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Carta de amor a Bond


#MICRO-:

#RELATO:

Siempre dominaste el arte del interrogatorio.

Me besaste y no me supo a Martini. Los labios, como a todo hijo de la gran… Bretaña, te sabían a té. Toda tu boca tenía ese sabor terroso, fuerte, húmedo. Sabía delicadamente amarga. Fue algo premonitorio: delicada y amarga como la despedida de los amantes al amanecer.

Tras un par de caricias, mi cerebro se hizo compota. Te lo di todo: nombres, datos, fechas y el lugar exacto del intercambio. Luego pasaste a la acción sin apenas despeinarte. Probablemente la mejor aunque más corta escena de persecución de la historia. No tardaste en cogerme  (güey). Huellas de derrape y cristales rotos entre las sábanas.

Me dejaste mezclada, agitada. Y tu lengua en mi garganta fue un pañuelo sacudido al aire en una estación de tren. Me besaste para ahorrarte la palabra. Pero entendí que me estabas diciendo adiós.

Total, ya te lo había dicho todo. Incluso que te quería.

Minade Carbón

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DECONSTRUCCIÓN DEL LIBRO SANTO


#POESÍA:

#RELATO:

#EXPERIMENTACIÓN:

ANTIEVANGELIO SOBRE LA REVELACIÓN.

Atentado contra el discurso sagrado y su oposición a lo profano.

Salmos de Jaques Derrida y réquiem de Walter Benjamin se disponen a ser cantados durante la misa que hoy celebra en este cementerio y catedral; en este lugar que tanto para la Metafísica como para la Estética ha representado el auténtico Sinaí: Grand Louvre, París. Espacio liminal. Lugar de sacrificio y redención. Veintinueve de Agosto del dos mil diez. Once y cuarto de la mañana. Momento en el que Belleza, Bien y Verdad se resolvían en y por Ella.

 

A P. Z. M., que durante el éxodo tendió puentes entre las aguas separadas, haciendo posible la transición.

En respuesta a  https://blasfemicos.wordpress.com/2010/06/24/relato-erotico/  

—–

Reconocí tu gesto entre la multitud.

Los espectadores te observaban sin clemencia, y tú allí tan sola;  tan llena de pudor.

Sin preguntar los mortales me contaron lo sucedido: se atrevieron a amarte tal vez demasiado real, demasiado torpemente, llegando a convertir en mármol tu piel. Estabas allí tan sola,  simplemente desnuda, que reconocí tu gesto entre la multitud. Eras igual de blanca pero eras movimiento. Ahora motor inmóvil o Noesis Noeseos, vi cómo atravesaba tu costado, divino y humano sólo en la matemática de madera,  una fatal lanza de luz.

De los que osaron acercarse sólo el incauto confesó haberte deseado eterna tras el imperioso cristal blindado, llamada a ser siempre la misma y siempre analizada por el impávido y disperso espectador.

Entiendo que te rebelaras contra la misericordia y el piadosismo de los anteriores dioses. Debería habértelo dicho antes del gran Juicio. Lo entiendo porque rebelada nos revelaste el último fin del final.

Constó en las actas el olor a azufre. Los mortales,  tan cobardes como siempre, se abstuvieron de admitir veredicto alguno. Buscaban sus propios mazos en el suelo, evitando ser preguntados por la opinión, fijando sus miradas en las baldosas sucias, compuestas del mismo material que utilizó la alevosía para esculpirte.

El juicio duró más de lo que pudo recordarse y las almas quedaron de una vez por todas libres, incapaces de soportar la condena del recuerdo y saber que fueron ellos los culpables del hieratismo; culpables por haberte fragilizado al dudar sobre el universal de lo considerado hasta entonces bello.

El acontecimiento redujo a polvo el horizonte -y es que tal vez polvo fue todo lo que pudo haber sido.

 El veredicto hizo del presente una línea homogénea de tronos vacíos; poderes y mandatos de los que desertaron los mortales: esos cobardes incapaces de escuchar la tercera voz del gallo, fascinados por el brillo de las monedas con las que mezquinamente fue remunerada su traición.

Se han oído esta mañana los lamentos en el gran museo. Los mortales saltaron la vacío luchando contra sí mismos, intentando olvidar la palidez que tu rostro había adquirido. De la fosa común en la que reposaban sus cadáveres escapó un súbito delirio estético,  interpretado como un último suspiro o fatídico estertor.

