Archivo del Autor: Minade Carbón

Carta de amor a Bond


#MICRO-:

#RELATO:

Siempre dominaste el arte del interrogatorio.

Me besaste y no me supo a Martini. Los labios, como a todo hijo de la gran… Bretaña, te sabían a té. Toda tu boca tenía ese sabor terroso, fuerte, húmedo. Sabía delicadamente amarga. Fue algo premonitorio: delicada y amarga como la despedida de los amantes al amanecer.

Tras un par de caricias, mi cerebro se hizo compota. Te lo di todo: nombres, datos, fechas y el lugar exacto del intercambio. Luego pasaste a la acción sin apenas despeinarte. Probablemente la mejor aunque más corta escena de persecución de la historia. No tardaste en cogerme  (güey). Huellas de derrape y cristales rotos entre las sábanas.

Me dejaste mezclada, agitada. Y tu lengua en mi garganta fue un pañuelo sacudido al aire en una estación de tren. Me besaste para ahorrarte la palabra. Pero entendí que me estabas diciendo adiós.

Total, ya te lo había dicho todo. Incluso que te quería.

Minade Carbón

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Cuatro esquinitas tiene mi cama


#RELATO:

Me he pintado las uñas de fucsia. Veo mis manos bailar claqué sobre la almohadilla de mi anémico ordenador y no me las reconozco. Son manos de señora endomingada, de vieja vestida de lolita, de carnicera. Pero ahora no tienen remedio. Ni importan. Hoy sólo importan tus uñas, tus dedos, tus manos bailando claqué, tecleando  las anémicas almohadillas de mis pies.

Acaricio con mi lengua los ángeles que duermen en el cielo de tu paladar. Y se me olvidan la lista de la compra y la ropa de la lavadora. Y pienso en arañas con botines recorriendo a hurtadillas las corvas de tus piernas, las corvas de mis piernas, el lugar donde encajan perfectas tus-mis rodillas. Pero recibes una llamada y dejas de besarme y me das las buenas noches y te vuelves para tu casa. Y yo pienso en las arañas descalzándose, desvistiéndose, terminando su jornada laboral, recogiendo el hilo sobre la madeja, reposando sus ocho patas en alto, masajeando sus tobillos, contentas de haber terminado tan pronto hoy.

De pronto me vienen a la memoria las arañas de mi infancia, que tenían sólo siete pies. Creo que me doy tanta pena que mi cerebro se empeña en distraerme de mí misma. Y ahora pienso en un par de botes de lentejas, limones, naranjas, perejil y en la ropa blanca que se amontona en el cesto. Pero todo es en vano. Y pienso que eso rima con abano, enano, banano…

Qué cara me ha salido la canguro. Y el sostén de color añil, un poco hortera, un poco puta, un poco caro.

Me desmaquillo ante el espejo. Me desnudo y me pongo el pijama. Pienso en cómo basta una llamada para hacerme caer de morros. Equilibrio metaestable.

Minade Carbón

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Cuadros (I)


#OTROS:

 

Incon-teen-encia Verborreica.

Quizá podría ocurrirte, ahora que ya tienes quince. Aunque no deja de sorprenderte todo lo que vas descubriendo. Dicen: Que los reveses de la vida no son sino tus propios pensamientos. Que no es lo que te ocurre, es cómo tú lo percibes. Tú dices: Que no es suficiente lo que saben, porque no saben nada. Que quieres, pero no debes -ni puedes- querer a quienes tú quieres. Porque el corazón se parte pero no se divide, que no es lo mismo. Que eso es un lujo. Porque hay cosas que no están bien. ¿Que no deseas sino lo que quieres desear? Pero para ti el deseo no entiende de normas, es indómito. Que buscas y encuentras. Pero no es lo que buscabas. Y a veces tú te lo buscas y entonces sí lo encuentras. Y que vagas de nuevo, aún cuando creías que ahora empezarías a tener el control. Y que no es lo mismo vivir que estar vivo. Y que tú estás muy viva, demasiado viva, pero no eres viva. Porque ser y estar no es lo mismo salvo en inglés. Pero tú no hablas idiomas. Los idiomas hablan y no dicen lo que quieres decir. Porque nunca hay palabras para eso. Sólo signos, símbolos convencionales, preestablecidos por unos, por todos, por alguien, por otros. Y tú no dices lo que quieres porque no quieres decirlo. Porque quieres y no puedes y no siempre el querer es poder. Puedes. Puedes callar, una vez más.  Que tienes derecho a permanecer en silencio o todo lo que digas podrá ser usado en tu contra.

