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E(m)océntrica


#POESÍA:

Se me caducan las virtudes,

Si algún día lo fueron.

Se me revienen las expectativas.

No sé escribir cometa.

.

Soy una niña, una niñata gris

Que aparece poco

Y  lo hace como una palabra inapropiada

Dicha desde un megáfono.

.

Ya me lo decía mi madre:

Hija, tú no eres ni guapa ni fea,

Ni lista ni tonta.

La nena no sabe si sirve

Y no sirve que lo sepa.

Tampoco parece importarle.

Ahí sigue, pasada y pegada

Al hielo del fondo del estante

De una nevera sin sistema no frost.

 

Minade Carbón

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IMPERTÉRRITO PERFECTO (sin taxis)


#POESÍA:

La vida se reduce a celulosa

que contiene lo que escribimos:

el papel fácilmente se moja.

.

Los sueños escritos se diluyen

porque anoche, en la ciudad

sin taxis -una vez más- diluvió.

.

Yo quiero

tú no sabes

él/ella ignora

nosotros sospechamos

vosotros no existís

ellos confunden.

.

Infinitivo: Intuir.

Condicional: Lo intentaría.

Gerundio: Deseando.

Imperativo: Quiéreme.

.

Conjugo

y enjugo.

Luego juego

y siempre callo.

.

Ahora toca declinar (¿con coma o sin ella?) amor.

Minade Carbón

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Verde


#RELATO: Sintió el calor de su piel en el momento oportuno. Un momento antes se había sentido algo confusa. Se había desnudado lentamente sin dejar de mirarle. Temblaba un poco. La habitación estaba tibia. Sentía la moqueta verde pudriéndose bajo sus pies. Las puntas de sus dedos estaban heladas.

Pensó que iría ganando seguridad poco a poco. A medida que él le fuera correspondiendo con la mirada, a medida que fuera sintiendo el calor de sus ganas saliéndole por los ojos. Pero a pesar de que ella se contoneaba –algo torpemente- al quitarse la falda, él no le dirigía ni una sola mirada directa.

Ella se sentía perdida ¿No le estaba gustando? ¿No lo hacía bien? ¿No era lo suficientemente guapa?

Ante tanta pregunta sólo el silencio. A penas se oía el zumbido y el clic-clic de un fluorescente estropeado que creaba un ambiente verde y líquido, como de charca mohosa.

Cada vez temblaba más. Y a penas le reconfortaba la suave sonrisa que permanecía casi hierática en la cara de su extraño cliente. Empezó a enrojecer. Hubiera salido corriendo si no fuera porque se había comprometido con el dueño, jurándole una y otra vez que, a pesar de su inocente aspecto, sería capaz de hacerlo.

Pero no podía. No sabía. No entendía. No era como lo había imaginado. Y había imaginado todo tipo de cosas. Horribles, la mayoría de ellas. Pero no esa indiferencia por parte de su espectador.

De pronto, ya completamente desnuda, se quedó quieta en mitad de la habitación, con los brazos cayéndole rígidos, pegados a lado y lado de su cuerpo. Tiritaba. Ya no se oía la ropa caer. Silencio.

-Apaga la luz para que pueda verte –le dijo él suavemente-.

Apagó la luz y permaneció quieta. Conteniendo la respiración. Y le sintió. Le sintió acercarse. Notó su calor muy cerca. De repente, por detrás, él la abrazó con un abrazo grande, cálido. Tierno. Notó cómo la nariz de él se hundía en su cabello. Y su cuerpo rígido se relajó. Ahora sí: se echó a llorar.

Se quedaron así, abrazados. Los dos a oscuras. Los dos perdidos. Los dos necesitados. Hasta que llamaron a la puerta para avisar de que la hora establecida ya había pasado.

Minade Carbón

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