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Excurso sobre la Tradición.


 

#RELATO:

#ENSAYO:

Llega tarde el autobús.

Los segundos hacen las veces de sentencias judiciales, y nada ha cambiado. Somos, en virtud de este retraso, los herederos  fúnebres de una antigüedad resabida. Samsara y Derecho Romano se han unido en ambos de tus hemisferios cerebrales para ser a continuación codificados por un complejo y poco interesante mecanismo  semineuronal. El caso es que tú acabas de unir ambas estupideces y piensas en ellas. Pasan 6 minutos de las doce y  eso suscita en ti la sensación de ser un mediocre convicto confundiendo esta estación con Alcatraz, e incluso algo peor. La vergüenza te tira el nuevo libro al suelo. Puedes recogerlo y  fingir ante el espectador disperso el descontento que produciría la visión de unas tapas blancas ataviadas con briznas de Farias y cáscaras de pipas de girasol. -Porque lleva lloviendo desde que el oído ha procesado hacia la conciencia la primera actividad de esta mañana. Llueve ininterrumpidamente. Lleva lloviendo, quieres decir, un mínimo de ocho horas. Ocho horas que suenan a una jornada de trabajo. Ocho horas que suenan ahora a un viaje hacia la absoluta desesperación. Y las colillas y las cáscaras se han fusionado con la portada del libro sobre los excesos retóricos de Wittgenstein.- O puedes recoger tu libro y salir corriendo de la dársena 27, escapar de ese espacio dedicado al tránsito y a la espera,  ante el rictus mortuorio de tus potenciales compañeros de viaje. Puedes hacerlo; y también puedes no hacerlo. Puedes,  pero cada pensamiento será un nuevo conato que fortalecerá  la acusación sobre ti vertida; dicen que eres  hijo del  clasicismo, y además mantienes un affaire retornante, eterno, con lo mismo. Un círculo que caracteriza lo que entiendes por existencia. Y ahora, con tu botella reciclable de agua, descubres que el concepto sánscrito no es ni siquiera parecido al mapa que trazó Dante. Perteneces no a los ladrones o a los no bautizados. Con tu botella de euro y tanto, te reconocen como entelequia descendiente de los vientres hidrópicos. Casi nada, ya ves. Pero no. En absoluto. Tú puedes hacerlo o no. Hacer una cosa y no hacer el resto. Hacer nada, también. Recoger el libro, o no hacerlo, y encender un cigarro, recolocar las asas de la bolsa  de viaje que empieza a acomodarse en tus enclenques hombros, enclenque tú; sonreír al niño que se ha percatado de tu desesperación; no hacer nada. Absolutamente nada. Puedes hacer o no hacer. Pero ya. No. Otra vez, no. El niño sabe que estás equivocado. Tú sabes que estás equivocado al ver al niño satisfecho, porque resulta que está satisfecho gracias a tu error. En cualquier caso, y continúas con esta concatenación infinita de ideas para no mirar al niño, lo único que no puedes hacer, por el bien de tu integridad tras el inexorable ejercicio de  la autocrítica, es salir corriendo. Alcatraz, piensas, y sientes náuseas, además de ridículo. Sabes que el retraso no durará eternamente. Más náuseas. Te mira el niño.  

Tras unos segundos de intensa rivalidad visual con él, la explosión de mil bombas atómicas acaba con el divertimento del absurdo intransferible: el de la reflexión o su ausencia. El absurdo de la conciencia, en resumidas cuentas.  El niño gana. No parece haber escuchado nada digno de reclamar su atención. Puede que tu cara resulte, inexplicablemente, más entretenida que un desastre cosmológico. En fin. Ya era hora de que alguien se atreviera a reventarlo todo, para siempre jamás.

