Archivo del Autor: Paula Zumalacárregui Martínez

Acerca de Paula Zumalacárregui Martínez

Traductora, correctora y escritora afincada en Madrid.

(relato erótico) II


(viene de aquí)

#RELATO:

II

Diana no puede dormir. Su cuerpo exhausto permanece alerta, torturado por la hiperactividad de una mente insatisfecha que teje quejidos del condicional presente (“si él supiera”, “si yo fuera”…) y del (im)perfecto (“si me hubiera atrevido”, “si se hubiera lanzado”…). Después de liberar a su pecho del sujetador, se habría lanzado a los labios de David y habría anticipado el contacto de los torsos desnudos a través del suave velo de su camiseta de lunares. Le habría costado trabajo respirar besar lamer morder devorar al mismo tiempo pero le habría guiado el instinto, desbocado como el de un niño al que, inesperadamente, se le da permiso para saltar sobre la cama. También le habría gustado dejarse acariciar, explorar por manos ansiosas y expertas. Él la habría colocado de cara a la pared y le habría recorrido la espalda por debajo de la camiseta y después se la habría roto y le habría hincado los dientes en la tierna piel de ese pliegue que ni es pecho ni axila ni tampoco espalda. David le habría rozado con la punta de la lengua los pezones, que ella sólo alcanza a estimularse con las yemas de los dedos, mientras el aliento le delata las ganas. Si ella se hubiera atrevido a seguirle hasta el baño, David habría encontrado el modo de despertarle los sentidos. No la habría dejado descansar hasta que la cabeza de ella hubiese caído, agotada, sobre el hombro sudoroso de él, enlazados el uno sobre el otro sobre la tapa bajada del inodoro. Acompasando las respiraciones. Rozando lánguidamente la espalda del otro con dedos temblorosos. Risas súbitas de alegría y extenuación. “Aún tengo más besos en la recámara”.

Pero no se había atrevido a seguirlo hasta el aseo de caballeros: se había quedado sentada a la mesa mientras se mordía las uñas sorbía su Cocacola comprobaba el reloj y se mordía las uñas vigilando que volviera. Siempre a punto de saltar de la silla pero sin ser capaz de dar el brinco decisivo. David había llegado, húmedas las perneras del pantalón de secarse las manos en ellas, y había preguntado: “¿Nos vamos?”. Y ella había respondido: “Sí, vamos”. Se habían despedido muack, muack, con dos castos besos hasta el día siguiente en la oficina. “Buenas noches”, había dicho él. Y a ella, por supuesto, le había sonado a ironía. Y un poco también a castigo.

Paula Zumalacárregui Martínez

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(relato erótico) I


#RELATO:

Para Anne

I

Mientras observaba palpitar la sangre en las venas a su paso por el cuello, Diana se preguntaba qué textura y sabor tendría su piel. Él hablaba, hablaba, hablaba sobre su familia, sobre su hermana pequeña y el cachorro que se les murió cuando tenían cinco y siete años respectivamente. Ella asentía, asentía y asentía sin dejar de analizar la curva de sus labios, de imaginar la dulzura de su barba rala arañando su pecho, lienzo en blanco. De pronto él se levantó. Iba al baño. Ya se lo había dicho, pero ella, por supuesto, no le había oído. Diana se quedó esperando, mordiéndose las uñas, sorbiendo la Cocacola, mordiéndose las uñas, consultando el reloj, espiando su regreso. Y, de repente, también ella se levantó, y con paso firme se dirigió intuitivamente a los aseos, aunque jamás había estado en aquel bar y no tendría por qué haber sabido dónde estaban. Y se coló en el de caballeros. Él estaba a punto de salir, con una mano en la manilla; se secaba la otra, húmeda, en la pernera del pantalón. Ella casi le golpeó en la nariz con la puerta. Él la miró, sorprendido durante unos segundos, pero enseguida comprendió, y retrocedió mientras ella lo seguía con la intención y la mirada. La espalda de él tocó la pared mientras sus labios hacían contacto con los de ella. Ella apretó su vientre contra el de él para después abrirse paso entre su espalda y la pared: sus dedos, como garras ansiosas, arañaron la molesta superficie de la camisa hasta que ésta se salió de los pantalones y ella pudo, al fin, fundir las yemas cálidas en su espalda enfebrecida. Sus labios parecían no tener fin. Labios infinitos. Calor. Él retiró la mata de su pelo, no sin cierta torpeza, y le refrescó las tensas cuerdas del cuello con besos infinitos. Labios infinitos. Escalofríos.

-Muerde –susurra de pronto una voz desconocida.

-¿Qué?

-Que muerdas.

Y él obedece, e hinca los dientes tiernamente hiriendo su tierna piel hasta hacerle reír de dolor. Y ella ríe, ríe y ríe mientras le lloran los ojos de puro placer y de repente se acuerda de dónde está y separa su cuerpo del de él abruptamente. Sin dejar de mirarle, retrocede hasta llegar a la puerta y, sin dejar de mirarle, cierra el pestillo con una sonrisa. Sólo entonces se despoja de la primera prenda: en apenas tres segundos se deshace mágicamente del sujetador, que pende de su mano extendida durante unos segundos antes de caer al suelo de manchado de pisadas.

