván contra su propia frente. Ahora sí ríe, cuando observa en la palma de su mano el pequeño amasijo de patas, alas y líquido verde. Escrita aquí, la acción “Iván deja de reír y se lame la palma de la mano derecha” parecerá extraña. Pero a Iván no se lo parece, y eso es justo lo que hace.

Yulia vuelve a sostener su cabeza con ambas manos, acodada sobre la mesa y sin dejar de mirarla. Aleksei cruza la Sala andando a la manera de Aleksei y se detiene de cara a la estufa. Contempla el resplandor de las brasas a través de la rejilla de chapa. Por un momento, el viento trae el ruido de las olas.

-Vuelve a los campos. Iván se te unirá enseguida –dice sin girarse–. Necesitaremos víveres cuando la comunidad crezca.

Sin hacer el mínimo gesto de haber escuchado nada, Yulia echa hacia atrás su silla, se levanta y se dirige con pasos lentos hacia el perchero que está junto a la puerta. Las tablas del suelo chirrían. Tarda en ponerse la ropa de abrigo y creo que le parece, por primera vez, una tarea complicada. Cuando oye la puerta a su espalda, Aleksei enciende el transistor que está sobre una balda a la derecha de la estufa. Sólo Aleksei puede tocarlo, aunque se trata de una prevención inútil porque sólo Aleksei entiende la emisora finlandesa que se sintoniza.

…y como en los últimos años, se repite la escena de los manifestantes nostálgicos en la Plaza Roja de Moscú. Ante la indiferencia de los cuerpos de seguridad de la  Federación Rusa, las viejas banderas de la URSS y las efigies de los líderes soviéticos desfilan en un nuevo aniversario de la Revolución de Octubre. Tras la ilegalización del Partido Comunista y con el rublo bajo mínimos históricos…

-Ésta tampoco nos servirá, Iván –dice Aleksei sin girarse, sobre el ruido de fondo del transistor–. Ve. Y entiérrala junto a las otras.

Iván sonríe hacia Aleksei, que no le mira. Agarra el muslo de pollo y le da el primer mordisco mientras camina hacia la puerta. “Frutos nuevos del hombre nuevo” repite para sí mismo, con la boca llena.

Jaime

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De sopa y veronal


#MICRO-RELATO: Siempre viví obsesionada con la idea de encontrar un amor perfecto, maravilloso y eterno. Cuando lo encontré, descubrí que se llamaba David, que era arquitecto y que le encantaba la sopa. Todo era tan perfecto y éramos tan felices que yo SABÍA que no duraría mucho tiempo. Las películas me habían enseñado que los únicos amores que resisten el paso del tiempo son aquellos en los que los amantes mueren en una guerra (guerras mundiales, guerra civil española), desastre natural (meteorito, tornado, volcán, ola gigante, Titanic) o se suicidan juntos. Ante la falta de perspectivas respecto a los dos primeros acontecimientos, ambos llegamos a la conclusión de que lo más acertado sería optar por la tercera opción: un día, nos tomamos dos buenos platos de humeante sopa con una dosis de veronal algo más elevada que la que recomienda la OMS. Y eso fue todo. Ni nos dimos cuenta, apenas. David parecía muy sorprendido, desde luego.

¿Creéis que hice mal, al no consultarle primero?

Ane Zapatero

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Pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena


#ENSAYO:

Para Mónica

A veces pasan cosas que nos hacen sufrir. “Así es la vida”, y todos nos sabemos la teoría, aunque nunca hemos cogido apuntes ni nos hemos puesto a memorizarla. Todos sabemos, porque alguien nos lo ha dicho, que la vida son baches y que a veces se está arriba y a veces se está abajo. Más aún: que si a veces se está arriba es precisamente porque a veces se está abajo, y ese estar a ras de suelo -o más abajo aún- es el que marca la diferencia con las altitudes a las que nos eleva la “felicidad”.

Sin embargo, a veces las cosas que pasan en esta vida nos hacen sufrir tanto que caemos en un bache muy profundo, atravesamos el suelo y nos rompemos un par de costillas al caer. Quedamos, maltrechos, a la altura en que los topos cavan a ciegas sus galerías subterráneas. Tratamos de usar nuestros magullados dedos como pezuñas, pero la escalada se presenta demasiado empinada y la madriguera está a oscuras. En la mayoría de los casos habrá gente arriba, en lo alto, sus cabezas perfiladas contra el sol, gritándonos: “¡Rómpete las uñas! ¡No importa! ¡Lo único que importa es salir del hoyo!”. Seguramente nos tiendan cabos, pero estos no serán nunca lo suficientemente largos y saltar para alcanzar el extremo cansa tanto… Y uno, en las tinieblas de la profunda galería, no es capaz de ver esas cosas que hacen que el esfuerzo merezca la pena.