Minade Carbón

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Despertar


#MICRO-

Despiertas. Tú aún no lo sabes, pero te estás despertando. Entreabres los ojos y los notas resecos. Apenas puedes distinguir más que sombras indefinidas a tu alrededor. No sabes dónde estás, pero estás incómodo. Tú aún no lo sabes, pero  estás despertando.

Las sensaciones son nuevas. Algunas recién estrenadas, recién desembaladas. Todo suena diferente ahora. Y no te gusta. Sientes tu piel en contacto con una superficie que te resulta dura. Tienes unas agujetas insoportables. Y no te gusta. No te gusta y lloras. Porque tienes frío, porque estás incómodo, porque te estás despertando. Y despertar, ya lo sabrás, a veces duele.

No puedes pensar. No puedes razonar. No puedes hacer ningún tipo de deducción. No estás preparado aún. Sólo puedes sentir. Las sensaciones son ahora el contenido de tu mente. A penas tienes vagos recuerdos de todo lo anterior a este momento: relacionas esas sensaciones entre sí. Y es que apenas estás despertando, aunque tú aún no lo sabes.

Pero llegará un día en que sepas. Para entonces, todo esto y todo lo anterior, habrá sido olvidado. Sólo sabrás que un día naciste, por la evidencia del ti mismo. Y por las fotos de un niño arrugado que apenas se parecerá a ti. Y porque papá y mamá te lo habrán contado.

Minade Carbón

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Casas desencantadas


#EXPERIMENTACIÓN:

#POESÍA:

#MICRO-:

#NOVELA:

Casa desencantada I

(Embargo)

Han pasado ocho meses desde que el despertador dejó de sonar para ir a trabajar. Pero ladran los buzones sobres rabiosos. Telefónica, la compañía del agua. La luz. El gas. Los créditos pasan factura.

Entretanto, los Niños dicen adiós a los compañeros que sí van a la excursión.

Los cimientos se resienten. Las llaves amenazan con suicidarse: reptan de debajo del felpudo y se asoman peligrosamente desde lo más alto de la alcantarilla. 

Las baldosas bailan un réquiem, el suelo se mueve bajo sus pies. Y a  Ellos, no saben por qué, les cuesta un poco más quererse…

Casa desencantada II

(Distanciamiento)

Las esquinas de la casa me arañan los tobillos. La casa. Una casa, no mi casa.

Me arañan los tobillos todas sus esquinas y las paredes murmullan cosas contra mí. Las cortinas se rasgan para dar paso a un sol que me amenaza desde fuera. Se burla, el sol. Desde fuera. Amenaza con entrar y no me deja salir.

La bañera se llena y las cortinas se me enredan en el pelo. Las cuchillas de afeitar me sonríen, melladas y, como viejas, critican mis costumbres. Babean las esponjas y, desdentados los peines, me tiran de las trenzas mientras los espejos empañados saludan con mensajes de vaho. Falsas bocas de carmín rojo ríen desde las blancas baldosas.

Las uñas que ya no son, reviven cual lázaros y nos persiguen por los pasillos. El polvo bajo la cama se amotina y espera a vernos dormir para saltar sobre el colchón.

