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Habemus buclem


#MICRO-:

#RELATO:

Levantó los ojos del texto y paseó su mirada por la plaza, enardecida de fieles. Aspiró el olor sorprendente del triunfo en la noche romana. Le asaltaron los recuerdos de su infancia sepultada tras los muros del seminario menor, cuando empezó a fraguar su proyecto en las largas vigilias del tedio cantado. Recordó la leve excitación del primer atisbo, en una moribunda clase de Derecho canónico. Aquella sospecha mínima, que creció al contacto con los silogismos de Aristóteles, se convirtió en el centro incofesado de su determinación. Sus votos, primero, y su ascenso callado y tenaz, después, le deparaban tanto mayor placer cuanto más desconocida era su razón última para quienes lo congratulaban. La Cristiandad católica celebraba ahora su elección, jubilosa, esperanzada, e ignorante de lo que estaba a punto de suceder.

Levantó lentamente la mano derecha, con gesto de solemne descuido, y esperó a que se hiciera el silencio. Se humedeció los labios y continuó leyendo la primera proclama de su pontificado. Había llegado al párrafo decisivo:

Y por eso Nos, observamos con alegre obediencia el santo ejemplo de quienes Nos precedieron y confesamos la recta doctrina de la infalibilidad del Papa, y nos complacemos en sentar magisterio infalible, con la asistencia del Espíritu, en esta solemne ocasión de inicio de Nuestro pontificado, declarando doctrina firme y santa de la Iglesia la siguiente Verdad: Que todo cuanto han dicho los Papas hasta el día de hoy, y cuanto digan desde hoy y hasta el fin de los tiempos, incluida esta proclama, no sólo es falible, sino falso en acto.

Llegado a este punto, dejó una larga pausa, para asegurarse de que el mensaje calaba en la atónita muchedumbre que tenía en frente. Cuando estuvo seguro añadió, con una franca sonrisa:

Y si alguno lo niega, sea anatema.

Jaime

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Gobierno en bucle (Bucle 3)


#RELATO: El Gobierno se dividió a sí mismo en departamentos y puso a un responsable al frente de cada uno. Urgidos por un ansia taxonómica encomiable, los responsables repitieron la operación en sus departamentos respectivos, creando directorios, secciones y subsecciones en una decreciente cascada de ordenación y rigor. Para controlar el correcto desempeño de las funciones públicas, el Gobierno decidió asignar a cada responsable de departamento un supervisor que debía aprobar con su firma todas sus iniciativas.

Pronto resultó evidente que las gestiones de cada departamento se habían especializado hasta el  punto de que los responsables se odiaban entre sí. Verbigracia: el responsable de la Contaduría Gubernamental de Conejos no dirigía la palabra al responsable de la Agencia de Apoyo a la Muda de Cuernas en Cérvidos. La extensión de esta inquina, sin embargo, se reveló beneficiosa para los intereses del Gobierno, puesto que los departamentos competían furiosamente en eficacia y celeridad. Más preocupante fue advertir que los supervisores, que debían mantener una impoluta neutralidad en el control de los departamentos y velar siempre por el bien superior del Gobierno, exhibían una parcialidad reprobable en el ejercicio de sus funciones. Contagiados del celo de su responsable asignado, defendían los resultados de éste con impropia pasión y exigían atribuciones crecientes y presupuestos desmesurados para el departamento que debían refrenar.

Con miras a mejorar el encaje de todos los departamentos en el cuerpo administrativo y hacer un uso razonable de los recursos públicos, se tomó la determinación de crear un Observatorio Interdepartamental para la Supervisión de los Supervisores.  Los supervisores de todos los departamentos debían dar cuentas de su trabajo ante el nuevo órgano, cuyas decisiones serían inapelables. Se combatiría ante todo el excesivo apego de cualquier supervisor por su departamento asignado, para evitar así que sus decisiones fueran motivadas por sospechosas filias, ajenas a la razón contable.

