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Amarillo


#RELATO:

Los árboles amarillos que se ven desde su ventana son ahora el centro de su vida: la única cosa segura. Pero el otoño también pasa y de la misma forma en que él, sin darse cuenta, ha ido dejando en su almohada sueños, tiempo, cabellos y una mancha ocre de sudor acumulado, los árboles han dejado caer sus hojas sobre una húmeda almohada vegetal. Así, un día los descubre víctimas de una galopante alopecia.

Decide bajar y recoger cariñosamente la única hoja que, titubeante, pende de una rama oscura. Va a usarla como punto de libro, del libro en el que escribirá su vida. Inventará quién es y confabulará un pasado que merezca la vida serena y tranquila a la que, cree, siempre aspiró.

Pero cuando llega abajo, en pijama y descalzo, ve cómo el viento se lleva volando su hoja que plácidamente, como sonámbula, se va bailando un vals liviano. Él se deja escurrir hasta el pie del árbol, ya vacío y negruzco. Pasado un rato se pregunta qué hace ahí fuera, si tiene frío. Lo intenta, pero ya no se acuerda. Desde que muriera su mujer le viene pasando más a menudo, eso de olvidar lo que estaba haciendo.

Entra de nuevo en casa y saluda al vacío. Sólo se oye el reloj de pared. Junto a él, la rutina se hace un hueco en el sofá.

Minade Carbón

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La bufanda roja


#RELATO: -¿Dónde está la bufanda? ¡Sí, la roja! ¡La que te compré en el extranjero! ¿Dónde va a ser? ¡En Berlín! ¿No te acuerdas? Fue carísima, y eso que no tenía apenas dinero cuando te la compré… ¿De verdad que no te acuerdas? ¿De verdad? ¿Por qué? Ya, ya lo sé. Pero recuerdas otras cosas mucho menos importantes. ¿Cómo? Para mí fue importante comprártela. No cené durante varios días para comprártela. ¡Volví de Alemania para dártela!  ¿Cómo puedes no acordarte, si sólo fue hace veinte años? ¿No? ¿Seguro que no? Es cierto, puede que fuera hace más de veinte años. No me acuerdo de lo que me costó. No. Pero era cara, muy cara. Y estaba en aquel escaparate, en Berlín. Yo siempre la veía cuando iba a la fábrica. ¡Sabía que te gustaría! ¡Lo sabía! Esa bufanda roja no dejaba de mirarme, y yo sabía que tú la necesitabas más que las mujeres alemanas, con el frío que hace aquí en invierno. Encima, en invierno. Y eso que yo ya sé que al jefe de la fábrica no le gustó echarme. No le gustó, pero tuvo que hacerlo, claro. A veces pienso que mereció la pena, ¿sabes? La bufanda era tan roja, tan bonita… A él no le gustó echarme, era un hombre honrado, el tal Heinrich. Heinrich no-sé-qué. Era buena persona, casi simpático. Cuando hacía frío nos daba café caliente por las mañanas a los obreros. ¡Incluso a los españoles, imagínate! Hacía mucho frío en Berlín, ¿sabes? Por eso robé la bufanda roja, por eso, y te la traje, para ti. ¿No sabes dónde está? ¿Seguro que no? ¿Te he dicho ya que volví de Alemania para traértela?

Ane Zapatero

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