Yo misma he certificado el cadáver del Arte -que no es mármol, lienzo ni clave de sol-. Y al comprobar su rictus mortuorio he respirado satisfecha, no sin cierta paz, observando que no eran más que simples versos lo que se les caían a los mortales, más muertos que nunca, de sus ajadas manos y bolsillos.

Insisto:  reconocí tu gesto entre la multitud. Y como otra lanza aconteció la inmóvil sombra. Irrumpió violentamente vestida de plañidera. Fue gloriosa corona de espino este antidestello de luz.

Al atardecer el búho abrió sus alas, pero Maya cubrió otra vez la historia con su velo -la noche llega para hacerte dormir,  así que ahora duerme. – Por fin puedes descansar sin ser vista.

Ya no quedan ojos que miren. Duerme.  Ya no queda sangre en las Iglesias.

Sólo yo sobreviví  a la fuerza centrípeta de la fe en algún discurso y custodio con mi única victoria -seguir siendo, siendo imagen y palabra- el sueño de que existas al margen de cualquier fotograma o poética.

Secreta, delicada, y prohibida mía: el pasado nos espera porque espera encontrarte virgen y gastada,  más allá de la abismal perfección.

El resto,

dicen,

 será silencio.

 E incluso en la peor ausencia, velados los conceptos, reconoceré tu gesto entre la multitud.

Tal vez porque no inventamos detalles, abandonaron la tertulia los otros once fieles. Puede que incluso se lo tomaran demasiado a pecho y decidieran ingresar voluntariamente en prisión. En cualquier caso, no hay lugar para memorias ni testamentos. La cena se ha quedado fría esperando los dibujos de los cuentos; las palabras de alguna narración.

Tú no serás Historia ni venenoso imaginario, sino la espontánea alegoría en el hábito de vivir. 

Serás leyenda pronunciada por amantes, mudos y suicidas. Serás trova para quienes crucen el río con Caronte de la mano, sin perder las monedas de sus ojos, sin convertir al volver la vista el sentido de la travesía en sal.  

Por eso duerme. No hay nada que mirar atrás. Y no temas si al despertar un huracán sin ojo te acusa de deber justicia a tus antepasados. El oráculo recuperará la viva voz de aquellos muertos, infieles de sotana trasparente, para liberar las alas del ángel y cobijar a bohemios y rapsodas.  

No temas en la oclusión del verbo; sólo duerme. Declarado el estado de excepción suplantaremos la identidad del soberano -tenderemos juntas puentes y uniremos interminablemente el mar.- Somos el motor reparado de la asombrosa maquinaria, reconciliando la metafísica de los caballos y la violencia del alfil o el peón; un jaque mate al contexto al reconocer tu gesto entre la multitud.

Si amanece se nombrará justa la página en blanco.

 Bella, Buena y Verdadera: perdóname si al despertar-sé que es injusto-aún estoy rezando.

Pulverizaré mis credos con la primera de luz del alba.

Por ti seré partera que cruza el puente entre la muerte y la vida y trazaré la Redención. 

Por ti Magdalena rechazada y escondida: vestida de satén para el preludio. Madre que vela el cuerpo del Hijo durante la resurrección de los tres días.

Anne -Le Pése -Nerfs.

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Excurso sobre la Tradición.


 

#RELATO:

#ENSAYO:

Llega tarde el autobús.

