Archivo del Autor: Rubén Hidalgo

Insula (x)


#OTROS:

Entre los arbustos emergió una suerte de periscopio de cartón que apuntaba directamente a Linda. En aquel momento no pude imaginar que el ojo que se escondía tras aquéllas lentes de plástico no era el de un loco ni el de un niño sino el de un visionario, el de un cazador de belleza que convertía el frágil y fugaz misterio del cuerpo femenino en una forma para la eternidad. Por aquel entonces Linda ya estaba perdida en sus ensoñaciones y hablaba sin parar de la posibilidad de una isla. Era un tema recurrente, tras las sobremesas, cuando compartíamos café o durante los largos paseos de las noches de verano danesas. Ella no se sabía observada pero aquél ojo la retrataba sin parar mientras ella tejía inconexos relatos sobre la isla de la Pasión y el motín del Bounty. Sus reflexiones se hundían en las intrínsecas relaciones entre las utopías, el poder y el sexo. Llegó a negar la validez de cualquier planteamiento filosófico, de cualquier revolución o utopía porque ninguna de ellas era habitada por hombres. “Esas islas están deshabitadas porque los hombres que allí viven no tienen cuerpo, no tienen sexo. No huelen, ni mean ni cagan. Tampoco lloran”. Solía argumentar con su sonrisa. No voy a negar que sus ideas pronto se enraizaron en mis meninges y no pude controlar que sus argumentos destruyesen una y otra vez las ideas que los hombres habían querido legar a la humanidad. Linda se marchó aquella tarde – debía trabajar – dejándome solo pensando en aquel banco en los jardines que bordean al canal de Stadsgraven.

Mi atención, una vez en soledad, volvió a centrarse en el peculiar periscopio que ahora se distraía con las paseantes danesas que paseaban sus cuerpos junto al canal. Me acerqué a los arbustos para descubrir a un viejo harapiento de barba olvidada que con gestos me indicaba que me escondiera junto a él en su imaginaria trinchera.

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#FELICES FIESTAS

¡bLaS!, desea a tod@s sus lectores, colaboradores, soci@s y amig@s unas felices fiestas.

Y a continuación… para que no se olviden de ¡bLaS! durante sus fiestas navideñas el villancico más vanguardista jamás creado:

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Insula (ix)


#OTROS:

Siempre éramos los mismos. No nos conocíamos, no nos hablábamos, incluso evitábamos cruzar nuestras miradas cuando, envueltos en flujos de caminantes, nos cruzábamos por las calles de Copenhague. No lo sabían pero nos habíamos convertido en una suerte de club de la serpiente en el que ninguno de sus miembros quería reconocer la pertenencia al mismo. Aquella tarde nos reunimos de nuevo inconscientemente ajenos a nuestra naturaleza de grupúsculo desorganizado. Aparecimos en una librería que se había ganado cierta reputación entre los bohemios y los estudiosos, uno de aquellos lugares en el que se mezclan estudiantes y catedráticos, revolucionarios y jubilados e incluso amantes y adúlteros que pretenden teñir su vida con un toque de intelectualidad.

Sólo María conocía nuestros nombres, sólo ella nos observaba entrar y deslizarnos entre las estanterías y los libros viejos. Nunca preguntó más de lo necesario porque sus ojos no necesitaban hacerlo. Le bastaba analizar nuestra danza por los laberínticos pasillos de la librería, por sus sótanos y sus escaleras repletas de palabras que nunca más volverían a ser leídas. Nos seguía con sigilo.  La presencia de su cuerpo plano y fino y de su sonrisa eterna nos guiaba hasta libros o papeles olvidados que algún estudiante había querido intercambiar por aquellos insoportables tratados de filosofía de la cultura que  los catedráticos amargados les habían obligado a comprar. Ella fue la que me ayudó a encontrar las memorias de Pedro Fernández de Quirós, el primer occidental que avistó mi destino y mi locura.

Aquella tarde me regaló un antiguo número del Atoll Research Bulletin, mecanografiado que había encontrado entre los papeles de un viejo que, hacía una semana, había decidido dejar Copenhague, dejar este mundo, olvidando para siempre más de una tonelada de papel en su habitación.

