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Literatura y libros digitales – reflexiones sobre un futuro posible


#OTROS:

Permítanme escasos lectores que las reflexiones de hoy recorran caminos distintos de los que se suelen desplegar por este blog. Como bien saben – si han leído nuestra sección sobre qué somos – ¡bLaS! es el acrónimo que se adhiere a la agrupación de personas que se esconde bajo este blog y que, en principio, tan onomatopéyico y poético término sólo quiere decir Bilbao, Arte, Literatura y Sarcasmo. Por ello, nada de lo que rodea a estos ámbitos nos debería ser ajeno a pesar de que algunos de los fenómenos que surgen alrededor de la literatura sean mundanos en exceso. Esa es la razón que me lleva a tomarme la licencia de hablar hoy sobre una revolución mal entendida que, más que con vanguardias literarias, tiene que ver con una revolución en el soporte sobre el que la literatura llega a nuestros ojos: el libro digital.

Los miembros de ¡bLaS! me han visto ya entusiasmado con el invento y ahora que he terminado mi primera lectura en papel digital (El Maestro de Petersburgo de Coetzee) me siento en situación de juzgar la experiencia. El aparato, en mi caso un Kindle de Amazon, va a suponer una revolución. La literatura, hasta ahora, se había mantenido -en general- al margen de la revolución que ha supuesto la web 2.0 y de las sorprendentes capacidades de la red para reducir el espacio y el tiempo de los procesos de distribución -hasta el punto de ser cercanos a cero-. Tal vez haya que buscar la causa en que cualquier amante de la lectura que haya pasado cierto tiempo leyendo en un monitor sabe que el ordenador no es un soporte ni manejable ni que agrade al ojo. Pero con un dispositivo como el Kindle basado en tinta electrónica la experiencia de lectura, en lo esencial, es indiscernible de la de un libro impreso. Faltan esos pequeños detalles como el olor del papel o el sonido al pasar las páginas pero todo ello no parece esencial al acto de la lectura. Si no cualquier autómata pasando hojas y olisqueando como el papel se degrada y amarillea por culpa de la lignina, estaría esencialmente leyendo y ese no es el caso. Aceptarán que leer consiste en trasladarse a esos mundos, o conceptos, imaginados, o pensados, por el autor sin más vehículo que las palabras escritas. Pero, como ya he dicho, en esencia leer en papel o en un libro electrónico es lo mismo con las ventajas adicionales de disponer de diccionario, poder desprenderme de mis gafas al poder variar el tamaño de la letra o de que los subrayados y las notas se almacenan de un modo más organizado que en las habituales libretas. El peso y el espacio ahorrado también es una ventaja evidente, pero de ello hablaré más adelante – imagino una horda de estudiantes jorobados alegres bailando por no tener que cargar más con esas terroríficas mochilas de no menos de diez kilos – .

Seguramente se pregunten que cómo eso de cambiar la letra de tamaño va a desembocar en una revolución en el mundo de la literatura. Este no será el desdencadenante de ninguna manera. La revolución radica en los modos de distribución naturales al formato digital. El libro electrónico – o lector electrónico – se beneficia de esa mágica capacidad de los medios de comunicación digitales en los que – como ya he dicho antes – los espacios y los tiempos de los procesos de distribución se reducen a cero, es decir, desaparece la necesidad clásica de distribuidores físicos e, incluso, de editores tal y como se han entendido hasta ahora. Es ahí de donde brotará la revolución posible. Los pasos intermedios que la obra del autor debe superar hasta llegar al lector, hasta ahora, han estado estructurados de tal manera que la mayor parte del beneficio económico generado en la venta de un libro va a parar a toda una serie de trabajos y actividades mundanas que surgen alrededor del libro. Selección, corrección, traducción, maquetado, marketing, impresión, distribución, almacenaje…  algunas de ellas no son del todo prescindibles pero al eliminar las taras físicas y económicas de la distribución de libros de papel se eliminan, a su vez, la necesidad de intermediarios entre el escritor y el lector logrando así una retribución más justa para el autor y la posibilidad de que el lector no se someta a la dictadura de las editoriales – todos hemos experimentado alguna vez frustración al entrar en alguna gran librería y ver como sus estanterías de filosofía son invadidas por todo tipo de novedades cuya única razón para estar ahí es la necesidad de vender por encima de todo.

A menudo me pregunto si la función de una editorial es ganar dinero a toda costa o ganar dinero dando un servicio a la sociedad. Ante estos evidentes cambios generados por la posibilidad del papel electrónico en el mundo de la literatura parece que más bien es lo primero y no lo segundo. Me explico, a pesar de mi emoción inicial con el lector electrónico pronto me he topado con una clara realidad. A las grandes editoriales no les interesa distribuir libros digitales aprovechando todo el potencial del soporte. Tras visitar Libranda, esa gran distribuidora de libros electrónicos de las grandes editoriales españolas, el lector se encuentra con un enrevesado proceso de compra que, además, no permite ni el préstamo ni dispone de la totalidad del catálogo. Ante mi desconcierto, el precio no se reduce tanto como cabría esperar dado el ahorro que supone no tener que guardar ocho mil libros en un almacén ni distribuir ocho toneladas de papel por multitud de librerías – el almacenaje en un disco duro y el mantenimiento de un servidor es infinitamente más barato -. Esta situación ha llevado irremediablemente a que un grupo amplio de lectores se hayan puesto manos a la obra para transcribir los libros de sus bibliotecas e intercambiarlos entre ellos. Se puede pensar que es un trabajo arduo pero no se dejen llevar por esa primera impresión. Sólo hacen falta diez personas dispuestas a mecanografiar diez páginas para que en menos de una hora se disponga de un libro de 100 páginas digitalizado. Por no hablar de los procesos automatizados de reconocimiento de texto como los que utiliza google. Esa realidad es imparable y parece que no quieren aprovechar su ventajosa situación para dar un servicio a los lectores. Seguramente dentro de unos años se reunirán con el ministro de cultura de turno y llorarán alguna contrapartida porque entre la “piratería” o el intercambio de bibliotecas personales y Google Books su negocio será deficitario.

(Esta es la opinión personal del autor del post y no tiene por qué corresponder con la de la asociación cultural ¡bLaS! – Bilbao, Literatura, Arte y Sarcasmo)

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