Los segundos hacen las veces de sentencias judiciales, y nada ha cambiado. Somos, en virtud de este retraso, los herederos  fúnebres de una antigüedad resabida. Samsara y Derecho Romano se han unido en ambos de tus hemisferios cerebrales para ser a continuación codificados por un complejo y poco interesante mecanismo  semineuronal. El caso es que tú acabas de unir ambas estupideces y piensas en ellas. Pasan 6 minutos de las doce y  eso suscita en ti la sensación de ser un mediocre convicto confundiendo esta estación con Alcatraz, e incluso algo peor. La vergüenza te tira el nuevo libro al suelo. Puedes recogerlo y  fingir ante el espectador disperso el descontento que produciría la visión de unas tapas blancas ataviadas con briznas de Farias y cáscaras de pipas de girasol. -Porque lleva lloviendo desde que el oído ha procesado hacia la conciencia la primera actividad de esta mañana. Llueve ininterrumpidamente. Lleva lloviendo, quieres decir, un mínimo de ocho horas. Ocho horas que suenan a una jornada de trabajo. Ocho horas que suenan ahora a un viaje hacia la absoluta desesperación. Y las colillas y las cáscaras se han fusionado con la portada del libro sobre los excesos retóricos de Wittgenstein.- O puedes recoger tu libro y salir corriendo de la dársena 27, escapar de ese espacio dedicado al tránsito y a la espera,  ante el rictus mortuorio de tus potenciales compañeros de viaje. Puedes hacerlo; y también puedes no hacerlo. Puedes,  pero cada pensamiento será un nuevo conato que fortalecerá  la acusación sobre ti vertida; dicen que eres  hijo del  clasicismo, y además mantienes un affaire retornante, eterno, con lo mismo. Un círculo que caracteriza lo que entiendes por existencia. Y ahora, con tu botella reciclable de agua, descubres que el concepto sánscrito no es ni siquiera parecido al mapa que trazó Dante. Perteneces no a los ladrones o a los no bautizados. Con tu botella de euro y tanto, te reconocen como entelequia descendiente de los vientres hidrópicos. Casi nada, ya ves. Pero no. En absoluto. Tú puedes hacerlo o no. Hacer una cosa y no hacer el resto. Hacer nada, también. Recoger el libro, o no hacerlo, y encender un cigarro, recolocar las asas de la bolsa  de viaje que empieza a acomodarse en tus enclenques hombros, enclenque tú; sonreír al niño que se ha percatado de tu desesperación; no hacer nada. Absolutamente nada. Puedes hacer o no hacer. Pero ya. No. Otra vez, no. El niño sabe que estás equivocado. Tú sabes que estás equivocado al ver al niño satisfecho, porque resulta que está satisfecho gracias a tu error. En cualquier caso, y continúas con esta concatenación infinita de ideas para no mirar al niño, lo único que no puedes hacer, por el bien de tu integridad tras el inexorable ejercicio de  la autocrítica, es salir corriendo. Alcatraz, piensas, y sientes náuseas, además de ridículo. Sabes que el retraso no durará eternamente. Más náuseas. Te mira el niño.  

Tras unos segundos de intensa rivalidad visual con él, la explosión de mil bombas atómicas acaba con el divertimento del absurdo intransferible: el de la reflexión o su ausencia. El absurdo de la conciencia, en resumidas cuentas.  El niño gana. No parece haber escuchado nada digno de reclamar su atención. Puede que tu cara resulte, inexplicablemente, más entretenida que un desastre cosmológico. En fin. Ya era hora de que alguien se atreviera a reventarlo todo, para siempre jamás.

Te extraña que tus potenciales compañeros de viaje sigan vivos, exactamente en el mismo lugar de la última vez. No ha sido una bomba atómica. No han sido mil. Sólo las llaves del conductor  que jugará con tu vida durante las próximas horas, que acaban de estrellarse contra el subsuelo del inframundo, lleno de briznas de puro barato y millones de cáscaras de pipas de girasol. Un libro: una llave. Se presiente cierta algarabía que a ti te cansa independientemente de cuál sea el motivo que la llama a ser. No. No tienes por qué sonreír. Que las puertas del autobús se hayan abierto no te incita a correr hacia ellas. Tú has pagado por el asiento 31 y te sentarás allí, pase lo que pase, entres al autobús en última posición o no. No debes alegrarte por la apertura de las puertas, y no te apresurarás, porque no te da la gana, y no te lo tienes que explicar. Adoras el argumento de autoridad, porque siempre te ganas.

El niño, que no te ha quitado ojo, no contará a nadie que se te haya olvidado sentir. Piensas que no es tarde para plantearse la cuestión de la paternidad. El niño tiene cierto encanto, aunque tú no consigas descubrirlo. Piensas después que Clint  Eastwood no ponderaría a posibilidad de tener niños mientras su principal objetivo era salir de la bahía de San Francisco, y a poder ser, salir vivo. Da igual. No puedes sentirte más ridículo, así que sufres como castigo el picotazo estomacal de otra náusea. La pregunta inminente es en qué departamento de la enorme bolsa colocaste el billete de autobús. No se trata de eso. Es que, sin más complicación, no te da la jodida gana. Esta frase seduce por ser, de manera precisa, el ejemplo perfecto del uso efectivo de irracionalidad. Un antiargumento. Un A-argumento. Un acabaargumentos. Escucha: no me da la gana.