El número de la puerta baila loco al ritmo del timbre que, histérica y chillonamente, nos llora una tecnorumba que le canta al desamor:

“Sueño contigo, qué me has dado, sin tu cariño no me habría enamorado…”

Horror.

Casa desencantada III

(Despedida)

Los respaldos del sofá me rozan con tus restos. Estás en las sábanas. Y en el desagüe y en las cañerías. El sumidero eructa tu voz.

Los pomos de la puerta me besan la mano y huelo tu aliento en ellos. Tu lengua me lame las plantas de los pies cuando ando descalza por el pasillo. Del techo pende tu recuerdo. Es de araña y tiene lágrimas de cristal.

Tus pasos suben por las escaleras. Tus cenizas descansan en una urna, en el armario del salón, junto a la caja de diapositivas. Me resigno a olvidarte, pero aún no…

 Hasta los vecinos pueden oírte. Notan tu presencia nuestros amigos cuando vienen a preguntar cómo lo llevo. La casa está llena de ausencia.

Ayer la puse en venta.

Practico frente al espejo: “adiós, adiós, adiós, adiós…”

Minade Carbón

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Negro


#RELATO:

 I

Ana sabía bien que no debía ir por aquel camino. De todos era conocida la fama de aquel suburbio sucio y lóbrego por donde ni los delincuentes más temidos andaban seguros. Y menos a aquellas horas. Y menos ella, caperucita apetecible. ¿Era Ana consciente de los instintos que su aspecto inocente, casi infantil, despertaba en algunas mentes retorcidas? Su larga y suave melena rojiza, sus ojos enormes y azules como de muñeca de porcelana, su piel clara y sus labios inyectados en sangre. Su cuerpo menudo calzado en unas merceditas…

Ella lo sabía. Sabía perfectamente que no debía andar por aquel camino de baldosas mal colocadas, como dientes imperfectos de una boca anciana. Baldosas apenas iluminadas. Baldosas siempre húmedas, babosas baldosas. Era consciente de lo que hacía: se lo advertía aquel silencio. Sirenas lejanas y toses enfermizas trataban de persuadirla.

Pero aquél era el camino más corto. Sin duda.

II

Él no podía ni creérselo cuando vio aparecer su frágil silueta a lo lejos. Su prolongada sombra parecía precederla. Era como una ofrenda. Casi sospechoso, una chica como aquella en un lugar como aquél. Todo el mundo estaba enterado. Ninguna niña sensata caminaría a solas por allí a sabiendas de los posibles peligros que ello conllevaba. Pero allí estaba esa osada, como un caramelo en la puerta de un colegio. Era una situación inusual poder coger así una presa. Sin tener que esconderse en un portal. Sin tener que estudiar minuciosamente las horas de entrada y de salida de su víctima.

Mucho más fácil resultaba atacar a alguna cría conocida. Eran más manipulables y, sin duda, más accesibles. Su sobrina era la prueba. Poco a poco la había ido engatusando. Poco a poco se había asegurado su confianza. Y no menos fácil fue convencerla de que aquello era un secreto. Su secreto. Porque él la quería. Mucho más que su padre ausente. Mucho más que su mamá borracha. Él la cuidaba, la mimaba. Y aunque la niña se sentía violenta, siempre acababa accediendo a lo que, al fin y al cabo, eran las únicas atenciones que conocía.

Pero para qué negarlo. A él, lo que de verdad le gustaba era atacar por sorpresa. Oír el grito de la víctima, callado por su mano. Sus ojos desorbitados, las pupilas casi inexistentes, crispadas, todos los músculos de su cuerpo tensos de golpe. El forcejeo inútil y, tras la amenaza, el silencio. Paralizadas durante unos pocos segundos. Y la respiración agitada, desordenada. De nuevo el forcejeo y, cuanta más resistencia oponían, más se aceleraba él. Ah! Lo necesitaba. Necesitaba volver a sentirlo. Sólo con pensarlo notaba bullir su sangre con brío. Volvía a sentirse inusitadamente vivo. Y allí estaba ella, como un corderito dirigiéndose, sin saberlo, directamente a la mesa en bandeja de plata.

