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Huellas


#MICRO-:

El restaurante está construido sobre unos antiguos baños públicos, junto a la carretera. Barras de neón azul intenso, como fantasmas horizontales conteniendo el aliento, rodean la fachada y se proyectan sobre los árboles de alrededor. Son la única luz del parque una vez anochece. Entonces los zorros salen. Atraviesan los setos del campo de petanca, rodean las pistas de tenis, zigzaguean entre los robles que bordean el campo de fútbol. Comienzan un peregrinaje solitario: pues todos son el mismo zorro. El mismo, en lugares distintos, en momentos desconectados entre sí. Algunas veces, el zorro se come los restos de tu basurero. Otras veces, cuando cree que nadie mira, cruza tu jardín, rojo a la luz de las farolas, o casi verde, casi violeta, cuando el sol está a punto de salir por un cielo asfixiado de nieve. No se para a ver qué dan en tu televisión. Baja la cabeza, trota desde un lado de tu empalizada al otro. El zorro camina absorbiendo el sonido a su paso, como con culpa, sobre el asfalto irregular, camino del bosque que queda al fin del mundo. Más allá, está todo. Puedes percibir una idea vaga de la Inglaterra de algún entonces. Chicos rubios de nariz huesuda y barbilla retraída montan a caballo en sus chaquetas acolchadas. Gente se casa. Gente muere de heridas de guerra. Gente salva sus libros del fuego.

El zorro mira por tu ventana y de pronto la televisión se apaga. Es el zorro del cuento. El que despellejan en el patio del señor. El que engaña a las gallinas. El que abandona el poema sin dejar rastro.

 

elster

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Zarzas


#RELATO:

Soñamos, mientras el sol se iba, que todo habría sido más fácil de haber tenido caballos y el pelo largo. Pensé, podríamos cabalgar tan rápido que la música sonaría sola, vibrando en los rojos del cielo y en las rocas que rápidamente se enfrían, expuestas al viento de la estepa. Entonces tú abriste los ojos bordeados de gris, con el vestido aún levantado, y el preámbulo a tu voz tuvo lugar, y después tu voz. Y no supe decir qué parte es mi favorita. Las corrientes de aire no nos alcanzaban a esta altura del ciprés, por más que nos buscaran. Por eso podías tener tus piernas de bronce y leche al aire sin que se erizaran, y yo podía entonces enterrar mis manos entre ellas con más facilidad que en aquellas mañanas de invierno y perros silenciosos.

Hablabas. Decías, déjate el pelo largo, que las agujas se enreden en tus nudos, que las hebras fluyan y bailen y no podamos distinguir dónde acaba mi cabeza y dónde empieza la tuya. Reí y te besé en la oreja y después en la rodilla. Y nos imaginé como un círculo de pelo negro y piel roja, una serpiente mordiéndose la cola. Pero nuestros límites son claros y luminosos y nos amamos más cuando unirnos es tarea complicada. Como cuando tu padre cierra todos los postigos y tengo que arreglármelas trepando por tu limonero, calculando los salientes que aún se mantienen fieles a la argamasa, evitando que vuestro murciélago me oiga. O como cuando vas, manta sobre los hombros, a confesarte o a por tomates maduros, corriendo como una loca, como un corzo, para poder regalarme diez minutos en el arenal del camino viejo.

Cerraste otra vez los ojos a medida que los pájaros se alejaban de nosotros. Y me dejaste solo, imaginando, con el peso de tu cabeza entre mis manos, que me alzaba en medio de la plaza, golpeando cazuelas, despertando a todos, sacándolos de sus gruesas casas. Agitaría los brazos y gritaría en la cara del alcalde y todos tendrían que entender. Pero tú no quieres. Dices, en suspiros, déjales estar seguros de las cosas. Déjales que inventen y murmuren sobre otros, mientras tú y yo dormimos entre las zarzas. Y es que sabes que, en parte, me amas porque siempre te han dicho que no puedes.

elster

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