Archivo de la etiqueta: adolescencia

Cuadros (I)


#OTROS:

 

Incon-teen-encia Verborreica.

Quizá podría ocurrirte, ahora que ya tienes quince. Aunque no deja de sorprenderte todo lo que vas descubriendo. Dicen: Que los reveses de la vida no son sino tus propios pensamientos. Que no es lo que te ocurre, es cómo tú lo percibes. Tú dices: Que no es suficiente lo que saben, porque no saben nada. Que quieres, pero no debes -ni puedes- querer a quienes tú quieres. Porque el corazón se parte pero no se divide, que no es lo mismo. Que eso es un lujo. Porque hay cosas que no están bien. ¿Que no deseas sino lo que quieres desear? Pero para ti el deseo no entiende de normas, es indómito. Que buscas y encuentras. Pero no es lo que buscabas. Y a veces tú te lo buscas y entonces sí lo encuentras. Y que vagas de nuevo, aún cuando creías que ahora empezarías a tener el control. Y que no es lo mismo vivir que estar vivo. Y que tú estás muy viva, demasiado viva, pero no eres viva. Porque ser y estar no es lo mismo salvo en inglés. Pero tú no hablas idiomas. Los idiomas hablan y no dicen lo que quieres decir. Porque nunca hay palabras para eso. Sólo signos, símbolos convencionales, preestablecidos por unos, por todos, por alguien, por otros. Y tú no dices lo que quieres porque no quieres decirlo. Porque quieres y no puedes y no siempre el querer es poder. Puedes. Puedes callar, una vez más.  Que tienes derecho a permanecer en silencio o todo lo que digas podrá ser usado en tu contra.

Minade Carbón

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo Otros

Migas de galleta


#MICRO-RELATO: Koldo hizo un pulcro montoncito con las migas de Tosta Rica desparramadas y las recogió en la palma de la mano junto con el inidentificable cadáver de un mosquito petrificado. Se había colado en su habitación la noche anterior dando bandazos como si estuviera “puesto”, tratando de suicidarse una y otra vez contra la mugrienta superficie de la mesa de escritorio. Un mosquito “emo” y cocainómano. Pobre bicho. Aunque él había contribuido a aliviar su sufrimiento, no se había molestado en dar sepultura a los restos mortales espachurrados. Por fin descansaba en paz el malhadado insecto en la abollada papelera roja, entre palitos de chupachups de cocacola, condones caducados, chicles y mechones de pelo negro recién lavado. Y, por supuesto, migas de galleta.

Siempre migas de galleta. Porque su vida consistía en recoger migas y migajas y debatirse entre si lamerlas o tirarlas a la abollada papelera roja junto con los diminutos cadáveres de los bichos que, a diferencia de él, tenían los cojones lo suficientemente grandes como para tratar de suicidarse.

Paula Zumalacárregui Martínez

(publicado originalmente en (orto)graphías de un autorretrato)

6 comentarios

Archivado bajo Micro-, Relato

Ground Swell, de E. Hopper (1939)


#RELATO:

Los cuatro miran el océano, imperturbables. El azul del cielo llena sus pupilas y se refleja en el mar, sumiéndolos a todos en un extraño estado contemplativo. John, Jack y Julian visten ropas blancas que dejan sus torsos al descubierto. Es como si, sabiendo de antemano que en un futuro no muy lejano no podrán mostrar sus cuerpos al sol, ahora quisieran atrapar toda su luz, en un impulso desesperado y pueril por preservar este verano del paso del tiempo.

Candy ha cubierto sus rizos pelirrojos con un pañuelo. Un breve pedazo de la misma tela le cubre el pecho, y unos oscuros pantalones anchos no permiten admirar sus piernas. En comparación, sus tobillos blancos, expuestos al sofocante calor de agosto, resultan impúdicos y fuera de contexto. Una virgen gótica que enseña atrevida un pecho a los feligreses sería la imagen perfecta para describir la forma en la que Candy exhibe en este momento sus tobillos. Desgraciadamente, Candy no está demasiado familiarizada con el gótico.