La oía cantar una canción que no alcanzó a reconocer. Aún, si cabía, menos prudente. Quizá lo hiciera para espantar sus miedos. Quizá se había perdido, pobre cachorrito. Quizá hoy, el Destino había cedido los dados a su primo hermano Azar. Quizá. Quién sabe.

Tomó aire profundamente. Pegó sus lumbares al frío muro metiendo tripa y sacando pecho, como tratando de fundirse, cual camaleón, con aquella pared manchada de orín y de lluvia, como él.

III

Su olor dulce entre el hedor a miseria del lugar era una descarada provocación. Y la oía más cerca, aún más cerca. Su voz parecía relajada, juguetona y cantarina. La inocencia que de ella se desprendía, paradójicamente, resultaba inquietante.

En el momento preciso la asió por un brazo con fuerza y la colocó salvajemente contra la pared de aquella triste esquina. Cogiéndola del cuello con una mano y apoyando la otra contra el muro para dejarla atrapada, le susurró: “ni respires, porque no vas a poder escapar”. Ella, serena y fría, contestó: “no pensaba hacerlo”.

Él abrió los ojos de par en par y de repente fue consciente del brillo helado de los ojos de ella, de su voz, mucho menos infantil y pura que antes. De su sonrisa de satisfacción y cinismo.

Pero era demasiado tarde. Ella le mordió el labio y, no sabía cómo ni cuándo, lo había colocado entre su abrigo azul y la pared. Quiso chillar, pero no pudo. Ella le tapaba la boca con la mano. Sus ojos se abrieron de par en par: no podía creer lo que le estaba sucediendo. Mil rápidas ideas pasaron por su cabeza. Sus músculos estaban tensos. Intentó quitársela de encima, pero de pronto sintió en su cuello el frío metálico y brillante de un cuchillo y quedó paralizado. Ella sonrió satisfecha y, mientras bajaba lentamente el arma acariciando su cuerpo hasta llegar al pantalón, le susurraba cosas que él ni siquiera era capaz de procesar. Pues su mente estaba ocupada por rápidas ráfagas de imágenes, recuerdos, ideas casi ininteligibles. Su respiración estaba agitada. Cuanto más asustado se encontraba él, mejor parecía pasarlo ella. Llegados a aquel punto, sólo quería que todo acabara pronto. Se sentía humillado, ultrajado, indefenso.

Casi parecía haber perdido la noción del tiempo, la conciencia de lo que le estaba ocurriendo, cuando ella se apartó de él y lo dejó resbalar hasta el suelo.

Se sonrió victoriosa, insultante y satisfecha.

Le cogió la cara con una mano, estrujándole las mejillas y le cantó lentamente al oído “by, by, mein lieber Herr, Aufwiedersehen mein Herr…”

El quedó tirado en el suelo como un muñeco de trapo, como un títere sin hilos.

Ella se limpió las comisuras como un felino que se lame el bigote, sacó un pequeño espejo de bolsillo y se miró en él. Lo giró y le enseñó su patética imagen. Era su propio reflejo, pero no se reconoció.

“It was a fine affair but now it’s over”. Ella se levantó poco a poco. Él sólo podía ver sus merceditas negras.

Y se fue. Sin más. Dejándolo allí tirado. Semidesnudo. Sin fuerza ni ánimo para nada. Con ganas de nada. Sin poder pensar en nada. Pero la oía a lo lejos cantar, como lo hiciera Sally Bowles en el Kit Kat Club, “a tigger is a tigger not a lamb, mein Herrn, so I do, what I do…”

Y el silencio. Y las sirenas a lo lejos. Y las toses enfermizas.