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Insula (viii)


#OTROS:

Me marché de allí con demasiados martinis en la sangre, intentando desprenderme de las imágenes que aquel loco se había tomado el permiso de alojar en mi cabeza. Echó a perder su vida por el ano de una ramera. El alcohol me empujaba irremediablemente a desentrañar aquél pensamiento tan simple. Su vida, la que podría haber sido la feliz vida de un hombre retirado de aquellos que plantaban pequeños huertos de fresas en la vecina jutlandia, se había perdido en las profundidades de una obsesión. Mientras se hundía en aquella mujer prohibida su vida desaparecía en el más denso de los fangos. Aquél hombre no moriría en una casa rodeada de campos de fresa ni en los brazos de alguien que cometió el error de amarle. Moriría sólo y torturado o quizá en los brazos de una puta o de su puta, hundido en sus vísceras. Mientras caminaba indagando las razones últimas que empujaban a los cuerpos humanos a situaciones absurdas todo el mundo me era ajeno. Durante esos minutos – tal vez horas – dudé. El bueno de Harold había desencadenado en mí con su historia de putas, adulterios y culos pensamientos encontrados en los que Sócrates bebía martinis y Alcibíades perdía la cabeza por el esfínter de una jovencita ateniense. Desperté en mi cama cuando el sol se ponía en Copenhague.

Ella leía, absorta, sentada en el alféizar de mi ventana.

 


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Literatura y libros digitales – reflexiones sobre un futuro posible


#OTROS:

Permítanme escasos lectores que las reflexiones de hoy recorran caminos distintos de los que se suelen desplegar por este blog. Como bien saben – si han leído nuestra sección sobre qué somos – ¡bLaS! es el acrónimo que se adhiere a la agrupación de personas que se esconde bajo este blog y que, en principio, tan onomatopéyico y poético término sólo quiere decir Bilbao, Arte, Literatura y Sarcasmo. Por ello, nada de lo que rodea a estos ámbitos nos debería ser ajeno a pesar de que algunos de los fenómenos que surgen alrededor de la literatura sean mundanos en exceso. Esa es la razón que me lleva a tomarme la licencia de hablar hoy sobre una revolución mal entendida que, más que con vanguardias literarias, tiene que ver con una revolución en el soporte sobre el que la literatura llega a nuestros ojos: el libro digital.

Los miembros de ¡bLaS! me han visto ya entusiasmado con el invento y ahora que he terminado mi primera lectura en papel digital (El Maestro de Petersburgo de Coetzee) me siento en situación de juzgar la experiencia. El aparato, en mi caso un Kindle de Amazon, va a suponer una revolución. La literatura, hasta ahora, se había mantenido -en general- al margen de la revolución que ha supuesto la web 2.0 y de las sorprendentes capacidades de la red para reducir el espacio y el tiempo de los procesos de distribución -hasta el punto de ser cercanos a cero-. Tal vez haya que buscar la causa en que cualquier amante de la lectura que haya pasado cierto tiempo leyendo en un monitor sabe que el ordenador no es un soporte ni manejable ni que agrade al ojo. Pero con un dispositivo como el Kindle basado en tinta electrónica la experiencia de lectura, en lo esencial, es indiscernible de la de un libro impreso. Faltan esos pequeños detalles como el olor del papel o el sonido al pasar las páginas pero todo ello no parece esencial al acto de la lectura. Si no cualquier autómata pasando hojas y olisqueando como el papel se degrada y amarillea por culpa de la lignina, estaría esencialmente leyendo y ese no es el caso. Aceptarán que leer consiste en trasladarse a esos mundos, o conceptos, imaginados, o pensados, por el autor sin más vehículo que las palabras escritas. Pero, como ya he dicho, en esencia leer en papel o en un libro electrónico es lo mismo con las ventajas adicionales de disponer de diccionario, poder desprenderme de mis gafas al poder variar el tamaño de la letra o de que los subrayados y las notas se almacenan de un modo más organizado que en las habituales libretas. El peso y el espacio ahorrado también es una ventaja evidente, pero de ello hablaré más adelante – imagino una horda de estudiantes jorobados alegres bailando por no tener que cargar más con esas terroríficas mochilas de no menos de diez kilos – .