Efectivamente, no vomitas.  Acabas de encontrar el rectángulo de celulosa que corrobora el merecimiento de tus aparentes vacaciones.  Lo sabías desde el principio, por eso las náuseas te resultan tan sumamente molestas. Nunca vomitas. Continuarás con ellas hasta alcanzar el destino escrito en el cartel que encabeza  el autobús. Incluso después.  Todo siempre igual. Igual mientras esperabas fuera del vehículo. Igual ahora, que todo parece distinto desde esta ventana que se abre a tu desgana y se cierra al mundo. Porque el mundo, menuda idea acabas de tener, está contenido en la dársena 27. En ella y en él,  viven los vestigios de otros tiempos. El mundo:  Ella yÉl.

No puede ser. El niño asoma la cabeza a través de la puerta. Cielo Santo. Eso es lo que sucede: que puede ser. Pero ahora sólo importa el resultado, el detrito, más bien, de este desbocado deshacer irracional. Escucha, te lo está diciendo: no le da la gana. El niño se acerca hasta pasar por tu lado y, al rozarte, sin que nadie mire, sin que nadie vea, vomita la pera, el yogurt y la galleta que alguien le ha hecho tragar mediante algo parecido a un embudo. No me da la gana, acaba de decirte el niño. Al fin y al cabo, concluyes satisfactoriamente, el procedimiento de la razón acaba igual que una digestión. Una mala, una nefasta digestión. Uno comienza con el bicondicional, la doble negación y las disyuntivas, para terminar aplicando un Tollendo Ponens a la inmortalidad del alma o la corporeidad del Espíritu Santo: la paloma que se erige sobre su pata-muñón en relación con el miedo atávico a la muerte. Increíble. Acaba igual. Todo acaba, y lo que acaba sigue estando igual: contradicción en términos. Siempre igual. 

Se te agria la lactosa del yogurt o acabas literalmente saturado de paté y carne magra. Nadie recuerda, de hecho, regar la tierra de la flor de Pascua. Siempre, interminablemente igual. La planta roja se pone mustia, y alguien decide deshacerse de ella hasta una nueva y fatal adquisición. No te dejes vencer por las náuseas. Alude a tus conocimientos sobre escatología, valiente: vomita porque te da la gana. Porque no sonríes, y porque ya hay quien cree poder demostrar la perdurabilidad de su existencia. La vida, en estas fechas, no es muy distinta al resultado digestivo de una cena desmesurada, hipercalórica, que diría él. Nos sentamos para compartir la culpabilidad que sentimos ante tanto exceso, y entre bicarbonato sódico y ascetismo espiritual, nos damos cuenta de que el alma existe, y preexiste y subsiste, pero no sabemos diferenciarla del resultado de un severo trastorno gastrointestinal.

Alguien llama. El niño te sonríe, asiento 33.

Escuchas la voz de un fanático creyente, alias estómago de acero, experimentado predicador, que te desea impúdicamente una feliz Navidad.

 

Anne -Le Pése -Nerfs.

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Cuatro esquinitas tiene mi cama


#RELATO:

Me he pintado las uñas de fucsia. Veo mis manos bailar claqué sobre la almohadilla de mi anémico ordenador y no me las reconozco. Son manos de señora endomingada, de vieja vestida de lolita, de carnicera. Pero ahora no tienen remedio. Ni importan. Hoy sólo importan tus uñas, tus dedos, tus manos bailando claqué, tecleando  las anémicas almohadillas de mis pies.

Acaricio con mi lengua los ángeles que duermen en el cielo de tu paladar. Y se me olvidan la lista de la compra y la ropa de la lavadora. Y pienso en arañas con botines recorriendo a hurtadillas las corvas de tus piernas, las corvas de mis piernas, el lugar donde encajan perfectas tus-mis rodillas. Pero recibes una llamada y dejas de besarme y me das las buenas noches y te vuelves para tu casa. Y yo pienso en las arañas descalzándose, desvistiéndose, terminando su jornada laboral, recogiendo el hilo sobre la madeja, reposando sus ocho patas en alto, masajeando sus tobillos, contentas de haber terminado tan pronto hoy.