Minade Carbón

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Génesis


#MICRO-:

#EXPERIMENTACIÓN:

#RELATO:
 

Éste es el resultado de tachar palabras de un texto bíblico y dejar sólo aquellas que me interesaban para lograr, sin añadir palabras y sin alterar su orden, esta pequeña historia:

.

Subía un vapor. Entonces, el polvo.

Un hombre que había, delicioso a la vista y bueno para comer y para regar el huerto, repartía cuatro brazos: “-Uno rodea toda la tierra de oro. Bueno, también el segundo, el tercero y el cuarto”.

Toda bestia, entonces, una mujer astuta respondió: “-podemos comer en medio del huerto. Tocaréis para que comáis”. Y vio la mujer que era bueno y agradable y codiciable su fruto. Y comió. Y también su marido. Los ojos se escondieron entre los árboles del huerto. Y le dijo: “-estabas desnudo como yo te mandé. Sobre tu pecho y tu cabeza multiplicaré tu deseo. A Dolores, Luz y tu madre, siempre encendida, que se revolvía para todos lados, he adquirido. Y al gordo de Abel para cuando labres la tierra”.

(Texto original: Génesis 2:4- 4:12. Santa Biblia, versión Reina Valera de 1960)

Minade Carbón

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E(m)océntrica


#POESÍA:

Se me caducan las virtudes,

Si algún día lo fueron.

Se me revienen las expectativas.

No sé escribir cometa.

.

Soy una niña, una niñata gris

Que aparece poco

Y  lo hace como una palabra inapropiada

Dicha desde un megáfono.

.

Ya me lo decía mi madre:

Hija, tú no eres ni guapa ni fea,

Ni lista ni tonta.

La nena no sabe si sirve

Y no sirve que lo sepa.

Tampoco parece importarle.

Ahí sigue, pasada y pegada

Al hielo del fondo del estante

De una nevera sin sistema no frost.

 

Minade Carbón

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La entrevista


#RELATO: Se tapó con el nórdico dejando al aire sólo la nariz. Se tapó hasta arriba a pesar de los 34ºC que marcaba el termómetro. Se tapó a pesar de que estaba siendo uno de los veranos más calurosos en años, según decían en la tele y en la calle y en los ascensores y en las salas de espera; a pesar de que el aire era pesado y  de que le sudaba hasta el píloro, se tapó dejando sólo un hueco para respirar.

Sentir el peso del edredón de plumas sobre su cuerpo, como un abrazo, la calmó por un rato. Justo después de dar varias vueltas en la cama, abriendo y cerrando las piernas hasta encontrar la postura ideal: abrazando la almohada a lo largo de su cuerpo con una pierna, con la cabeza apenas apoyada en el extremo superior de ésta; cubriendo casi la totalidad de la cama, en diagonal, con la pierna libre estirada completamente. Cuando dio con esta postura cogió aire profundamente y lo exhaló despacio, justo antes de relajarse totalmente y dejar todo su peso descansando sobre el colchón. Por fin se durmió.

Pero ahora, escasamente después de hora y media, Nuria vuelve a despertarse. Lo hace empapada en sudor, con la nuca húmeda y el pelo del flequillo rizado, asfixiada por su propio vaho. Como un autómata, extiende mecánicamente el brazo derecho hacia el lado izquierdo, coge el extremo del nórdico y tira de él haciéndolo caer, pesado, al suelo. Entonces, por un momento y a pesar de la temperatura objetiva, siente un escalofrío (bueno, está empapada en sudor). Camina patosamente hacia la cocina, abre la nevera y prácticamente sin abrir los ojos, coge una botella de agua y bebe de ella a morro.

Está nerviosa. Al día siguiente (en unas horas) tiene una entrevista de trabajo importante. Ha repasado mentalmente la situación una y otra vez (visualizarla detalladamente le hace sentir que tiene cierto control sobre ésta, como si ya la hubiera experimentado con éxito anteriormente) y ha planeado y memorizado incluso cómo va a peinarse y maquillarse, qué pendientes va a ponerse, esos discretos aunque originales (seriedad aunque creatividad, discreción pero no austeridad) y qué falda con qué blusa y qué zapatos. Hasta el número de horquillas que van a recoger sus rizos castaños.

