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Leche merengada


#RELATO: Cuando entró en la casa, la encontró como de costumbre, tirada en el sofá. Un brazo pendía inerte del borde del sofá mientras ella, totalmente regalada a la desidia, dejaba que su pájaro revoloteara libre por el salón.

Aquél pájaro tenía casi más años que él. Era la niña de los ojos de su madre. Solía revolotear histérico, soltando plumas a su paso por la casa. A él le daba bastante asco aquel bicho. Estaba sucio y tenía las patas llenas de bultos asquerosos, como muñones saliendo de otros muñones, así que si en alguna ocasión había tenido la tentación de matarlo, pronto el asco le había hecho desistir.

A su madre, en cambio, aquel pájaro le daba la vida. En ese preciso momento, estando ella tirada en el sofá, el ave calva le picoteaba las migas de galleta que se le habían ido acumulando en los pliegues de la papada y sobre su turgente escote mientras ella, pasiva y complacida, se dejaba hacer.

Eran las doce y media de la noche cuando dejó la bici en el jardín para entrar en casa y encontrarse con aquello. Su madre ni siquiera le preguntó dónde había estado hasta tan tarde, ni le tenía la cena preparada, ni le había recordado que al día siguiente debía madrugar para llegar a tiempo a clase. Sólo sacaba los labios cerrados, como un culo, para que su adorado pajarillo le diera piquitos. Odiaba a aquel bicho piojoso. Aunque probablemente sólo era un odio desplazado. A quien de verdad odiaba era a su madre. Por no prestarle atención y por dejarse tocar por aquel vecino asqueroso, también viudo. Eran repulsivos.

Entró en su habitación, soltó la mochila y encendió el ordenador. Saltaron a su pantalla mensajes de tías en bolas que le ofrecían chatear si quería sexo. Las rechazó, pero entró en la página porno de costumbre para echar un vistazo. Ni siquiera le excitaba; era pura curiosidad. Había cosas extrañísimas: transexuales vestidas de monjas, corridas multitudinarias sobre una misma cara, rubias a cuatro patas dejándose penetrar por perros, señoras mayores vestidas de colegialas,…

Internet le había abierto las puertas a un mundo que a veces le quedaba grande, pero la falta de control parental y la privacidad le permitían vencer su patológica timidez y su falta de experiencia.  Hizo tiempo hasta que el reloj dio la una de la madrugada. Entonces, se miró al espejo, se peinó un poco con las manos, se cambió de camiseta, se colocó erguido en la silla del escritorio y encendió la web cam.  Desde hacía un par de días, María y él quedaban para hablar a esa hora a través de la pantalla del ordenador, cuando los padres de ella dormían y podían hablar tranquilos, lejos de los pasillos de clase y de la vista de los compañeros. Las inseguridades eran menos a través de la pantalla.

Encendió sabiendo que del otro lado estaría ella. La niña más guapa de todo el colegio. Se había desarrollado antes que sus compañeras y todos los niños de su curso perdían el culo por ella. Pero a la una de la madrugada, con la web cam encendida, María era para él y sólo para él.

Empezarían, como de costumbre, hablando de cosas tontas. Del tiempo, de los deberes, de tal o cual película. Hasta que hubieran entrado en materia. Al fin  y al cabo, necesitaban un poco de calentamiento. Aquello era extraño y nuevo para los dos. Millones de sensaciones, algunas contradictorias, recorriendo sus cuerpos. Así que poco a poco irían hablando de esto y aquello hasta que él le pediría que se levantara el jersey. Que se lo quitara. Que se acariciara los pechos. Que se desabrochara el sujetador. Que colocara un poco mejor la cámara. Que le dijera cosas sucias. Y así un largo etcétera hasta que terminaban  el encuentro despidiéndose hasta mañana, mientras él le aseguraba que no tenía de qué preocuparse, que el examen de ciencias del día siguiente sería fácil. Y que ya hablaría él con la directora sobre ese asuntillo en el que se había visto envuelta por fumar en los lavabos. Para algo era el jefe de estudios.

Minade Carbón

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Narcissa


#MICRO-RELATO:

La joven Narcissa pule su imagen cada mañana ante el espejo: colorea con fruta sus labios, esculpe la curiosa curva de sus cejas, abrillanta su rizoso cabello y, en suma, modula hasta la perfección sus rasgos naturalmente casi perfectos. Embellece Narcissa sus lóbulos con doradas joyas y prende ganchos de sus hebras de ébano.

Después se acerca al ordenador humeante, enciende la webcam y se saca 283 fotos desde todos los ángulos posibles. Perfil derecho. Perfil izquierdo. Barbilla levantada. Guiño picarón. Morritos.

Luego, cómo no, sube las mejores al Facebook.

Paula Zumalacárregui Martínez

(fuente de la imagen: Echo and Narcissus)

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