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Ground Swell, de E. Hopper (1939)


#RELATO:

Los cuatro miran el océano, imperturbables. El azul del cielo llena sus pupilas y se refleja en el mar, sumiéndolos a todos en un extraño estado contemplativo. John, Jack y Julian visten ropas blancas que dejan sus torsos al descubierto. Es como si, sabiendo de antemano que en un futuro no muy lejano no podrán mostrar sus cuerpos al sol, ahora quisieran atrapar toda su luz, en un impulso desesperado y pueril por preservar este verano del paso del tiempo.

Candy ha cubierto sus rizos pelirrojos con un pañuelo. Un breve pedazo de la misma tela le cubre el pecho, y unos oscuros pantalones anchos no permiten admirar sus piernas. En comparación, sus tobillos blancos, expuestos al sofocante calor de agosto, resultan impúdicos y fuera de contexto. Una virgen gótica que enseña atrevida un pecho a los feligreses sería la imagen perfecta para describir la forma en la que Candy exhibe en este momento sus tobillos. Desgraciadamente, Candy no está demasiado familiarizada con el gótico.

John, Jack y Julian la quieren, o creen quererla. Julian ha llegado incluso a escribir algunos desafortunados versos sobre ella y sus rizos -“ígneos, se me antojan guirnaldas de fuego”-. Ella desprecia a los tres, de esa forma característica en la que las muchachas hermosas desprecian todo aquello que han conseguido sin esfuerzo.

Y ahora los cuatro miran al mar, sabiendo que en un par de semanas el verano terminará, y ellos regresarán a las ciudades donde se encuentran sus respectivas universidades. Dentro de poco no recordarán la luz de este día de agosto, perdido entre tantos otros días grises en los que uno no gana la lotería ni conoce a la chica de sus sueños. Es posible que, en unos años, ni siquiera recuerden los nombres de los demás. John morirá en un accidente de tráfico, Jack se casará -inconscientemente- con una mujer que recuerda bastante a Candy y Julian decidirá que es homosexual tras acostarse este verano con Jack.

Se olvidarán los unos de los otros, y lo mismo hará el mar, que siempre se repite -tal vez porque no tiene memoria-, ofreciendo como un vulgar buhonero la misma mercancía cada mañana de agosto.

Ane Zapatero

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