Va repasando esto mientras ve anuncios tipo teletienda en este canal y en éste otro y en éste también. Al final decide probar suerte y meterse en la cama de nuevo. Atraviesa el largo pasillo cogiendo la botella de agua fría por el tapón. Va dándole golpecitos en la pierna y mojándola con el agua helada que parece exudar, como un botijo, y que forma lágrimas que le recorren la pantorrilla hasta el hueso del tobillo. Odia los pasillos largos, pero aquél era el único piso decente y céntrico que pudo permitirse. Enciende la luz del dormitorio y… ¡Coño! ¡Hay un bulto en su cama!

Joder, joder… Se queda petrificada bajo el dintel de la puerta, mirando hacia su cama y sintiéndose como lo harían los tres ositos al descubrir a Ricitos de Oro en su casa. ¡Hostia puta!

Empieza a hipotetizar:

“Un fantasma no puede ser, oigo su respiración y, en cualquier caso, no puede hacerme ningún daño. Además, hay un detalle importante: los fantasmas no existen. Bien, vale. ¡Un ladrón! Pero si es un ladrón, ¿por qué duerme? ¿Narcolepsia? ¿Un narcoléptico se dedicaría al robo? No, no puede ser. A ver, piensa.  ¿Grito? ¿Salgo corriendo así desnuda para pedir ayuda? Por qué cojones no usaré pijama… ¿Llamo a la policía y espero escondida a que venga? ¿Pero por dónde ha entrado? Por la puerta no. Por la ventana es imposible, es un sexto, no hay balcones y no se puede trepar por ningún lado. Y las ventanas son batientes. Joder, joder, joder…”

Al final le pueden la curiosidad y la inconsciencia. Se acerca sigilosa a ese lado de la cama, rodeándola por los pies. Oye la respiración profunda bajo el grueso edredón. Quien sea, tiene la cabeza totalmente tapada. Nuria permanece ahí de pie, mirando dormir plácidamente en su colchón a ese desconocido bulto. Quiere coger una punta de la nórdica y destaparla un poco para descubrir quién hay bajo ésta, pero cuando ha decidido no forzar el descubrimiento para no despertarle, por si es peligroso, y llamar directamente a la policía desde la calle, el bulto se mueve y Nuria hace un descubrimiento desconcertante y aterrador. Puede verle la cara… Así, de pie, Nuria se observa dormir a sí misma. Porque es ella quien está ahí, ocupando su propio lugar en la cama.

No entiende nada. Si está durmiendo, ¿qué coño hace despierta, botella en mano, ahí de pie? Muerta de miedo y con la mirada desencajada, retrocede, se apoya en la pared y se sienta en el suelo, con la botella al lado, abrazándose las rodillas, mirando hacia la nada.  Pero al cabo de un rato el sueño le puede y le da demasiada envidia verse ahí, durmiendo. Así que rodea la cama por los pies, se sienta al otro lado, se limpia la planta de un pie con el empeine del otro y se acurruca en el espacio mínimo que la otra, ella  -es decir, “la otra ella”- le deja. Le da unos golpecitos con el pie. Lo justo para no despertar a la durmiente, pero hacer que le deje un poco más de espacio. Suspira y vuelve a apagar la luz. Se tapa entera, dejando al aire sólo la nariz. Espera poder dormir, porque mañana (en pocas horas) tiene una entrevista de trabajo muy importante y se pondrá esos pendientes discretos y la falda…

Minade Carbón

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Leche merengada


#RELATO: Cuando entró en la casa, la encontró como de costumbre, tirada en el sofá. Un brazo pendía inerte del borde del sofá mientras ella, totalmente regalada a la desidia, dejaba que su pájaro revoloteara libre por el salón.