Paula Zumalacárregui Martínez

To Be Continued…

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Presentación de Surrealismo sucio


#EVENTO-POESÍA:

¿Qué?: Presentación del libro Surrealismo sucio, de Aitor Bergara Ramos.

¿Cuándo?: Jueves 17 de junio, a las 20:30h.

¿Dónde?: ANTI-Liburudenda. Dos de Mayo, 2. Casco Viejo-Bilbao.

***

El jueves 17 de junio, a las 20:30, se presenta en ANTI-Liburudenda el libro Surrealismo sucio, de Aitor Bergara Ramos. En este primer poemario, Aitor Bergara parte de la poesía surrealista y de la experiencia para realizar un peculiar equilibrismo entre la ironía, la tragedia y la pasión. En sus versos, de espíritu visionario y ritmo preciso, aparecen el sexo y la soledad, pero también las tiendas de los chinos, el telediario o un FBI zombi; referencias contemporáneas para una poesía en la que toda una generación podrá reconocerse.

El filósofo Jaime Cuenca Amigo se encargará de la presentación y después Aitor Bergara leerá una selección de sus poemas.

Por supuesto, quienes no tengan todavía un ejemplar del libro podrán adquirirlo en la Anti-liburudenda.

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Adiós


#MICRO-RELATO: Con manos trémulas, el anciano sacó del bolsillo un arrugado pedacito de papel en el que se leía DD. PP. con letra de imprenta. Desde que recibiera la notificación no había podido evitar acordarse de cuando era niño y la gente cogía unos papelitos similares para guardar la vez en la carnicería. Sonrió. Esta vez él era el filete, y había llegado la hora de la comida.

Hacía más de un siglo que la palabra “adiós” había desaparecido de los diccionarios virtuales: no era necesaria. Ya no era costumbre hacer saber a los seres queridos que uno había recibido la notificación de defunción en la que se le comunicaba la fecha y hora exactas del propio fallecimiento, pero al principio había habido problemas. Cuando en 2025 el gobierno puso en marcha su nuevo sistema de DD. PP. (Defunciones Programadas) miles de personas tuvieron que solicitar atención psicológica después de conocer que algún miembro de su familia había recibido la inapelable notificación. Las despedidas eran dolorosas, y la sociedad no había hecho más que luchar por erradicar el dolor tanto del cuerpo como de la mente.

Siempre le dejaban a uno cierto tiempo de margen para ultimar detalles, pero él tenía ya 197 años y llevaba más de cien viviendo “los últimos años de su vida”. Afortunadamente, ya sólo le quedaban diez minutos. Los últimos. El anciano cerró los ojos y entrecruzó sobre el pecho los nudos de sus manos añejas, dispuesto a esperar. La barbilla le temblaba, pero pronto dejó de hacerlo.

Paula Zumalacárregui Martínez

(publicado originalmente en (orto)graphías de un autorretrato)

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Migas de galleta


#MICRO-RELATO: Koldo hizo un pulcro montoncito con las migas de Tosta Rica desparramadas y las recogió en la palma de la mano junto con el inidentificable cadáver de un mosquito petrificado. Se había colado en su habitación la noche anterior dando bandazos como si estuviera “puesto”, tratando de suicidarse una y otra vez contra la mugrienta superficie de la mesa de escritorio. Un mosquito “emo” y cocainómano. Pobre bicho. Aunque él había contribuido a aliviar su sufrimiento, no se había molestado en dar sepultura a los restos mortales espachurrados. Por fin descansaba en paz el malhadado insecto en la abollada papelera roja, entre palitos de chupachups de cocacola, condones caducados, chicles y mechones de pelo negro recién lavado. Y, por supuesto, migas de galleta.

Siempre migas de galleta. Porque su vida consistía en recoger migas y migajas y debatirse entre si lamerlas o tirarlas a la abollada papelera roja junto con los diminutos cadáveres de los bichos que, a diferencia de él, tenían los cojones lo suficientemente grandes como para tratar de suicidarse.

Paula Zumalacárregui Martínez

(publicado originalmente en (orto)graphías de un autorretrato)

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Pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena


#ENSAYO:

Para Mónica

A veces pasan cosas que nos hacen sufrir. “Así es la vida”, y todos nos sabemos la teoría, aunque nunca hemos cogido apuntes ni nos hemos puesto a memorizarla. Todos sabemos, porque alguien nos lo ha dicho, que la vida son baches y que a veces se está arriba y a veces se está abajo. Más aún: que si a veces se está arriba es precisamente porque a veces se está abajo, y ese estar a ras de suelo -o más abajo aún- es el que marca la diferencia con las altitudes a las que nos eleva la “felicidad”.