John, Jack y Julian la quieren, o creen quererla. Julian ha llegado incluso a escribir algunos desafortunados versos sobre ella y sus rizos -“ígneos, se me antojan guirnaldas de fuego”-. Ella desprecia a los tres, de esa forma característica en la que las muchachas hermosas desprecian todo aquello que han conseguido sin esfuerzo.

Y ahora los cuatro miran al mar, sabiendo que en un par de semanas el verano terminará, y ellos regresarán a las ciudades donde se encuentran sus respectivas universidades. Dentro de poco no recordarán la luz de este día de agosto, perdido entre tantos otros días grises en los que uno no gana la lotería ni conoce a la chica de sus sueños. Es posible que, en unos años, ni siquiera recuerden los nombres de los demás. John morirá en un accidente de tráfico, Jack se casará -inconscientemente- con una mujer que recuerda bastante a Candy y Julian decidirá que es homosexual tras acostarse este verano con Jack.

Se olvidarán los unos de los otros, y lo mismo hará el mar, que siempre se repite -tal vez porque no tiene memoria-, ofreciendo como un vulgar buhonero la misma mercancía cada mañana de agosto.

Ane Zapatero

8 comentarios

Archivado bajo Relato

Habían sido amigas…


#RELATO: Ellas habían sido amigas. De eso estaba segura. Habían compartido chicles de menta en clase, confidencias en cafeterías, cartas de olor en la infancia. La que compartieron fue una época llena de certezas. ¿Qué trabajos tendremos cuando tengamos 40 años? ¿Cómo será mi vestido de novia? ¿Viajaremos al extranjero? ¿A qué colegios enviaremos a nuestros hijos? Toda pregunta relativa al futuro, por el mero hecho de ser formulada, esconde algún supuesto: que habrá un futuro, que habrá hijos, trabajo, e incluso vestido de novia. Pero las preguntas que ellas se hacían siempre daban por hecho una cuestión más profunda: que seguirían juntas, unidas de algún modo, cuando crecieran.

El ser humano necesita certezas. Las certezas son esos abrigos viejos de invierno, tan gastados que parecen retener la forma de nuestro cuerpo, de los que uno debería prescindir, pero de los que nunca nos libramos, “porque son tan cómodos”. Las certezas son cómodas, cálidas. Una certeza es saber que la panadería de al lado seguirá vendiendo pan la semana que viene. Una certeza es saber que tus amigos seguirán llamándote el fin de semana siguiente. La certeza que nos ocupa era de otra índole. Era un vínculo sin palabras, que apenas necesitaba verbalizarse para ser más cierto. Una especie de acuerdo tácito no-verbal, que las obligaba a cosas como sentarse juntas en los autobuses, esperarse para cruzar un semáforo, mirarse cuando alguien hacía un comentario ridículo.

Su relación fue, en los tiempos de la infancia en que los que chicas y chicos se mantienen apartados, una digna sustituta del amor romántico, llena de promesas imposibles: “Estaremos juntas para siempre”. Con la llegada de los impulsos de la adolescencia, la una se convirtió en el paño de lágrimas de la otra, el apoyo necesario cuando cualquier Javier, Ignacio o Daniel las ninguneaba de manera insoportable. Eso, por no mencionar las compras en los centros comerciales, los llantos, las poesías cursis sobre el vecino guapísimo que nunca las saludaba.

Lo compartieron todo y no compartieron nada. A fin de cuentas, todas las chicas se cuentan las mismas cosas entre los 6 y los 18 años. Cuando la universidad las separó definitivamente, con un tajo hecho de nuevas amistades, tardes de estudio en sus respectivas bibliotecas y nuevos amores, dejaron de tener cosas que contarse. Siguieron sintiendo la una por la otra una simpatía profunda, tejida de recuerdos compartidos: los trabajos de plástica de la Primaria, el día en que una de ellas se emborrachó por primera vez en una sórdida discoteca de las afueras. Pero no era lo mismo, y un día una descubrió que había olvidado telefonear a la otra en su cumpleaños. Luego siempre alguien se muda a otra ciudad, y el contacto –que ya se ha convertido en algo incómodo e innecesario- se pierde solo, como se pierde siempre la atractiva adolescente en el bosque en una de esas novelas baratas de suspense.

Ane Zapatero

3 comentarios

Archivado bajo Relato