De pronto me vienen a la memoria las arañas de mi infancia, que tenían sólo siete pies. Creo que me doy tanta pena que mi cerebro se empeña en distraerme de mí misma. Y ahora pienso en un par de botes de lentejas, limones, naranjas, perejil y en la ropa blanca que se amontona en el cesto. Pero todo es en vano. Y pienso que eso rima con abano, enano, banano…

Qué cara me ha salido la canguro. Y el sostén de color añil, un poco hortera, un poco puta, un poco caro.

Me desmaquillo ante el espejo. Me desnudo y me pongo el pijama. Pienso en cómo basta una llamada para hacerme caer de morros. Equilibrio metaestable.

Minade Carbón

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Habemus buclem


#MICRO-:

#RELATO:

Levantó los ojos del texto y paseó su mirada por la plaza, enardecida de fieles. Aspiró el olor sorprendente del triunfo en la noche romana. Le asaltaron los recuerdos de su infancia sepultada tras los muros del seminario menor, cuando empezó a fraguar su proyecto en las largas vigilias del tedio cantado. Recordó la leve excitación del primer atisbo, en una moribunda clase de Derecho canónico. Aquella sospecha mínima, que creció al contacto con los silogismos de Aristóteles, se convirtió en el centro incofesado de su determinación. Sus votos, primero, y su ascenso callado y tenaz, después, le deparaban tanto mayor placer cuanto más desconocida era su razón última para quienes lo congratulaban. La Cristiandad católica celebraba ahora su elección, jubilosa, esperanzada, e ignorante de lo que estaba a punto de suceder.

Levantó lentamente la mano derecha, con gesto de solemne descuido, y esperó a que se hiciera el silencio. Se humedeció los labios y continuó leyendo la primera proclama de su pontificado. Había llegado al párrafo decisivo:

Y por eso Nos, observamos con alegre obediencia el santo ejemplo de quienes Nos precedieron y confesamos la recta doctrina de la infalibilidad del Papa, y nos complacemos en sentar magisterio infalible, con la asistencia del Espíritu, en esta solemne ocasión de inicio de Nuestro pontificado, declarando doctrina firme y santa de la Iglesia la siguiente Verdad: Que todo cuanto han dicho los Papas hasta el día de hoy, y cuanto digan desde hoy y hasta el fin de los tiempos, incluida esta proclama, no sólo es falible, sino falso en acto.

Llegado a este punto, dejó una larga pausa, para asegurarse de que el mensaje calaba en la atónita muchedumbre que tenía en frente. Cuando estuvo seguro añadió, con una franca sonrisa:

Y si alguno lo niega, sea anatema.

Jaime

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Gobierno en bucle (Bucle 3)


#RELATO: El Gobierno se dividió a sí mismo en departamentos y puso a un responsable al frente de cada uno. Urgidos por un ansia taxonómica encomiable, los responsables repitieron la operación en sus departamentos respectivos, creando directorios, secciones y subsecciones en una decreciente cascada de ordenación y rigor. Para controlar el correcto desempeño de las funciones públicas, el Gobierno decidió asignar a cada responsable de departamento un supervisor que debía aprobar con su firma todas sus iniciativas.

Pronto resultó evidente que las gestiones de cada departamento se habían especializado hasta el  punto de que los responsables se odiaban entre sí. Verbigracia: el responsable de la Contaduría Gubernamental de Conejos no dirigía la palabra al responsable de la Agencia de Apoyo a la Muda de Cuernas en Cérvidos. La extensión de esta inquina, sin embargo, se reveló beneficiosa para los intereses del Gobierno, puesto que los departamentos competían furiosamente en eficacia y celeridad. Más preocupante fue advertir que los supervisores, que debían mantener una impoluta neutralidad en el control de los departamentos y velar siempre por el bien superior del Gobierno, exhibían una parcialidad reprobable en el ejercicio de sus funciones. Contagiados del celo de su responsable asignado, defendían los resultados de éste con impropia pasión y exigían atribuciones crecientes y presupuestos desmesurados para el departamento que debían refrenar.