Te extraña que tus potenciales compañeros de viaje sigan vivos, exactamente en el mismo lugar de la última vez. No ha sido una bomba atómica. No han sido mil. Sólo las llaves del conductor  que jugará con tu vida durante las próximas horas, que acaban de estrellarse contra el subsuelo del inframundo, lleno de briznas de puro barato y millones de cáscaras de pipas de girasol. Un libro: una llave. Se presiente cierta algarabía que a ti te cansa independientemente de cuál sea el motivo que la llama a ser. No. No tienes por qué sonreír. Que las puertas del autobús se hayan abierto no te incita a correr hacia ellas. Tú has pagado por el asiento 31 y te sentarás allí, pase lo que pase, entres al autobús en última posición o no. No debes alegrarte por la apertura de las puertas, y no te apresurarás, porque no te da la gana, y no te lo tienes que explicar. Adoras el argumento de autoridad, porque siempre te ganas.

El niño, que no te ha quitado ojo, no contará a nadie que se te haya olvidado sentir. Piensas que no es tarde para plantearse la cuestión de la paternidad. El niño tiene cierto encanto, aunque tú no consigas descubrirlo. Piensas después que Clint  Eastwood no ponderaría a posibilidad de tener niños mientras su principal objetivo era salir de la bahía de San Francisco, y a poder ser, salir vivo. Da igual. No puedes sentirte más ridículo, así que sufres como castigo el picotazo estomacal de otra náusea. La pregunta inminente es en qué departamento de la enorme bolsa colocaste el billete de autobús. No se trata de eso. Es que, sin más complicación, no te da la jodida gana. Esta frase seduce por ser, de manera precisa, el ejemplo perfecto del uso efectivo de irracionalidad. Un antiargumento. Un A-argumento. Un acabaargumentos. Escucha: no me da la gana.

Efectivamente, no vomitas.  Acabas de encontrar el rectángulo de celulosa que corrobora el merecimiento de tus aparentes vacaciones.  Lo sabías desde el principio, por eso las náuseas te resultan tan sumamente molestas. Nunca vomitas. Continuarás con ellas hasta alcanzar el destino escrito en el cartel que encabeza  el autobús. Incluso después.  Todo siempre igual. Igual mientras esperabas fuera del vehículo. Igual ahora, que todo parece distinto desde esta ventana que se abre a tu desgana y se cierra al mundo. Porque el mundo, menuda idea acabas de tener, está contenido en la dársena 27. En ella y en él,  viven los vestigios de otros tiempos. El mundo:  Ella yÉl.

No puede ser. El niño asoma la cabeza a través de la puerta. Cielo Santo. Eso es lo que sucede: que puede ser. Pero ahora sólo importa el resultado, el detrito, más bien, de este desbocado deshacer irracional. Escucha, te lo está diciendo: no le da la gana. El niño se acerca hasta pasar por tu lado y, al rozarte, sin que nadie mire, sin que nadie vea, vomita la pera, el yogurt y la galleta que alguien le ha hecho tragar mediante algo parecido a un embudo. No me da la gana, acaba de decirte el niño. Al fin y al cabo, concluyes satisfactoriamente, el procedimiento de la razón acaba igual que una digestión. Una mala, una nefasta digestión. Uno comienza con el bicondicional, la doble negación y las disyuntivas, para terminar aplicando un Tollendo Ponens a la inmortalidad del alma o la corporeidad del Espíritu Santo: la paloma que se erige sobre su pata-muñón en relación con el miedo atávico a la muerte. Increíble. Acaba igual. Todo acaba, y lo que acaba sigue estando igual: contradicción en términos. Siempre igual. 

Se te agria la lactosa del yogurt o acabas literalmente saturado de paté y carne magra. Nadie recuerda, de hecho, regar la tierra de la flor de Pascua. Siempre, interminablemente igual. La planta roja se pone mustia, y alguien decide deshacerse de ella hasta una nueva y fatal adquisición. No te dejes vencer por las náuseas. Alude a tus conocimientos sobre escatología, valiente: vomita porque te da la gana. Porque no sonríes, y porque ya hay quien cree poder demostrar la perdurabilidad de su existencia. La vida, en estas fechas, no es muy distinta al resultado digestivo de una cena desmesurada, hipercalórica, que diría él. Nos sentamos para compartir la culpabilidad que sentimos ante tanto exceso, y entre bicarbonato sódico y ascetismo espiritual, nos damos cuenta de que el alma existe, y preexiste y subsiste, pero no sabemos diferenciarla del resultado de un severo trastorno gastrointestinal.

