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Órdenes


Lo que pasa cuando desestabilizas el orden es que acabas escribiendo en blogs que no son tuyos. El orden de las cosas es una fina membrana que se destruye al primer impacto mínimamente intenso que recibe. Como un himen castigado por paseos a caballo o accidentes de bicicleta.

O por la primera vez que follas. Es lo que tiene ordenar tus ideas, que poco a poco fluye la mierda previamente clasificada. Qué cosas. Pues eso, en verdad le digo que estando hablando sobre un futuro próximo y sobre un más que arrepentible pasado, las cosas salen y dices: coñe. Si va a ser que me lo busco yo solo todo. Qué cosas, de nuevo, oiga.

O, si no los busca él solo, al menos su campo gravitacional atrae especialmente a ese tipo concreto de satélites. Satélites sutilmente desequilibrados. De una composición más compleja que la media. Cuya tendencia a implosionar es siempre mucho, muchísimo más difícil de mantener bajo control. ¿Sin embargo, quién quiere una aburrida bola de roca? ¿Por qué quedarse con un inmutable pedrusco cuando volátiles cuerpos gaseosos llenan tu vida de emociones y peculiares batallitas que contar?

Porque, claro, toda esa mierda, se hace con el propósito de contarla después. Si no, ¿para qué? ¿Para qué iba, el jóven y mediocremente apuesto especimen a exponerse a tal peligro, a tal grado de desgaste mental, si no fuera para poder después contárselo lastimosamente a sus congéneres y sentir la cálida mano de la compasión recorriéndole el lomo? Pues yo digo, desde mi privilegiada posición de comandante del absurdo: NO. NO. NO.

Reivindiquemos, pues, el derecho a criar pequeños gremlins emocionales con el único propósito de verlos desarrollar sus manías, cualesquiera que sean (persecutoria, obsesiva, autodestructiva). Arrojémosles baldes de agua a medianoche por el simple amor al arte, el arte de destruir el orden. Su orden. Nuestro orden.

Oh, amado orden descompuesto. Cuán anhelado eres durante el barbecho de tu germen destructor. Knull kompis para todos. Para todas. FOLLEMOS. En verdad, es justo y necesario. Culogordo. Eso le diría a una mujer de cuyo culo lo pensara. Y no: “Tienes un culo bonito”. Tan cierto es esto como el declive al que sometemos nuestras relaciones por culpa de un entorno, del cual a menudo formamos parte. Qué cosas. Somos parte del problema. Quién iba a decirlo, oiga.

Así como somos lo que comemos, también somos los bares a los que vamos. Los conciertos en los que agitamos la cabeza, la ropa que decidimos probarnos, la película por la que aceptamos pagar. Y también el tipo de situación “Oh no la he cagado” en la que nos embarcamos. “¿Qué tipo de declive le pongo hoy?” “Póngame uno rápido y doloroso, hoy me siento con ganas de escribir en el blog” “¿Está usted seguro? Nos ha llegado hoy un hastío alargado durante meses, en lonchas, muy bueno” “No, no, rápido y doloroso, gracias”.

Así que ahí estaba yo de nuevo, hincándole el diente a una maravillosa y esperada dosis de decadencia. Ñam. Oh, sí, casi puedo sentir el teclado bajo mis dedos, tenuemente humedecido por el fenómeno de condensación que se da en la lata de cerveza de la que bebo a intervalos cada vez más cortos. Sí, joder. Esta mierda es buena. Es desgracia en estado puro. Y mañana habré muerto, o no. “Pero, recuerde. No se admiten devoluciones, caballerete.”

Es inútil hacer creer a nadie (y triste intentar colárnosla a nosotros mismos) que nos metemos en pantanos sin querer. El orden de las cosas, cual himen cósmico que se regenera cada día, reconstruye la madeja de nuestra vida y nos devuelve al camino. “Caminad, pequeños, caminad. Arrojaos por aquella cuneta de ahí. Es lo vuestro”.

Y, de todas formas, quién iba a poder resistirse a formar parte de una película o de una canción alguna vez. Ya claro. Alguna vez. Pero no todas las veces. ¿No?

elster & theuc, junio ’09

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Desórdenes alimenticios


#CREACIÓN COLECTIVA: Cuando el médico le explicó que tenía un preocupante déficit de vitaminas, a la anciana no le costó mucho achacarlo -acertadamente y no sin sentirse un poco avergonzada- a la comida para gatos. Desde la muerte de su marido apenas cocinaba; sólo cuando su hija la divorciada tenía turno de noche y salía…

Opción 1.1

…de trabajar tan tarde -o tan temprano- que Jacinta le preparaba un copioso desayuno-almuerzo-comida que ella devoraba antes de caer redonda. Pero el resto de los días no cocinaba. Para qué. Si acaso una ensalada o un poco de coliflor hervida. Para qué, si la ensalada y la coliflor acababan en el platillo del gato, y la comida del gato en el plato de Jacinta. Ella sabía que aquello no estaba bien, que la comida de las personas era para las personas, y la de los gatos, para los gatos. La prueba de ello era el nauseabundo olor a ventosidad de gato que asfixiaba la salita cuando Jacinta se despertaba de la siesta. Pero no podía evitarlo.

Paula

[Continúa en la Opción 1.2]

Opción 2.1

…a las 8 bajaba con ella las 23 escaleras que separan la puerta de su piso del portal, las últimas 20 de puntillas, claro, se santiguaba 5 veces, una vez con cada dedo de la mano izquierda, abría la puerta e invitaba cortésmente a salir a Gabriela, que cruzaba el umbral veloz y displicente y con los ojos en blanco, eso sí, sin santiguarse (motivo por el cual aquélla repetía la liturgia en nombre de ésta), cruzaba el paso de cebra evitando pisar las rayas blancas y entraba en el mercado donde compraba un saco de comida para gatos whiskas, que vaciaba en la despensa ubicada en la terraza del 7º piso 7 minutos y 7 segundos después, exactamente.