Pero cuando uno logra salir del bache se da cuenta de que en su vida existen muchas de esas pequeñas cosas. Detalles tontos, en la mayoría de los casos. Por ejemplo, los lametones de tu cocker spaniel cuando llegas cansado después del trabajo. El sonido del móvil cuando te despierta a las 00:00h del día de tu cumpleaños. El olor de tu madre (o tu hermano, o tu abuelo); indefinible, indescriptible, imposible de embotellar. El sabor de un cigarro prohibido en labios ajenos. Que el portero te desee los buenos días cada mañana, sin faltar. Ver cómo un niño se cae y no rompe a llorar hasta que no ve que su madre se ha dado cuenta de que está en el suelo. Comerte una napolitana de chocolate por pura gula. Escuchar un chiste pésimo y reírte a carcajadas. El sonido de las llaves en el descansillo que anticipan la inminente llegada de tu novia. El crujido de las hojas del periódico al pelearte con ellas. Los obscenos piropos de los obreros que te indignan públicamente y te halagan secretamente. Un cotilleo mañanero, con un poco de leche y dos de azúcar por favor. Descubrir a qué huelen las casas de tus amigos según entras por la puerta. Que alguien te pase un hielo con la boca. Encontrarte cincuenta céntimos en la máquina al ir a poner la OTA. Chillar: “¡¡¡¡CHAMPÚUUUU!!!!” cuando estás en la ducha. Enviar mensajes audaces cuando estás de borrachera. Recibir mensajes audaces cuando estás de borrachera.

Todos tenemos en nuestro día a día detalles que nos sacan una sonrisa. Quien diga que la felicidad es un estado absoluto está terriblemente equivocado: eres feliz cuando, incluso a pesar de no tener trabajo, haber roto con la novia o sufrido pérdidas terribles, eres consciente de que, cuando la herida empiece a sanar, volverás a ser capaz de reírte la próxima vez que te eche lastre encima una paloma aviesa.

Paula Zumalacárregui Martínez

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El mandarinato hostil


#MICRO-: Vivo con la certeza de que, antes o después, olvidaré todas mis claves. Varias veces al día me siento en un taburete en el centro de un anfiteatro oscuro y escucho la pregunta del fiscal
_Correo Yahoo
_Biblioteca
_PIN
Al fiscal no lo veo bien (creo que me ciega un flexo), pero sé que sólo es uno de los muchos mandarines que me observan. Siempre acierto la respuesta y escucho entonces un crujir de sedas y oigo que chasquean la lengua con fastidio. Esperan que falle y saben que acabaré fallando. Mientras tanto, sus pequeñas manos blancas, llenas de anillos, apremian al fiscal para que no se detenga.
_Wordpress
_Iberiaplus
_Intranet
_BBK
Creo que hay un mandarín por cada una de mis claves. Creo que cada mandarín tiene una lista donde aparece mi nombre, y quiere borrarme. Porque somos muchos o porque es su deber, no lo sé. Pero quiere borrarme y algún día lo hará.

Jaime

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Facebook o ensayo para una muerte


#ENSAYO:Uno se encuentra de pronto corriendo. Por supuesto ha estado corriendo todo el rato: acuerda citas emprende tareas saca conclusiones observa plazos renueva permisos negocia entregas pero de pronto se ve a sí mismo corriendo. Quiero decir desde arriba: sin tregua y sin camino, como en la cinta de un gimnasio, como en la rueda de un hámster. Y entonces uno siente con miedo que la vida es justo eso, y que la va a pasar así, y que la va a ver pasar así. Siente la ansiedad de pararse y el terror de pararse. Tiene la dulce ensoñación de descansar y de que los demás se detengan para verle descansar, felizmente. Esa unánime celebridad de los muertos recientes: si uno pudiera disfrutarla un rato. Si uno pudiera recibir las coronas y el llanto, tendría fuerzas para seguir corriendo. Pero ya se sabe que los muertos recientes siempre tienen buena cara y no sudan y no parecen cansados de correr. Parar lo justo para una sonrisa convincente, entonces. Lo justo para cambiar mi foto de perfil y actualizar mi estado de Facebook. Y ahora sí, ahora seguir corriendo.

Jaime

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Nuestros muertos


#ENSAYO: No hay más muertos que los que arrastran los vivos. Estar vivo -o mejor, saberse vivo- es arrastrar de continuo la carga evanescente y sombría de todos nuestros muertos. Y no digo nuestros muertos, con ese plural de las placas conmemorativas y las noticias del frente. Digo mis muertos y los tuyos, los de cada uno: esas ausencias que vinculamos vagamente a una manera de frotarse las manos, un tono de la voz, una sonrisa. Sólo nos sabemos vivos arratrando esas memorias de lo que no somos (de lo que no es), y atribuyéndoles algo de nuestra propia vida: una pequeña necrosis de nosotros mismos. Así los mantenemos, a los muertos. Los llevamos con nosotros, quieran o no, forzándoles a una existencia vicaria y mentirosa, como sombras desganadas a nuestro servicio. Ulises dio de beber a los muertos la sangre caliente y negra de un carnero recién degollado. Nosotros les damos de beber nuestra sangre misma para que sus mejillas puedan fingir, un momento, el rubor de la vida. Entonces los miramos, nos compadecemos y nos sentimos tristemente vivos.

Jaime

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