Alguien llama. El niño te sonríe, asiento 33.

Escuchas la voz de un fanático creyente, alias estómago de acero, experimentado predicador, que te desea impúdicamente una feliz Navidad.

 

Anne -Le Pése -Nerfs.

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Prospectiva


“Pero mi rostro no podrás verlo;
porque no puede verme el hombre
y seguir viviendo.” (Éx. 33, 20)

#MICRO-:

#ENSAYO:No queda lejos el día en que la humanidad alcance las más hondas simas de autolaceración. En ese día sólo su crueldad será comparable al desprecio que sienta hacia sí misma. Enfangados en el pantano de su existencia dolorosa y trivial, los hombres del futuro –nosotros, quizá; nuestros hijos– querrán felicidad, justicia, entusiasmo y libertad, y para alcanzarlas tendrán la misma materia prima que siempre han tenido los hombres: aflicción, injusticia, esclavitud y desidia. Pero ellos lo sabrán mejor que nadie porque habrán dejado atrás el último de los engaños: se conocerán minuciosamente y, por eso mismo, se aborrecerán.

La ignorancia vencida se llevará consigo la última esperanza y tan sólo quedará una claridad cegadora que nadie podrá soportar. Entonces, desengañados del desengaño, los hombres buscarán desesperadamente un sustituto para el mayor de los narcóticos, aquél que les quedó prohibido tiempo atrás. La búsqueda de la verdad, ese camino que merecía todos los sacrificios y ofrecía todas las promesas, mostrará finalmente su último recodo y los hombres se darán cuenta con espanto de que han llegado a la meta. Su existencia no podrá presentárseles ya como camino, sino como huida. El hombre nuevo será el hombre que conozca el engaño y lo prefiera, con todas sus fuerzas, a la verdad.

Jaime

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Superficies en tránsito


#ENSAYO:Los mecanismos globales de poder político y económico ejercen su eficacia sobre la superficie de los cuerpos y las cosas en dos direcciones opuestas. Puesto que hoy en día “poder” significa, más que nunca, capacidad para orientar y regular los flujos de cualquier clase en propio beneficio, no sorprende que estas dos direcciones del dominio epidérmico se exhiban del modo más claro en las intersecciones de la red de tránsito global. Los aeropuertos son espacios diseñados exclusivamente para el flujo de cuerpos y cosas, y nada más. No dejan apenas lugar al disimulo: en ellos el poder está obligado a actuar sobre el tránsito directamente, sin las mediaciones ni coartadas que cobijan su eficacia en los demás espacios. La tensión a la que son sometidas las superficies en tránsito se revela aquí en toda su crudeza.

Por un lado, la superficie es una interfaz que informa al observador del valor de mercado de la mercancía que cubre, ya sea una cosa o un cuerpo. Toda superficie en tránsito exhibe ciertos grafos que excitan el deseo de posesión en un hipotético decodificador: el logo de una marca sobre la carcasa de un teléfono móvil ejerce la misma función que una piel bronceada. Los escaparates del aeropuerto propagan el credo de las pieles sin tacha e incitan a someterse a un sistema de expertos en cosmética, moda, nutrición y gimnasia. Se alimenta así el tránsito global del consumo y las formas de poder que éste mantiene.

Por otro lado, la superficie es el recubrimiento que esconde un interior impenetrable y potencialmente peligroso. Los mismos grafos que la habilitan como interfaz ocultan a la vez que muestran: bajo ellos o detrás de ellos puede agazaparse una amenaza (el virus, la bomba) que detenga el tránsito. Para evitarlo, al ideal del brillo se opone ahora el de la transparencia. Si aquel convierte el cuerpo o la cosa en objeto que opone resistencia a la vista y así alimenta el deseo de posesión, éste los desnuda y los atraviesa, consumando una posesión óptica, pornográfica. El cuerpo o la cosa más deseables se revelan triviales en cuanto el escáner atraviesa su superficie.