7 minutos y 7 segundos después de vaciar el saco de comida para gatos whiskas en la despensa, es decir, transcurridos 14 minutos y 14 segundos desde la 1ª vuelta de llave y rigurosamente persignada por 15ª vez, Jacinta salía de casa con celeridad para robar la comida (depositándola en el saco previamente vaciado) que cierto amante del reino animal repartía en porciones nutritivas cerca de la urbanización donde aún vive, concretamente, en la calle de los gatos.

Aitor

[Continúa en la Opción 2.2]

Opción 1.2

Su textura grasienta se fundía en un acto de amor químico con sus papilas inflamadas por la edad o las bacterias. Amaba el primer contacto,  esa orgía sensorial con reminiscencias al esporádico encuentro del que era fruto su amada hija. Los triturados restos que engullía con ansia animal se deslizaban varoniles por su garganta mientras ella no hacía nada por ocultar las sonrisas espasmódicas de los actos íntimos. Eructó con placer hasta que el pestillo de la puerta principal sonó como una condena a sentir el filo de la guillotina. El corazón de ella, el mismo que gozaba y gozó con cada lata de comida de gato y con el miembro del único varón que conoció, estuvo a punto de detenerse al bombear un pavor descontrolado hacia sus córneas.

Rubén

Opción 2.2

Todo pueblo que se precie tiene su barrio o zona problemática, general y casualmente habitada por individuos de una raza distinta a la raza dominante. Sin embargo, los habitantes de Villaconejos de Zurracapote lucen, desde hace siglos -más concretamente, desde la expulsión de los judíos-, una piel homogénea: terrosa y dura como cuero añejo. Todos son cristianos viejos y se conocen entre ellos; se visitan después de la siesta, camino del bar o del río, y se obsequian con patatas de la huerta, “¿Un cafelito, Julián?”, “Déjalo, Mariano, si acaso una copita de vino”. Sólo hay una zona inhóspita en Villaconejos, y ésta es la Calle de Abajo, conocida por todos como la Calle de los Gatos.

Paula

Opción 3.1

…de copas hasta las 12 del mediodía con los del trabajo, y los traía a casa hambrientos y débiles. Víctimas perfectas para inyectarles anécdotas entre potaje y cocido, guisos que se afanaban en devorar mientras aguantaban el rapapolvo de la experiencia sobre sus pálidas nucas de trasnochadores. No eran ni hombres ni mujeres, sólo monigotes, tamagochis de carne y hueso a los que podía importunar con sus batallitas. Le daba igual que vaciaran la nevera mientras la miraran de vez en cuando y asintieran. Eso sí, después, más comida de gato y más hablar sola en la cocina.

theuc

[Continúa en la Opción 3.2]

Opción 3.2

Hasta que una de esas tardes su hija se la encontró enfrascada en un monólogo de maullidos mientras pelaba zanahorias. Gabriela se sintió culpable: tenía que visitar más a menudo a su madre. La pobre había ido menguando desde la muerte de su padre, consumiéndose dentro de aquellos ropajes negros que le chupaban despiadadamente la poca vida que, cual dromedario, la diminuta anciana almacenaba bajo la protección de su joroba. Su hija sentó frente a ella en la mesa de la cocina, pero Jacinta no pareció verla. Seguía pelando zanahorias, diligente. Tenía los dedos teñidos de naranja y las peladuras de zanahoria se estaban empezando a acumular fuera de los límites de la hoja de periódico que trataba en vano de contenerlas.

-¿Se encuentra usted bien, madre?

La anciana emitió un ronco maullido por entre el hueco de los gastados dientes pero no se dignó alzar la borrosa mirada.

En aquel momento Gabriela se dio cuenta del desaliñado aspecto que presentaba su madre y se percató del hedor que desprendían sus axilas llenas de pliegues. Un par de hirsutos pelos blancos flanqueaban el arrugado, casi inexistente, labio superior. “Pobrecilla, está que parece un gato abandonado. Y es todo culpa mía”. ¿Cuándo había sido la última vez que había ido a comer? Haría por lo menos un mes. Qué casualidad, justo el tiempo que llevaba saliendo con Patricio. Pero eso no era excusa. “Qué vergüenza. Yo dando rienda suelta a mis hormonas, como una quinceañera, y mi madre haciéndose vieja más sola que la una”. Haciéndose vieja. Haciéndose vieja…

Muerte. Soledad. Calor. Abismo. Chocolate con churros. Misa. Domingos en la playa. Muerte. Soledad. Cristales rotos. Moratones en la almohada. Compasión. Autocompasión. Sexo. Dolor de estómago. Pérdida. Italia. Azul.

…rotos los diques de sus ojos, Gabriela alargó una mano que reptó amorosa sobre la mesa de la cocina, sobre aquella orgía de peladuras de zanahoria, y se posó con suavidad sobre la mano que sujetaba el pelador. Entonces su madre alzó los ojos, unos ojos reverdecidos por la acuosidad de la edad última, y miró a Gabriela, reconociéndola al fin como su cría. Sin pronunciar palabra, Jacinta soltó el pelador y se inclinó despacio, muy despacio, hasta que sus labios y sus bigotes hicieron cosquillas sobre aquella mano cuyo dorso se le ofrecía. La besó como besan los gatos.

Paula

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