Archivo de la etiqueta: Copenhague

Insula (x)


#OTROS:

Entre los arbustos emergió una suerte de periscopio de cartón que apuntaba directamente a Linda. En aquel momento no pude imaginar que el ojo que se escondía tras aquéllas lentes de plástico no era el de un loco ni el de un niño sino el de un visionario, el de un cazador de belleza que convertía el frágil y fugaz misterio del cuerpo femenino en una forma para la eternidad. Por aquel entonces Linda ya estaba perdida en sus ensoñaciones y hablaba sin parar de la posibilidad de una isla. Era un tema recurrente, tras las sobremesas, cuando compartíamos café o durante los largos paseos de las noches de verano danesas. Ella no se sabía observada pero aquél ojo la retrataba sin parar mientras ella tejía inconexos relatos sobre la isla de la Pasión y el motín del Bounty. Sus reflexiones se hundían en las intrínsecas relaciones entre las utopías, el poder y el sexo. Llegó a negar la validez de cualquier planteamiento filosófico, de cualquier revolución o utopía porque ninguna de ellas era habitada por hombres. “Esas islas están deshabitadas porque los hombres que allí viven no tienen cuerpo, no tienen sexo. No huelen, ni mean ni cagan. Tampoco lloran”. Solía argumentar con su sonrisa. No voy a negar que sus ideas pronto se enraizaron en mis meninges y no pude controlar que sus argumentos destruyesen una y otra vez las ideas que los hombres habían querido legar a la humanidad. Linda se marchó aquella tarde – debía trabajar – dejándome solo pensando en aquel banco en los jardines que bordean al canal de Stadsgraven.

Mi atención, una vez en soledad, volvió a centrarse en el peculiar periscopio que ahora se distraía con las paseantes danesas que paseaban sus cuerpos junto al canal. Me acerqué a los arbustos para descubrir a un viejo harapiento de barba olvidada que con gestos me indicaba que me escondiera junto a él en su imaginaria trinchera.

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Insula (ix)


#OTROS:

Siempre éramos los mismos. No nos conocíamos, no nos hablábamos, incluso evitábamos cruzar nuestras miradas cuando, envueltos en flujos de caminantes, nos cruzábamos por las calles de Copenhague. No lo sabían pero nos habíamos convertido en una suerte de club de la serpiente en el que ninguno de sus miembros quería reconocer la pertenencia al mismo. Aquella tarde nos reunimos de nuevo inconscientemente ajenos a nuestra naturaleza de grupúsculo desorganizado. Aparecimos en una librería que se había ganado cierta reputación entre los bohemios y los estudiosos, uno de aquellos lugares en el que se mezclan estudiantes y catedráticos, revolucionarios y jubilados e incluso amantes y adúlteros que pretenden teñir su vida con un toque de intelectualidad.

Sólo María conocía nuestros nombres, sólo ella nos observaba entrar y deslizarnos entre las estanterías y los libros viejos. Nunca preguntó más de lo necesario porque sus ojos no necesitaban hacerlo. Le bastaba analizar nuestra danza por los laberínticos pasillos de la librería, por sus sótanos y sus escaleras repletas de palabras que nunca más volverían a ser leídas. Nos seguía con sigilo.  La presencia de su cuerpo plano y fino y de su sonrisa eterna nos guiaba hasta libros o papeles olvidados que algún estudiante había querido intercambiar por aquellos insoportables tratados de filosofía de la cultura que  los catedráticos amargados les habían obligado a comprar. Ella fue la que me ayudó a encontrar las memorias de Pedro Fernández de Quirós, el primer occidental que avistó mi destino y mi locura.

Aquella tarde me regaló un antiguo número del Atoll Research Bulletin, mecanografiado que había encontrado entre los papeles de un viejo que, hacía una semana, había decidido dejar Copenhague, dejar este mundo, olvidando para siempre más de una tonelada de papel en su habitación.

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Insula (viii)


#OTROS:

Me marché de allí con demasiados martinis en la sangre, intentando desprenderme de las imágenes que aquel loco se había tomado el permiso de alojar en mi cabeza. Echó a perder su vida por el ano de una ramera. El alcohol me empujaba irremediablemente a desentrañar aquél pensamiento tan simple. Su vida, la que podría haber sido la feliz vida de un hombre retirado de aquellos que plantaban pequeños huertos de fresas en la vecina jutlandia, se había perdido en las profundidades de una obsesión. Mientras se hundía en aquella mujer prohibida su vida desaparecía en el más denso de los fangos. Aquél hombre no moriría en una casa rodeada de campos de fresa ni en los brazos de alguien que cometió el error de amarle. Moriría sólo y torturado o quizá en los brazos de una puta o de su puta, hundido en sus vísceras. Mientras caminaba indagando las razones últimas que empujaban a los cuerpos humanos a situaciones absurdas todo el mundo me era ajeno. Durante esos minutos – tal vez horas – dudé. El bueno de Harold había desencadenado en mí con su historia de putas, adulterios y culos pensamientos encontrados en los que Sócrates bebía martinis y Alcibíades perdía la cabeza por el esfínter de una jovencita ateniense. Desperté en mi cama cuando el sol se ponía en Copenhague.

Ella leía, absorta, sentada en el alféizar de mi ventana.