En las últimas décadas la distancia entre estas dos tendencias divergentes no ha hecho sino aumentar. No se ve cómo podría conciliarse el imperativo de atracción con la sospecha universal, ambos necesarios para que el flujo global del consumo no se detenga. Prueba de ello es que la publicidad ya intentó salvar la divergencia sin éxito, metiendo a Enrique Iglesias desnudo en un escáner. La vergüenza ajena siempre revela una incomodidad propia.

Jaime

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Anti-Jeremías, para una crítica no profética


#ENSAYO:Parece que una crítica (y por esto entendemos un texto de la llamada crítica social) deba contener una justificada denuncia de la dominación en que viven los demás. Se presupone que el crítico tiene un “interés emancipatorio”, es decir, que orienta su ejercicio teórico hacia la superación de la situación de dominio mostrando las condiciones que la hacen posible. Estas consisten en una u otra variante de la idiocia general: alienación, ideología, falsa conciencia, necesidades creadas, simulacro, etc. En un mundo dominado por la mentira al servicio del poder, sólo el teórico es capaz de contemplar con serenidad y agudeza el envés de las cosas. Dice, con Platón: “nadie sabe lo que son realmente las cosas”. Y podría añadir, de nuevo con Platón: “excepto yo”.

Pero a esta engreída suficiencia que viene de antiguo se añade esa misteriosa marca reclamada con orgullo: el crítico es denuncia del dominio, azote de poderosos, profeta. El profeta tenía acceso a una verdad sólo a él revelada que agitaba ante los ojos del poder, como un látigo de Dios. El profeta denunciaba la falsedad y la podredumbre del mundo y vaticinaba la pronta catástrofe final. Visto desde los ojos de quien no comparte su fe, el profeta no es sino un teórico social que propone una solución política (de moral colectiva) a los problemas que él mismo diagnostica, y que busca en un recurso retórico (la revelación) la autoridad para su propuesta. Ese recurso retórico no puede admitirse hoy, y sin él no se ve qué fundamento explicaría que el teórico social sea más agudo, esté menos engañado que todo el resto de sus congéneres. La crítica debe dejar de ejercer la profecía. Debe recuperarse el sentido original (kantiano) de la crítica, que no es sino la determinación de las condiciones de posibilidad de la experiencia. No  puede irse más allá sin el amparo del rito.

Jaime

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Pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena


#ENSAYO:

Para Mónica

A veces pasan cosas que nos hacen sufrir. “Así es la vida”, y todos nos sabemos la teoría, aunque nunca hemos cogido apuntes ni nos hemos puesto a memorizarla. Todos sabemos, porque alguien nos lo ha dicho, que la vida son baches y que a veces se está arriba y a veces se está abajo. Más aún: que si a veces se está arriba es precisamente porque a veces se está abajo, y ese estar a ras de suelo -o más abajo aún- es el que marca la diferencia con las altitudes a las que nos eleva la “felicidad”.

Sin embargo, a veces las cosas que pasan en esta vida nos hacen sufrir tanto que caemos en un bache muy profundo, atravesamos el suelo y nos rompemos un par de costillas al caer. Quedamos, maltrechos, a la altura en que los topos cavan a ciegas sus galerías subterráneas. Tratamos de usar nuestros magullados dedos como pezuñas, pero la escalada se presenta demasiado empinada y la madriguera está a oscuras. En la mayoría de los casos habrá gente arriba, en lo alto, sus cabezas perfiladas contra el sol, gritándonos: “¡Rómpete las uñas! ¡No importa! ¡Lo único que importa es salir del hoyo!”. Seguramente nos tiendan cabos, pero estos no serán nunca lo suficientemente largos y saltar para alcanzar el extremo cansa tanto… Y uno, en las tinieblas de la profunda galería, no es capaz de ver esas cosas que hacen que el esfuerzo merezca la pena.

