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Insula (ix)


#OTROS:

Siempre éramos los mismos. No nos conocíamos, no nos hablábamos, incluso evitábamos cruzar nuestras miradas cuando, envueltos en flujos de caminantes, nos cruzábamos por las calles de Copenhague. No lo sabían pero nos habíamos convertido en una suerte de club de la serpiente en el que ninguno de sus miembros quería reconocer la pertenencia al mismo. Aquella tarde nos reunimos de nuevo inconscientemente ajenos a nuestra naturaleza de grupúsculo desorganizado. Aparecimos en una librería que se había ganado cierta reputación entre los bohemios y los estudiosos, uno de aquellos lugares en el que se mezclan estudiantes y catedráticos, revolucionarios y jubilados e incluso amantes y adúlteros que pretenden teñir su vida con un toque de intelectualidad.

Sólo María conocía nuestros nombres, sólo ella nos observaba entrar y deslizarnos entre las estanterías y los libros viejos. Nunca preguntó más de lo necesario porque sus ojos no necesitaban hacerlo. Le bastaba analizar nuestra danza por los laberínticos pasillos de la librería, por sus sótanos y sus escaleras repletas de palabras que nunca más volverían a ser leídas. Nos seguía con sigilo.  La presencia de su cuerpo plano y fino y de su sonrisa eterna nos guiaba hasta libros o papeles olvidados que algún estudiante había querido intercambiar por aquellos insoportables tratados de filosofía de la cultura que  los catedráticos amargados les habían obligado a comprar. Ella fue la que me ayudó a encontrar las memorias de Pedro Fernández de Quirós, el primer occidental que avistó mi destino y mi locura.

Aquella tarde me regaló un antiguo número del Atoll Research Bulletin, mecanografiado que había encontrado entre los papeles de un viejo que, hacía una semana, había decidido dejar Copenhague, dejar este mundo, olvidando para siempre más de una tonelada de papel en su habitación.

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Insula (ii)


#OTROS:

Hacía tres días que aquel joven de la Polynesian Blue Cargo había abandonado la isla con un gesto explícito de no comprendernos. Ni siquiera los miles de dólares que mensualmente transferíamos a su cuenta para que hiciera la vista gorda impedían que el good luck que escupían sus labios sonase a reproche por nuestro despropósito. A veces pensábamos que nuestra mera existencia le recordaba el absurdo infinito del mundo. Parecía imposible pero sus ojos -pupilas autoritarias que quieren borrar del mundo lo que no quieren ver- tampoco perdonaban a Linda.
Los tres días pasaron rápidos, infructuosos. Ella se había obsesionado con que los vientos del océano pacífico vibrasen con una canción de Radiohead.

La idea de ser las dos únicas personas que escuchaban aquella canción en un radio de más de dos mil millas náuticas le hacía sonreír. A mí me hacía arrepentirme y recordar el día en que Linda entró llorando en mi casa, el día en que me convenció. Quizá tenía razón el joven de la Polynesian Blue Cargo. Sí, tenía razón: era absurdo vernos correr sobre el atolón tras una rata armados con un cazamariposas.

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Insula (i)


#OTROS:

Pocos sabían que estábamos allí. El viejo pederasta murió la noche anterior mientras las ventanas sucumbían a los imprevistos vientos. Los niños se habían ido y nosotros nos habíamos convertido sin quererlo en un extraño caso de derecho internacional. La soberanía de aquellas islas se había hundido en el mar junto con el pesado cadáver. (Continuará…)

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