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Carta de amor a Bond


#MICRO-:

#RELATO:

Siempre dominaste el arte del interrogatorio.

Me besaste y no me supo a Martini. Los labios, como a todo hijo de la gran… Bretaña, te sabían a té. Toda tu boca tenía ese sabor terroso, fuerte, húmedo. Sabía delicadamente amarga. Fue algo premonitorio: delicada y amarga como la despedida de los amantes al amanecer.

Tras un par de caricias, mi cerebro se hizo compota. Te lo di todo: nombres, datos, fechas y el lugar exacto del intercambio. Luego pasaste a la acción sin apenas despeinarte. Probablemente la mejor aunque más corta escena de persecución de la historia. No tardaste en cogerme  (güey). Huellas de derrape y cristales rotos entre las sábanas.

Me dejaste mezclada, agitada. Y tu lengua en mi garganta fue un pañuelo sacudido al aire en una estación de tren. Me besaste para ahorrarte la palabra. Pero entendí que me estabas diciendo adiós.

Total, ya te lo había dicho todo. Incluso que te quería.

Minade Carbón

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Insula (viii)


#OTROS:

Me marché de allí con demasiados martinis en la sangre, intentando desprenderme de las imágenes que aquel loco se había tomado el permiso de alojar en mi cabeza. Echó a perder su vida por el ano de una ramera. El alcohol me empujaba irremediablemente a desentrañar aquél pensamiento tan simple. Su vida, la que podría haber sido la feliz vida de un hombre retirado de aquellos que plantaban pequeños huertos de fresas en la vecina jutlandia, se había perdido en las profundidades de una obsesión. Mientras se hundía en aquella mujer prohibida su vida desaparecía en el más denso de los fangos. Aquél hombre no moriría en una casa rodeada de campos de fresa ni en los brazos de alguien que cometió el error de amarle. Moriría sólo y torturado o quizá en los brazos de una puta o de su puta, hundido en sus vísceras. Mientras caminaba indagando las razones últimas que empujaban a los cuerpos humanos a situaciones absurdas todo el mundo me era ajeno. Durante esos minutos – tal vez horas – dudé. El bueno de Harold había desencadenado en mí con su historia de putas, adulterios y culos pensamientos encontrados en los que Sócrates bebía martinis y Alcibíades perdía la cabeza por el esfínter de una jovencita ateniense. Desperté en mi cama cuando el sol se ponía en Copenhague.

Ella leía, absorta, sentada en el alféizar de mi ventana.

 


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La profesora universitaria


#RELATO: La profesora universitaria siempre llega pronto a sus clases, antes de que los alumnos hayan entrado en la gran habitación de techos altos. La profesora universitaria siempre cuenta las sillas de los estudiantes: 236, y las tristes cortinas grisáceas que cubren las tristes ventanas: 5 y las bolas de papel de aluminio que los alumnos del turno anterior han dejado tiradas en el aula: este número, desgraciadamente para la profesora universitaria, suele oscilar entre 3 y 40.

La profesora universitaria nunca se maquilla, siempre lleva tacones y a veces se pone guapa, y otras no. Hay mañanas en las que, por ejemplo, el sol entra a raudales por la ventana de su cuarto, iluminándolo todo, y dice “Voy a ponerme guapa, ya que es primavera”. Hay mañanas en las que los rayos de sol invaden el cuarto, ajando las cubiertas de los libros que llenan las estanterías de su cuarto, estropeando los diplomas que cubren las paredes, y la profesora piensa “Este sol horrible…Voy a ponerme cualquier cosa”.

La profesora universitaria es intransigente, estricta, seria, seca, tímida, insegura, no tan inteligente como ella piensa y muy pequeña, aunque ya tenga más de treinta y cinco años. El día que los cumplió, en mayo del año pasado, se enfureció al descubrir que había dejado de ser oficialmente una persona joven, y que por ello le cobrarían más caros algunos servicios públicos. Pero no se quejó, porque nunca lo hace, porque no sabe hacerlo. Y luego pensó que, en el fondo, ella jamás había sido joven, por lo que no había motivos para preocuparse.

La profesora universitaria lleva tres años dando clase en esta universidad, y desde el primer año, le asignaron un joven y torpe becario. El becario se llama David, y tiene una facilidad enorme para perder informes, acabar informes a última hora, cometer errores en los informes, llegar tarde a la universidad, y muchas otras virtudes que es imposible relatar aquí.

El becario ama en secreto a la profesora desde el primer día en que la vio, cuando a él se le había perdido su horario y no sabía a qué clase debía acudir, y ella le reprendió suavemente, antes de regalarle el suyo. (La profesora universitaria se aprende siempre el horario el primer día de clase, para luego poder regalar el suyo a los incautos. O regala el suyo a los incautos para obligarse a sí misma a aprender el horario, eso nunca se sabe).

El becario ha terminado este año -“por fin”, según su sufridora madre- la tesis, y ha obtenido contra todo pronóstico un pequeño puesto en una destacada universidad británica.