Seguramente se pregunten que cómo eso de cambiar la letra de tamaño va a desembocar en una revolución en el mundo de la literatura. Este no será el desdencadenante de ninguna manera. La revolución radica en los modos de distribución naturales al formato digital. El libro electrónico – o lector electrónico – se beneficia de esa mágica capacidad de los medios de comunicación digitales en los que – como ya he dicho antes – los espacios y los tiempos de los procesos de distribución se reducen a cero, es decir, desaparece la necesidad clásica de distribuidores físicos e, incluso, de editores tal y como se han entendido hasta ahora. Es ahí de donde brotará la revolución posible. Los pasos intermedios que la obra del autor debe superar hasta llegar al lector, hasta ahora, han estado estructurados de tal manera que la mayor parte del beneficio económico generado en la venta de un libro va a parar a toda una serie de trabajos y actividades mundanas que surgen alrededor del libro. Selección, corrección, traducción, maquetado, marketing, impresión, distribución, almacenaje…  algunas de ellas no son del todo prescindibles pero al eliminar las taras físicas y económicas de la distribución de libros de papel se eliminan, a su vez, la necesidad de intermediarios entre el escritor y el lector logrando así una retribución más justa para el autor y la posibilidad de que el lector no se someta a la dictadura de las editoriales – todos hemos experimentado alguna vez frustración al entrar en alguna gran librería y ver como sus estanterías de filosofía son invadidas por todo tipo de novedades cuya única razón para estar ahí es la necesidad de vender por encima de todo.

A menudo me pregunto si la función de una editorial es ganar dinero a toda costa o ganar dinero dando un servicio a la sociedad. Ante estos evidentes cambios generados por la posibilidad del papel electrónico en el mundo de la literatura parece que más bien es lo primero y no lo segundo. Me explico, a pesar de mi emoción inicial con el lector electrónico pronto me he topado con una clara realidad. A las grandes editoriales no les interesa distribuir libros digitales aprovechando todo el potencial del soporte. Tras visitar Libranda, esa gran distribuidora de libros electrónicos de las grandes editoriales españolas, el lector se encuentra con un enrevesado proceso de compra que, además, no permite ni el préstamo ni dispone de la totalidad del catálogo. Ante mi desconcierto, el precio no se reduce tanto como cabría esperar dado el ahorro que supone no tener que guardar ocho mil libros en un almacén ni distribuir ocho toneladas de papel por multitud de librerías – el almacenaje en un disco duro y el mantenimiento de un servidor es infinitamente más barato -. Esta situación ha llevado irremediablemente a que un grupo amplio de lectores se hayan puesto manos a la obra para transcribir los libros de sus bibliotecas e intercambiarlos entre ellos. Se puede pensar que es un trabajo arduo pero no se dejen llevar por esa primera impresión. Sólo hacen falta diez personas dispuestas a mecanografiar diez páginas para que en menos de una hora se disponga de un libro de 100 páginas digitalizado. Por no hablar de los procesos automatizados de reconocimiento de texto como los que utiliza google. Esa realidad es imparable y parece que no quieren aprovechar su ventajosa situación para dar un servicio a los lectores. Seguramente dentro de unos años se reunirán con el ministro de cultura de turno y llorarán alguna contrapartida porque entre la “piratería” o el intercambio de bibliotecas personales y Google Books su negocio será deficitario.

(Esta es la opinión personal del autor del post y no tiene por qué corresponder con la de la asociación cultural ¡bLaS! – Bilbao, Literatura, Arte y Sarcasmo)

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insula (vii)


#OTROS:

Intrucciones para un rizoma hipertextual.

Puede el lector observar que durante un tiempo brotaron de este blog entradas con un denominador común o etiqueta llamada “rizoma hipertextual“. Aún corriendo el riesgo de caer en la pedantería académica, lo que sigue pretende ser un breve decálogo para quien quiera aventurarse en la creación y difusión de esta nueva etiqueta que sin ánimo de ser pretencioso puede corresponder con la clasificación del género por excelencia del nuevo tiempo de las letras.

1. El rizoma hipertextual se materializa en el ciberspacio pero se extiende más allá de él.

2. No debe tener ni principio ni fin ni forma definida. Sus recorridos, aleatorios, no son más que una de sus infinitas formas posibles.

3. Toda palabra es en potencia un rizoma hipertextual.

4. La univocidad, aterrada, se diluye ante un rizoma hipertextual.

5. El rizoma hipertextual ocupa un espacio infinito. Cada nodo del rizoma hipertextual puede vincularse a una imagen de Google Earth o no.

6. El rizoma hipertextual fluye en los hipervínculos.

7. Las islas que flotan en el mar son rizomas hipertextuales.

8. El rizoma hipertextual no es una ensoñación de Deleuze y Guattari. Nunca lo conocieron. Nunca lo nombraron.

9. El rizoma hipertextual es un tubérculo que se nutre de cualquier forma simbólica.

10. Los tubérculos se expanden.


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Insula (vi)


Tras el baño de sangre y la danza de la muerte nadie contó que el cuerpo de Ofelia emergió en paz, perdido en la infinita distancia del Mar del Norte, convertido en una isla sin flores.

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