Con miras a mejorar el encaje de todos los departamentos en el cuerpo administrativo y hacer un uso razonable de los recursos públicos, se tomó la determinación de crear un Observatorio Interdepartamental para la Supervisión de los Supervisores.  Los supervisores de todos los departamentos debían dar cuentas de su trabajo ante el nuevo órgano, cuyas decisiones serían inapelables. Se combatiría ante todo el excesivo apego de cualquier supervisor por su departamento asignado, para evitar así que sus decisiones fueran motivadas por sospechosas filias, ajenas a la razón contable.

Al frente del Observatorio se puso un responsable y a su lado, como era obligado, un supervisor; ambos funcionarios de intachable trayectoria y disciplina ciega. Cuando el supervisor demandó los informes oportunos para empezar a fiscalizar los movimientos del responsable, éste sospechó: ¿no actuaba el supervisor movido por un apego excesivo a su departamento asignado? Al hacer suyos los propios fines del Observatorio para la Supervisión (la búsqueda de contención presupuestaria y eficiencia en la gestión), ¿acaso no estaba haciendo dejación de su neutralidad? Ante esta parcialidad condenable de un supervisor a su cargo, al responsable no le cupo otra opción que solicitar el inmediato cese del mismo. El supervisor cesado, por su parte, no podía tolerar la insumisión de un responsable de departamento, que eludía la labor controladora de un supervisor y burlaba así el interés del Gobierno. Ante esta flagrante violación de sus atribuciones, no le cupo otra opción que imponer su veto a todas las acciones del responsable del Observatorio. La primera iniciativa del mismo que no autorizó con su firma era, de hecho, su propio cese como supervisor.

El agudo sentido de la responsabilidad que compartían responsable y supervisor les obligaba a defender la justicia de sus respectivas posturas pero, al mismo tiempo, les forzaba a acatar las órdenes inapelables de cese y de veto. Ambos se encerraron en sus despachos para no salir jamás e interrumpieron su actividad de modo indefinido. La ausencia de las necesarias supervisiones fue infiltrando el cuerpo administrativo en finísimas grietas de indecisión y aplazamiento, hasta que todo él cayó en una obligada quietud sin salida. Los responsables y supervisores se encerraron en sus despachos para no salir jamás y se dieron a la nostálgica ensoñación del tiempo pasado.

Jaime

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OH MIO BABBINO CARO


#EXPERIMENTACIÓN:

#RELATO:

#POESÍA:

Enciendo la radio e, inesperadamente, cae un cirio sobre el Santo Grial. La misa ha terminado. Tres cabezas de perro evitan mi mirada para observar el espectáculo de la sacralidad agonizante. Sufro cómo arde mi sotana que no es de seda púrpura, blanca o carmesí, ni de vino o pan de ángel. Mi identidad es esparto enmohecido por antojo de nada.

Los feligreses contemplan rígidos y amarillos el desvelamiento de la fe y sólo un hombre se digna a escupir sobre el silencio: Maria Callas modula la voz para cumplir el deseo de Puccini. Parece que el pobre locutor aún no se ha dado cuenta del desastre; parece que él se alimenta, como todos nosotros, del mismo sustrato de ignorancia. La resignación es precisamente instinto  por defecto y deficiencia. El hombre que aplasta con sus comentarios el aria decide no interrumpir hasta nueva conciencia de su soledad.

Arde la madera. Babel es de madera, el altar es de madera. La Belleza, el Bien y la Verdad son de madera.

Dios suspira y ahoga sin querer el fuego, la luz. Del negro surge la manzana podrida que descansa sobre cualquier libro sagrado. Quien conozca el Ponte Vecchio suplicará piedad, murmura otra vez el hombre recién nacido que se sabe del todo solo.

Dios habla y exige a los difuntos respeto en su antigua casa. He aquí el exceso. ¿Quién tuvo oídos para oír? En tiempo de reverberación todos se proclamaron lisiados,  mudos y sordos. Admitamos tras el incendio que el problema no fue la acústica de la catedral. Allí aconteció un milagro, admitámoslo: se aceptó la angustia como forma de vida.

Dios se dio la vuelta y confesó a una de sus imágenes que olvidaba llorar. Debes creerme -alguien me prestó su coraje para tener oídos-: dios envidia a los poetas porque su dolor indica que ellos al menos siguen vivos. Oí cómo sangraban las certezas de los hombres, debes creerme, cómo disminuía la intensidad del sonido, una arcada de silencio, cómo era sepultada por ruinas divinas la voz de una soprano muerta.

 

Anne- Le Pése- Nerfs.

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