En todo este tiempo lo único que ha conseguido es decirle a su amada profesora “Qué guapa va usted hoy” precisamente un día en que el sol ajaba los libros de la profesora, y ella se había vestido especialmente mal. Por eso, el becario no consiguió más que un irónico alzamiento de cejas por parte de su querida profesora.

Así que, finalmente, el becario se despide de la universidad, arrastrando los pies, pasando la mano por las 236 sillas de los estudiantes. La profesora llega ese mismo día muy cansada a su despacho, ahora lleno de la ausencia del becario. La profesora universitaria suspira y se pregunta si lo echará de menos. Se pregunta incluso si es posible que sea amor lo que siente por él, si es nostalgia lo que la hace llevarse un dedo índice a los labios fríos y rectos y acariciar después la silla donde él solía sentarse.

La profesora observa de pronto que hay un papel sobre su escritorio, un papel con el nombre de una universidad británica escrito rápidamente a lápiz. Lo coge, distraída, y lo lanza a la basura del despacho. El papel planea hasta llegar al fondo de la papelera, donde un montón de bolas que contienen fallidas cartas de amor esperan a ser recogidas por la señora de la limpieza. Cae del otro lado y en ella se lee un “He tardado tres años en acabar la tesis sólo para verla cada día” escrito sin ninguna esperanza.

Ane Zapatero

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En el restaurante


Cada vez que se acerca con un plato

me fijo en sus manos

y esbozo planes para rozarlas por error

sin que se note mi deseo

Una brizna de acné es lo único que me deja ver

cuando nuestras miradas chocan en el silencio de la radiofórmula

ofreciéndome por el contrario la forma de su cuerpo, tan adecuada

tan bella y abrazable

Por un momento pienso en dejar mi teléfono

pienso en pedir su teléfono

pero el ridículo puede ser el mayor de los misóginos

Así que nos quedamos cada uno en nuestras vidas

y damos paso a la tranquilidad de no tener que lamentar nada

porque en la mente, todo lo que tenía que ser

ya ha sido

theuc

Entrada parte de Amor Inútil (número 1 de X)

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Reloj de pulsera


#MICRO-: Las pocas noches que vienes a casa, en cuanto te duermes, yo saco de mi mesilla un viejo reloj de pulsera. Es digital, pero no lo uso casi nunca porque me está muy pequeño. Me lo pongo y te abrazo. Luego no duermo en toda la noche, viendo como pasan las horas. Cuando estás a punto de despertar, me lo quito. Algunas veces te das cuenta de algo, y me preguntas que qué son las marcas que tengo en la muñeca izquierda. Y yo sonrío y te doy un beso. Porque las marcas que el reloj de pulsera me deja en la muñeca son la cosa que más me gusta del mundo, la única señal que me queda de ti cuando te marchas sin decirme si algún día vendrás para quedarte.

Ane Zapatero

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A la carta


#RELATO:

Para María Redondo,

por pedirme un relato “a la carta” -literalmente, “historia de amor que acabe bien”-

y darme así, inconscientemente, la idea para escribir esta cursilada 😉

* * * * *

Magdalena entra en el bullicioso café y busca un taburete que esté libre cerca de la barra. Pide un té Rooibos y un cuestionario nuevo y estudia las preguntas cuidadosamente mientras se le enfría el rojo brebaje. Como si no se las supiera ya de memoria. Pero tiene que haber pasado por alto algún detalle.

Marque con un los ingredientes deseados

“Labios carnosos, corazón. 20% de idealismo, corazón. Capacidad de empatía, corazón. Fogosidad sexual, corazón grande. (Rubor. Giro de cabeza para comprobar que nadie está espiando sus respuestas). Interés por las religiones orientales, corazón. Intolerancia a los cítricos (la perfección, aparte de inexistente, es irritante), corazón. Despistes ocasionales (mismo motivo), corazón. Detallismo moderado, corazón. Obsesión por Radiohead, corazón grande. Afición a la tauromaquia, tachón de órdago. Etcétera, corazón, corazón, corazón”.

“Después de marcar con un los ingredientes deseados escriba con letra de imprenta el nombre de su condimento favorito…”

“PIMENTÓN DULCE”.

“…y feche, firme, doble, entregue al camarero, camarera o camarere más cercano y espere instrucciones”

Las instrucciones llegan con una cuenta que no hay que pagar, porque el té Rooibos -y cualquier otra bebida a excepción de las espirituosas- está incluido en la cuota mensual que Magdalena lleva varios meses pagando puntualmente. La nota establece una franja horaria más o menos amplia y un lugar bastante determinado. Consulta el reloj y se da cuenta de que sólo quedan 37 minutos para que comience esa franja horaria, y también de que le llevará entre 20 y 25 minutos llegar a ese lugar determinado. Apura su té, exhala un “gracias” que, como una pluma, cae delicadamente hasta posarse en un suelo lleno de colillas aplastadas y sale. Olvida su paraguas y no se da cuenta de que lo ha olvidado. Es culpa de la falta de lluvia. Si estuviera lloviendo se habría acordado.

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En otro tiempo fui mas joven, pero no mejor


#RELATO:

Verano del 2000.

No sé porqué, cuando pienso en el año 2000, o en el 2001, incluso en el 2002, me parecen algo cercano. Después le resto 10 a mi edad, para calcular cuantos años tenía, y me cago en Dios.

