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La dignidad capilar


#RELATO: En el espejo del tocador, iluminado por unos pequeños focos, se reflejan 251 cabezas. Cubierta por un pañuelo se yergue la de Mariví, justo en el centro. Las otras 250 cabezas no son cabezas de verdad; no tienen cuellos humanos que las sustenten y sus facciones carecen de vitalidad. Pero no están muertas, sólo modeladas en plástico. Mariví ya se ha probado las 250 pelucas que coronan esas 250 cabezas de plástico, y no se ha quedado satisfecha con ninguna de ellas.

“Una buena peluca -bien cuidada y tratada, por supuesto- puede durar años e incluso pasar de madres a hijas”, solía explicar, incansable, a sus clientas. Y sus clientas asentían con énfasis mientras acariciaban cabellos artificiales y prestados, rubios o castaños, crespos o alisados. “Desde luego, desde luego”. Aunque fue en Bilbao donde Mariví empezó a trabajar como ayudante de peluquería, Madrid fue la ciudad que vio florecer su negocio. En la capital adoptó su nombre artístico, en parte para camuflar la “vasquedad” de su apellido y en parte para que la clientela empezara a conocerla y reconcerla como lo que era: una artista. Porque ella era una maestra del arte de hacer pelucas, y no una mera artesana de tres al cuarto.

Así, a los veintiséis años, Mariví Gorostiza se convirtió en Mariví Cabello. Aparte de por razones obvias, eligió el nombre porque le recordaba a Montserrat Caballés, de la que era ferviente admiradora. El modesto local de Chamberí pronto se quedó pequeño y, con las primeras ganancias y sus ganas de comerse el mundo, el negocio de “Mariví Cabello, capilar assistant” se trasladó a uno más grande y luminoso cerca de la calle de Serrano. Con el tiempo, su prima Charito,  la vitoriana, a quien había reclutado tras la mudanza para que la ayudara lavando cabezas a petición materna -convenía poner tierra de por medio entre la muchacha y cierto indeseable pretendiente-, se fue convirtiendo en una figura indispensable. Pronto dejó de lavar cabezas para convertirse en manicura, recibía a las clientas haciendo gala de ese “don de gentes” innato que los años habían ido puliendo y abrillantando e incluso llevaba diligentemente las cuentas del negocio. No obstante, Maraví siempre se negó en redondo a las veladas sugerencias que le llegaban de todas partes para que hiciera socia a su prima. Al final, Charito había terminado siendo la querida de un importante banquero madrileño que la visitaba semanalmente en el piso que le había puesto, a tal efecto, en la Gran Vía. Un día se arrojó desde el balcón. Pobre Charito. Todo aquel pelo manchado de sangre, desaprovechado. La verdad es que tenía buen cabello Charito.

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