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Muñecas de porcelana


 

“La casada sin hijos, ¡con qué ternura toca las muñequitas de la tienda!”

J. L.  Borges

#RELATO: Cada mes, cada nueva regla es otra ficha perdida sobre el tapete de juego del casino. El “todavía no, pero puede que la próxima vez tengas más suerte” del ludópata empedernido. Al fin y al cabo, el precio a pagar no es demasiado alto: sólo sexo. Únicamente implica abrazar a ese hombre desconocido una vez más. (El hombre desconocido que comparte con ella cuenta bancaria, almohada y la placa número 32 en el buzón del portal).

Sin embargo, cada vez es más difícil y desagradable. Sus dedos en su pelo le molestan, y su olor de hombre cansado se percibe en la habitación a pesar de los muchos ambientadores. Mientras tanto, ella arquea el cuerpo de manera mecánica, pensando en nombres para la futura criatura o los colores pasteles que elegirá para pintar su cuarto. Después, cuando todo ha terminado, ella se da la vuelta y se quita sus besos con el dorso de la mano, limpiándose. Paradójicamente, ella suele dormirse muy rápido. Mucho más que él. El hombre desconocido permanece largo tiempo despierto en la cama, junto a ella, preguntándose qué es lo que ha ido mal esta vez. A veces llora, pero muy bajito. Así que nadie puede oírlo.

A ella le cuesta mucho llorar. En cambio, los días en los que los plásticos de las compresas repiten “sigue jugando”, se maquilla mucho y queda con su antiguo grupo de amigas del colegio. Todas sin excepción tienen hijos, y la envidian por su estupenda silueta, por las vacaciones caras que puede permitirse y los bolsos de marca que luce con indiferencia. Además, ella se ha acostumbrado a adoptar el papel de la mujer liberada y moderna que no necesita ser madre para sentirse realizada, y es tan buena actriz que nadie sospecha que la obra lleva más de dos años en cartel. Evidentemente, hay tardes en las que quiere gritar y destrozar la vajilla, y le gustaría poder llamar a una de esas amigas del colegio para desahogarse. Pero los muros de tiza que ella misma dibujó hace tiempo son ahora tan altos, que hace mucho que ha dejado de intentar trepar por ellos.

Únicamente cuando no puede más, cuando ni siquiera la televisión puede ahogar el doloroso hueco que nota dentro del pecho, la mujer se calza sus tacones más altos y corre por la calle. Corre, corre. Hasta el autobús más próximo, que la transporta hasta el centro comercial de las afueras.

Allí, lejos de todos sus espectadores habituales, la mujer se dirige directamente a la sección infantil, y aspira el dulce olor de los pijamas de bebé que nunca comprará. Acaricia los trenecitos de vapor, las lámparas de colores, las cunas. Finalmente, atraviesa rápidamente la sección de muñecas y peluches, tratando siempre de evitar las pupilas sin vida de las horribles muñecas de porcelana.

Hoy, sin embargo, la mujer se siente algo más débil de lo habitual, y algo la atrae hacia ellas. Ahí están, muertas, estilizadas, sonrientes y rígidas, dentro de sus mundos de cartón pintado.

Hoy, algo la impulsa a apretar sus labios rectos y fríos contra la pálida frente de la muñeca más cercana. Se aparta violentamente al descubrir que esa frente adornada por rizos de plástico está más cálida que sus propios labios. El escalofrío de miedo que le recorre la columna vertebral le llena los ojos de lágrimas. Y las lágrimas convierten definitivamente en vidrio sus ojos excesivamente maquillados.

Ane Zapatero

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