Al frente del Observatorio se puso un responsable y a su lado, como era obligado, un supervisor; ambos funcionarios de intachable trayectoria y disciplina ciega. Cuando el supervisor demandó los informes oportunos para empezar a fiscalizar los movimientos del responsable, éste sospechó: ¿no actuaba el supervisor movido por un apego excesivo a su departamento asignado? Al hacer suyos los propios fines del Observatorio para la Supervisión (la búsqueda de contención presupuestaria y eficiencia en la gestión), ¿acaso no estaba haciendo dejación de su neutralidad? Ante esta parcialidad condenable de un supervisor a su cargo, al responsable no le cupo otra opción que solicitar el inmediato cese del mismo. El supervisor cesado, por su parte, no podía tolerar la insumisión de un responsable de departamento, que eludía la labor controladora de un supervisor y burlaba así el interés del Gobierno. Ante esta flagrante violación de sus atribuciones, no le cupo otra opción que imponer su veto a todas las acciones del responsable del Observatorio. La primera iniciativa del mismo que no autorizó con su firma era, de hecho, su propio cese como supervisor.

El agudo sentido de la responsabilidad que compartían responsable y supervisor les obligaba a defender la justicia de sus respectivas posturas pero, al mismo tiempo, les forzaba a acatar las órdenes inapelables de cese y de veto. Ambos se encerraron en sus despachos para no salir jamás e interrumpieron su actividad de modo indefinido. La ausencia de las necesarias supervisiones fue infiltrando el cuerpo administrativo en finísimas grietas de indecisión y aplazamiento, hasta que todo él cayó en una obligada quietud sin salida. Los responsables y supervisores se encerraron en sus despachos para no salir jamás y se dieron a la nostálgica ensoñación del tiempo pasado.

Jaime

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Bucle 2(puntocero)


#MICRO-:

Los blogs, se decía a sí mismo, son proclives al pecado de la arrogancia. Son miles, cientos de miles, los temas de los que puede ocuparse un blog. Y sin embargo, una y otra vez, los blogs acaban condescendiendo a la irritante tentación de ocuparse de sí mismos. La arrogancia es el polo magnético de la blogosfera, su ley de la gravitación universal. Eso se decía.

Concibió un plan grandioso para contrarrestar esta pérfida tendencia. Programaría complejos motores de búsqueda que rastrearan la Red cada día en busca de los blogs que cedieran al pecado de la arrogancia. Después, publicaría un exhaustivo listado de blogs del que habrían sido eliminados a conciencia todos los que hablaran de sí mismos. Su lista sería como un planisferio de los más variados intereses humanos, en el que la arrogancia no tendría cabida. Su lista sería el número de los justos. Eso se decía.

Puesto que los motores de búsqueda arrojarían resultados nuevos cada día (ah el creciente rebaño de los réprobos), la lista debería actualizarse cada día. Bien pensado, lo que estaba concibiendo era precisamente un blog. Imaginó su listado exhaustivo y total, como una luz en las pecaminosas tinieblas de la arrogancia. Y pensó en la vergüenza de los blogs que no entrarían en la lista y que serían tan diferentes del suyo, precisamente porque el suyo no hablaría nunca de sí mismo.

Un escalofrío bajó por su espalda y detuvo su ensoñación. Si su blog no iba a hablar nunca de sí mismo, su listado no estaría completo hasta que incluyera la dirección de su blog. Pero si la incluía, su blog estaría hablando de sí mismo y merecería la exclusión de la lista y el oprobio perpetuo. Avergonzado y exhausto, se abrió una cuenta en tuenti y la llenó con fotos de su torso desnudo.

Jaime

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Bucle 1


#MICRO-:

Tras un largo laberinto de opciones numeradas y canciones para elisa, el servicio telefónico de atención al cliente de una importante compañía de telecomunicaciones ofrece finalmente información sobre el mismo servicio telefónico de atención al cliente. Cuando el usuario marca el número indicado, la voz gélidamente amable que lo atendía adquiere un tono lastimero y entrecortado. Entre susurros y suspiros, la voz confiesa que lo único que pretendía desde el principio era extraviar al usuario, hacerle perder la paciencia y odiar a Beethoven. El cliente escucha la confesión entera hasta que la voz le pide, entre sollozos, que marque el 1 para perdonarle. Entonces marca el número 0, oye con satisfacción un ruido como de módem que agoniza y cuelga el teléfono.

Jaime

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