Pero cuando uno logra salir del bache se da cuenta de que en su vida existen muchas de esas pequeñas cosas. Detalles tontos, en la mayoría de los casos. Por ejemplo, los lametones de tu cocker spaniel cuando llegas cansado después del trabajo. El sonido del móvil cuando te despierta a las 00:00h del día de tu cumpleaños. El olor de tu madre (o tu hermano, o tu abuelo); indefinible, indescriptible, imposible de embotellar. El sabor de un cigarro prohibido en labios ajenos. Que el portero te desee los buenos días cada mañana, sin faltar. Ver cómo un niño se cae y no rompe a llorar hasta que no ve que su madre se ha dado cuenta de que está en el suelo. Comerte una napolitana de chocolate por pura gula. Escuchar un chiste pésimo y reírte a carcajadas. El sonido de las llaves en el descansillo que anticipan la inminente llegada de tu novia. El crujido de las hojas del periódico al pelearte con ellas. Los obscenos piropos de los obreros que te indignan públicamente y te halagan secretamente. Un cotilleo mañanero, con un poco de leche y dos de azúcar por favor. Descubrir a qué huelen las casas de tus amigos según entras por la puerta. Que alguien te pase un hielo con la boca. Encontrarte cincuenta céntimos en la máquina al ir a poner la OTA. Chillar: “¡¡¡¡CHAMPÚUUUU!!!!” cuando estás en la ducha. Enviar mensajes audaces cuando estás de borrachera. Recibir mensajes audaces cuando estás de borrachera.

Todos tenemos en nuestro día a día detalles que nos sacan una sonrisa. Quien diga que la felicidad es un estado absoluto está terriblemente equivocado: eres feliz cuando, incluso a pesar de no tener trabajo, haber roto con la novia o sufrido pérdidas terribles, eres consciente de que, cuando la herida empiece a sanar, volverás a ser capaz de reírte la próxima vez que te eche lastre encima una paloma aviesa.

Paula Zumalacárregui Martínez

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Facebook o ensayo para una muerte


#ENSAYO:Uno se encuentra de pronto corriendo. Por supuesto ha estado corriendo todo el rato: acuerda citas emprende tareas saca conclusiones observa plazos renueva permisos negocia entregas pero de pronto se ve a sí mismo corriendo. Quiero decir desde arriba: sin tregua y sin camino, como en la cinta de un gimnasio, como en la rueda de un hámster. Y entonces uno siente con miedo que la vida es justo eso, y que la va a pasar así, y que la va a ver pasar así. Siente la ansiedad de pararse y el terror de pararse. Tiene la dulce ensoñación de descansar y de que los demás se detengan para verle descansar, felizmente. Esa unánime celebridad de los muertos recientes: si uno pudiera disfrutarla un rato. Si uno pudiera recibir las coronas y el llanto, tendría fuerzas para seguir corriendo. Pero ya se sabe que los muertos recientes siempre tienen buena cara y no sudan y no parecen cansados de correr. Parar lo justo para una sonrisa convincente, entonces. Lo justo para cambiar mi foto de perfil y actualizar mi estado de Facebook. Y ahora sí, ahora seguir corriendo.

Jaime

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Nuestros muertos


#ENSAYO: No hay más muertos que los que arrastran los vivos. Estar vivo -o mejor, saberse vivo- es arrastrar de continuo la carga evanescente y sombría de todos nuestros muertos. Y no digo nuestros muertos, con ese plural de las placas conmemorativas y las noticias del frente. Digo mis muertos y los tuyos, los de cada uno: esas ausencias que vinculamos vagamente a una manera de frotarse las manos, un tono de la voz, una sonrisa. Sólo nos sabemos vivos arratrando esas memorias de lo que no somos (de lo que no es), y atribuyéndoles algo de nuestra propia vida: una pequeña necrosis de nosotros mismos. Así los mantenemos, a los muertos. Los llevamos con nosotros, quieran o no, forzándoles a una existencia vicaria y mentirosa, como sombras desganadas a nuestro servicio. Ulises dio de beber a los muertos la sangre caliente y negra de un carnero recién degollado. Nosotros les damos de beber nuestra sangre misma para que sus mejillas puedan fingir, un momento, el rubor de la vida. Entonces los miramos, nos compadecemos y nos sentimos tristemente vivos.

Jaime

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