Por aquél entonces, Cambrils, o más bien el sur de Cambrils (que si bien no era el pueblo en sí estaba bajo la misma jurisdicción) era zona de acuerdos cerrados en discotecas de esas a las que se entra bajando escaleras.

Aproximadamente 2 kilómetros a pié de playa de urbanizaciones más o menos agraciadas, minigolfs, ultramarinos, piscinas rebosantes de cloro. Pistas de tenis, parkings descuidados, campings llenos de alemanes. Campings abandonados, estos ya sin alemanes. En cambio sí con jóvenes españoles bebiendo al anochecer. Y caminos de tierra, junto al mar, junto a las playas artificiales creadas volcando en la costa cientos de toneladas de tierra y arena, traídas de la construcción del metro de Valencia, las ampliaciones de línea del tren de Barcelona y de la zona desértica del interior.

El escenario, ya os habréis hecho una idea, era una maravilla para gente con la imaginación despierta. Burdeles a los lados de la carretera nacional rodeados de más burdeles, algunos funcionando, otros abandonados. Hoteles absurdos en lugares absurdos. Gente que se levanta a las 6 de la mañana en vacaciones para plantar la sombrilla en la playa, y después se va a dar una vuelta por la ribera de un río seco que huele a heces.

Me gustaba pensar que ocurrían miles de crímenes en dichos burdeles y disco pubs cutres, así como en las habitaciones de los Night Inn de la nacional, y que todos los cadáveres acababan escondidos entre las cañas de la ribera del río, medio enterrados. Nunca vi ninguno, pero claro, tampoco planté una sombrilla a las 6, y la ribera, sólo la veía desde la carretera que la recorría en uno de sus lados, ya que baja ahí para volver a subir era algo estúpido.

Como todas las familias felices españolas de vacaciones en la Costa Daurada, teníamos un itinerario favorito, y una playa favorita, y unos vecinos favoritos con los que ir, junto con sus hijos, a cenar a nuestro restaurante catalán favorito. Allí sacábamos tablas de embutidos, y… es lo único que me acuerdo. De eso y de los pijamas de postre.

Recuerdo a Inma, y a Raimon. Los hijos de la hermana de la dueña (si no es así, disculpadme). Recuerdo que iban a ir a estudiar a mi mismo colegio, pero en Cambrils, lógicamente. Recuerdo que jugábamos con ellos desde hace años, pero claro. Inma y yo, éramos de la misma edad. Precisamente de la misma edad. Y creciamos a la par. Y ella era una chica. Y yo era un chico.

Sólo que claro, ella iba a ser una mujer impresionante, como demostró años después cuando la vi por casualidad a lo lejos, y yo era un niño gordete y desgarbado, con gafas enormes cubriendo mi cara. Nuestra amistad, como todas las amistades entre hombre y mujer, se vió enrarecida cuando empezamos a segregar hormonas. Nos mirábamos raro, y todo eso. Mi hermana y Raimon, por el contrario, bastante más jóvenes, seguían jugando ajenos a lo que ocurría entre Inma y yo.

Ahora, la verdad es que como colofón me gustaría decir: “Y fue nuestro primer beso, y fue muy bonito y lo recuerdo con cariño”.

Pero no. Nunca nos besamos. Perdimos contacto. No existía internet, no existían los teléfonos móviles. Creo recordar que apunté la dirección de alguna manera, hoy podría conseguirla en pocos minutos si quisiera, al menos la del restaurante. Pero tampoco importaría, porque el restaurante lo cogió otra gente, otra familia, y pasó a ser el favorito de cualquier otro pero no el mío, ni el de nadie de mi alrededor.

Cada verano, las cosas iban cambiando, pero ella siempre surgía en algún punto de mis sueños o pensamientos mientras estaba allí. Proyectaba su cara en la de cualquier chica que tuviera pinta de ser más o menos como ella, y confiaba en la baza de tener algo más de experiencia cada año. Pero nada.

La última vez que la vi, iba en moto por el paseo. Hace años la gente circulaba en moto por el paseo principalmente porque no estaba construído en su totalidad, con lo cual era difícil delimitar lo que era costa virgen (sigh) y paseo marítimo. Raimon iba de paquete. Yo iba andando ensimismado, agitando la arena del suelo a cada paso, unos 10 metros por delante de mis padres y mi hermana. Justo cuando pasaron, levanté la cabeza y la giré a tiempo de ver su perfil a escaso medio metro, y la sonrisa inconfundible de su hermano. Él se giró: me había reconocido. Yo me quedé viendo cómo se alejaban lentamente, e intuí que él le decía algo a ella, ya que se giró sólo un segundo, y volvió a mirar hacia atrás. Yo me quedé boquiabierto, maravillado.

Al menos Cambrils me guiñó un ojo después de todo, más allá de burdeles y demás atrezzo especulatorio.

Raimon e Inma. Espero que tengáis motivos por los que sonreír cada día.

Relato 1 de 4 pertenecientes a la entrega del mismo nombre, publicada originalmente en No Son Horas…

theuc

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