 


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insula (iv)


#OTROS:

Algunas mañanas me sentía especial. Creía despertar poseído por el espíritu de Heminghway o por el de cualquier otro escritor que ocupase un difuso lugar en mi cerebro. Poco tardaba en borrar el estereotipo de escritorzuelo resentido de mi cabeza. Los vientos polares solían ayudar y, aunque fantaseaba con la idea de desayunar un dry martini con una aceituna, los treinta segundos de delirio bohemio se detenían súbitamente al abrir la ventana de mi habitación. Aún no me había acostumbrado al frío danés, ni mucho menos a averiguar la temperatura ambiental oteando las vestimentas de los transeúntes.

Pero ese día fue distinto. El sol bendecía los blancos rostros de los escandinavos. Parecía que en cualquier momento esas rubias jóvenes danesas empezarían a lanzar pétalos de flores mientras sus labios tarareaban un onomatopéyico y melódico sha la la la. No fue así, pero la simple idea de ser rodeado por esas ménades postmodernas me empujo a no detener mi inocente delirio. Mi bicicleta se detuvo frente a la fachada azul del café Falken. Quién me iba a decir que esa mañana descubriría, entre tantas otras cosas, que allí no servían café pero que, en cambio, el mejor martini de la ciudad lo preparaban en esa taberna de nombre impreciso.

Sí, así es, esa mañana desayuné un dry martini y aún recuerdo esa sencilla copa como uno de los principales desencadenantes del absurdo en el que mi vida se iba a acabar hundiendo. La camarera me miró con indiferencia porque sorprendentemente aquello de desayunar una oliva, acompañada de una mezcla de ginebra y vermú, era algo habitual entre sus clientes. A mi lado un viejo rosado disfrutaba de la bebida. Decía llamarse Harold Taylor. Desde una de las esquinas del local un gordo de aspecto mediterráneo se acercó a escuchar el monólogo del viejo. Le escuchamos. Nunca supe si aquellas historias habían llegado a formar parte del mundo real. Hablaba sin mirarnos como si, en realidad, el relato fuera dirigido a la camarera que se mantenía completamente ajena al discurso de ese hombre. Era inglés. Había trabajado para la Trinity House hasta que dejó a su mujer. Parecía dudar antes de iniciar cada frase pero el cocktail en ayunas parecía ayudarle a no detenerse. Nos confesó que ni siquiera los veinte años de soledad durante los que estuvo destinado en el faro de la isla del Obispo – Fucking Bishop rock, así la denominó él- , eran comparables al castigo de haberse perdido con aquella puta en la fría noche de Copenhague.

Isla del Obispo, UK.

Me dejé llevar, decía. Nunca pensé que aquello me podría gustar. Y traicioné a mi mujer y no me atreví jamás a volver. No me atreví a volver. Lo repetía como si él hubiera decidido su propio castigo para la eternidad: repetir hasta su muerte un nuevo relato que siempre concluía con un último sorbo a su martini y esa palabras: “Nunca pensé que aquello me podría gustar, la traicioné y no me atreví jamás a volver”.

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Insula (iii)


#OTROS:

Me entretenían las corrientes de paraguas negros que habitualmente invadían las calles de Christianshavn. Desde mi ventana observaba que pocos eran los que se atrevían con un color discordante entre la muchedumbre. La masa ahogaba a los atrevidos o al menos eso quería creer ya que los pocos colores que osaban asomarse en el fluir de los paraguas nunca los volvía a ver. Siempre fue así excepto con uno, rojo carmín.
Pasaron los días y entendí que aquel paraguas no sería de gran ayuda para pasar desapercibido en Copenhague. Así que en otoño tras haberlo visto pasar tantas veces seguí al paraguas y sin quererlo también a Linda. Ese estúpido juego de curiosidad cambió mi vida y me enseñó que el color de su paraguas y de sus labios se obtenía de las hembras desecadas de la cochinilla.

Era de noche. Los ojos de los paseantes nocturnos parecían dormidos. Ella caminaba rápido con un paso que se diluía en unos tendones de Aquiles imposibles. Cargaba con un gran bolso de lino -parecía pesado- y un libro que no alcanzaba a reconocer. Mi paraguas también era negro, el escudo perfecto para un voyeur moderno. Me tropecé con una anciana que abandonaba una farmacia con la energía producida por saber que aquella noche no le faltaría la dosis de su droga preferida. Por un momento creí que la desconocida entraba en un Seven Eleven desierto pero ella ajena a mi persecución había doblado la esquina a tal velocidad que casi no pude alcanzarla. Cuando al fin intuí su rastro tuve que acelerar mi paso. La perdí a la altura de la Iglesia de Vor Frelsers. Y me quedé allí frustrado observando el monótono pasear de aquellos rostros pálidos.

No se cuanto tiempo pasó hasta que mis difusos pensamientos se vieron interrumpidos por un intermitente sonido que venía del cielo. Una pequeña pelota multicolor golpeo mi paraguas. Otra fue a parar contra un danés de grandes gafas y rostro difunto. Muchas otras le siguieron en un intento suicida de emular a la lluvia. Los pocos que estábamos allí miramos al cielo intentando comprender pero yo sólo pude ver un paraguas de color carmín en lo alto de la torre iluminada de la Iglesia de Vor Frelsers.

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