Aquél pájaro tenía casi más años que él. Era la niña de los ojos de su madre. Solía revolotear histérico, soltando plumas a su paso por la casa. A él le daba bastante asco aquel bicho. Estaba sucio y tenía las patas llenas de bultos asquerosos, como muñones saliendo de otros muñones, así que si en alguna ocasión había tenido la tentación de matarlo, pronto el asco le había hecho desistir.

A su madre, en cambio, aquel pájaro le daba la vida. En ese preciso momento, estando ella tirada en el sofá, el ave calva le picoteaba las migas de galleta que se le habían ido acumulando en los pliegues de la papada y sobre su turgente escote mientras ella, pasiva y complacida, se dejaba hacer.

Eran las doce y media de la noche cuando dejó la bici en el jardín para entrar en casa y encontrarse con aquello. Su madre ni siquiera le preguntó dónde había estado hasta tan tarde, ni le tenía la cena preparada, ni le había recordado que al día siguiente debía madrugar para llegar a tiempo a clase. Sólo sacaba los labios cerrados, como un culo, para que su adorado pajarillo le diera piquitos. Odiaba a aquel bicho piojoso. Aunque probablemente sólo era un odio desplazado. A quien de verdad odiaba era a su madre. Por no prestarle atención y por dejarse tocar por aquel vecino asqueroso, también viudo. Eran repulsivos.

Entró en su habitación, soltó la mochila y encendió el ordenador. Saltaron a su pantalla mensajes de tías en bolas que le ofrecían chatear si quería sexo. Las rechazó, pero entró en la página porno de costumbre para echar un vistazo. Ni siquiera le excitaba; era pura curiosidad. Había cosas extrañísimas: transexuales vestidas de monjas, corridas multitudinarias sobre una misma cara, rubias a cuatro patas dejándose penetrar por perros, señoras mayores vestidas de colegialas,…

Internet le había abierto las puertas a un mundo que a veces le quedaba grande, pero la falta de control parental y la privacidad le permitían vencer su patológica timidez y su falta de experiencia.  Hizo tiempo hasta que el reloj dio la una de la madrugada. Entonces, se miró al espejo, se peinó un poco con las manos, se cambió de camiseta, se colocó erguido en la silla del escritorio y encendió la web cam.  Desde hacía un par de días, María y él quedaban para hablar a esa hora a través de la pantalla del ordenador, cuando los padres de ella dormían y podían hablar tranquilos, lejos de los pasillos de clase y de la vista de los compañeros. Las inseguridades eran menos a través de la pantalla.

Encendió sabiendo que del otro lado estaría ella. La niña más guapa de todo el colegio. Se había desarrollado antes que sus compañeras y todos los niños de su curso perdían el culo por ella. Pero a la una de la madrugada, con la web cam encendida, María era para él y sólo para él.

Empezarían, como de costumbre, hablando de cosas tontas. Del tiempo, de los deberes, de tal o cual película. Hasta que hubieran entrado en materia. Al fin  y al cabo, necesitaban un poco de calentamiento. Aquello era extraño y nuevo para los dos. Millones de sensaciones, algunas contradictorias, recorriendo sus cuerpos. Así que poco a poco irían hablando de esto y aquello hasta que él le pediría que se levantara el jersey. Que se lo quitara. Que se acariciara los pechos. Que se desabrochara el sujetador. Que colocara un poco mejor la cámara. Que le dijera cosas sucias. Y así un largo etcétera hasta que terminaban  el encuentro despidiéndose hasta mañana, mientras él le aseguraba que no tenía de qué preocuparse, que el examen de ciencias del día siguiente sería fácil. Y que ya hablaría él con la directora sobre ese asuntillo en el que se había visto envuelta por fumar en los lavabos. Para algo era el jefe de estudios.

Minade Carbón

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