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Habían sido amigas…


#RELATO: Ellas habían sido amigas. De eso estaba segura. Habían compartido chicles de menta en clase, confidencias en cafeterías, cartas de olor en la infancia. La que compartieron fue una época llena de certezas. ¿Qué trabajos tendremos cuando tengamos 40 años? ¿Cómo será mi vestido de novia? ¿Viajaremos al extranjero? ¿A qué colegios enviaremos a nuestros hijos? Toda pregunta relativa al futuro, por el mero hecho de ser formulada, esconde algún supuesto: que habrá un futuro, que habrá hijos, trabajo, e incluso vestido de novia. Pero las preguntas que ellas se hacían siempre daban por hecho una cuestión más profunda: que seguirían juntas, unidas de algún modo, cuando crecieran.

El ser humano necesita certezas. Las certezas son esos abrigos viejos de invierno, tan gastados que parecen retener la forma de nuestro cuerpo, de los que uno debería prescindir, pero de los que nunca nos libramos, “porque son tan cómodos”. Las certezas son cómodas, cálidas. Una certeza es saber que la panadería de al lado seguirá vendiendo pan la semana que viene. Una certeza es saber que tus amigos seguirán llamándote el fin de semana siguiente. La certeza que nos ocupa era de otra índole. Era un vínculo sin palabras, que apenas necesitaba verbalizarse para ser más cierto. Una especie de acuerdo tácito no-verbal, que las obligaba a cosas como sentarse juntas en los autobuses, esperarse para cruzar un semáforo, mirarse cuando alguien hacía un comentario ridículo.

Su relación fue, en los tiempos de la infancia en que los que chicas y chicos se mantienen apartados, una digna sustituta del amor romántico, llena de promesas imposibles: “Estaremos juntas para siempre”. Con la llegada de los impulsos de la adolescencia, la una se convirtió en el paño de lágrimas de la otra, el apoyo necesario cuando cualquier Javier, Ignacio o Daniel las ninguneaba de manera insoportable. Eso, por no mencionar las compras en los centros comerciales, los llantos, las poesías cursis sobre el vecino guapísimo que nunca las saludaba.

Lo compartieron todo y no compartieron nada. A fin de cuentas, todas las chicas se cuentan las mismas cosas entre los 6 y los 18 años. Cuando la universidad las separó definitivamente, con un tajo hecho de nuevas amistades, tardes de estudio en sus respectivas bibliotecas y nuevos amores, dejaron de tener cosas que contarse. Siguieron sintiendo la una por la otra una simpatía profunda, tejida de recuerdos compartidos: los trabajos de plástica de la Primaria, el día en que una de ellas se emborrachó por primera vez en una sórdida discoteca de las afueras. Pero no era lo mismo, y un día una descubrió que había olvidado telefonear a la otra en su cumpleaños. Luego siempre alguien se muda a otra ciudad, y el contacto –que ya se ha convertido en algo incómodo e innecesario- se pierde solo, como se pierde siempre la atractiva adolescente en el bosque en una de esas novelas baratas de suspense.

Ane Zapatero

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