Sin embargo, a veces las cosas que pasan en esta vida nos hacen sufrir tanto que caemos en un bache muy profundo, atravesamos el suelo y nos rompemos un par de costillas al caer. Quedamos, maltrechos, a la altura en que los topos cavan a ciegas sus galerías subterráneas. Tratamos de usar nuestros magullados dedos como pezuñas, pero la escalada se presenta demasiado empinada y la madriguera está a oscuras. En la mayoría de los casos habrá gente arriba, en lo alto, sus cabezas perfiladas contra el sol, gritándonos: “¡Rómpete las uñas! ¡No importa! ¡Lo único que importa es salir del hoyo!”. Seguramente nos tiendan cabos, pero estos no serán nunca lo suficientemente largos y saltar para alcanzar el extremo cansa tanto… Y uno, en las tinieblas de la profunda galería, no es capaz de ver esas cosas que hacen que el esfuerzo merezca la pena.

Pero cuando uno logra salir del bache se da cuenta de que en su vida existen muchas de esas pequeñas cosas. Detalles tontos, en la mayoría de los casos. Por ejemplo, los lametones de tu cocker spaniel cuando llegas cansado después del trabajo. El sonido del móvil cuando te despierta a las 00:00h del día de tu cumpleaños. El olor de tu madre (o tu hermano, o tu abuelo); indefinible, indescriptible, imposible de embotellar. El sabor de un cigarro prohibido en labios ajenos. Que el portero te desee los buenos días cada mañana, sin faltar. Ver cómo un niño se cae y no rompe a llorar hasta que no ve que su madre se ha dado cuenta de que está en el suelo. Comerte una napolitana de chocolate por pura gula. Escuchar un chiste pésimo y reírte a carcajadas. El sonido de las llaves en el descansillo que anticipan la inminente llegada de tu novia. El crujido de las hojas del periódico al pelearte con ellas. Los obscenos piropos de los obreros que te indignan públicamente y te halagan secretamente. Un cotilleo mañanero, con un poco de leche y dos de azúcar por favor. Descubrir a qué huelen las casas de tus amigos según entras por la puerta. Que alguien te pase un hielo con la boca. Encontrarte cincuenta céntimos en la máquina al ir a poner la OTA. Chillar: “¡¡¡¡CHAMPÚUUUU!!!!” cuando estás en la ducha. Enviar mensajes audaces cuando estás de borrachera. Recibir mensajes audaces cuando estás de borrachera.

Todos tenemos en nuestro día a día detalles que nos sacan una sonrisa. Quien diga que la felicidad es un estado absoluto está terriblemente equivocado: eres feliz cuando, incluso a pesar de no tener trabajo, haber roto con la novia o sufrido pérdidas terribles, eres consciente de que, cuando la herida empiece a sanar, volverás a ser capaz de reírte la próxima vez que te eche lastre encima una paloma aviesa.

Paula Zumalacárregui Martínez

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A la carta


#RELATO:

Para María Redondo,

por pedirme un relato “a la carta” -literalmente, “historia de amor que acabe bien”-

y darme así, inconscientemente, la idea para escribir esta cursilada 😉

* * * * *

Magdalena entra en el bullicioso café y busca un taburete que esté libre cerca de la barra. Pide un té Rooibos y un cuestionario nuevo y estudia las preguntas cuidadosamente mientras se le enfría el rojo brebaje. Como si no se las supiera ya de memoria. Pero tiene que haber pasado por alto algún detalle.

Marque con un los ingredientes deseados

“Labios carnosos, corazón. 20% de idealismo, corazón. Capacidad de empatía, corazón. Fogosidad sexual, corazón grande. (Rubor. Giro de cabeza para comprobar que nadie está espiando sus respuestas). Interés por las religiones orientales, corazón. Intolerancia a los cítricos (la perfección, aparte de inexistente, es irritante), corazón. Despistes ocasionales (mismo motivo), corazón. Detallismo moderado, corazón. Obsesión por Radiohead, corazón grande. Afición a la tauromaquia, tachón de órdago. Etcétera, corazón, corazón, corazón”.

“Después de marcar con un los ingredientes deseados escriba con letra de imprenta el nombre de su condimento favorito…”

“PIMENTÓN DULCE”.

“…y feche, firme, doble, entregue al camarero, camarera o camarere más cercano y espere instrucciones”

Las instrucciones llegan con una cuenta que no hay que pagar, porque el té Rooibos -y cualquier otra bebida a excepción de las espirituosas- está incluido en la cuota mensual que Magdalena lleva varios meses pagando puntualmente. La nota establece una franja horaria más o menos amplia y un lugar bastante determinado. Consulta el reloj y se da cuenta de que sólo quedan 37 minutos para que comience esa franja horaria, y también de que le llevará entre 20 y 25 minutos llegar a ese lugar determinado. Apura su té, exhala un “gracias” que, como una pluma, cae delicadamente hasta posarse en un suelo lleno de colillas aplastadas y sale. Olvida su paraguas y no se da cuenta de que lo ha olvidado. Es culpa de la falta de lluvia. Si estuviera lloviendo se habría acordado.

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