Archivo mensual: diciembre 2010

Huellas


#MICRO-:

El restaurante está construido sobre unos antiguos baños públicos, junto a la carretera. Barras de neón azul intenso, como fantasmas horizontales conteniendo el aliento, rodean la fachada y se proyectan sobre los árboles de alrededor. Son la única luz del parque una vez anochece. Entonces los zorros salen. Atraviesan los setos del campo de petanca, rodean las pistas de tenis, zigzaguean entre los robles que bordean el campo de fútbol. Comienzan un peregrinaje solitario: pues todos son el mismo zorro. El mismo, en lugares distintos, en momentos desconectados entre sí. Algunas veces, el zorro se come los restos de tu basurero. Otras veces, cuando cree que nadie mira, cruza tu jardín, rojo a la luz de las farolas, o casi verde, casi violeta, cuando el sol está a punto de salir por un cielo asfixiado de nieve. No se para a ver qué dan en tu televisión. Baja la cabeza, trota desde un lado de tu empalizada al otro. El zorro camina absorbiendo el sonido a su paso, como con culpa, sobre el asfalto irregular, camino del bosque que queda al fin del mundo. Más allá, está todo. Puedes percibir una idea vaga de la Inglaterra de algún entonces. Chicos rubios de nariz huesuda y barbilla retraída montan a caballo en sus chaquetas acolchadas. Gente se casa. Gente muere de heridas de guerra. Gente salva sus libros del fuego.

El zorro mira por tu ventana y de pronto la televisión se apaga. Es el zorro del cuento. El que despellejan en el patio del señor. El que engaña a las gallinas. El que abandona el poema sin dejar rastro.

 

elster

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Excurso sobre la Tradición.


 

#RELATO:

#ENSAYO:

Llega tarde el autobús.

Los segundos hacen las veces de sentencias judiciales, y nada ha cambiado. Somos, en virtud de este retraso, los herederos  fúnebres de una antigüedad resabida. Samsara y Derecho Romano se han unido en ambos de tus hemisferios cerebrales para ser a continuación codificados por un complejo y poco interesante mecanismo  semineuronal. El caso es que tú acabas de unir ambas estupideces y piensas en ellas. Pasan 6 minutos de las doce y  eso suscita en ti la sensación de ser un mediocre convicto confundiendo esta estación con Alcatraz, e incluso algo peor. La vergüenza te tira el nuevo libro al suelo. Puedes recogerlo y  fingir ante el espectador disperso el descontento que produciría la visión de unas tapas blancas ataviadas con briznas de Farias y cáscaras de pipas de girasol. -Porque lleva lloviendo desde que el oído ha procesado hacia la conciencia la primera actividad de esta mañana. Llueve ininterrumpidamente. Lleva lloviendo, quieres decir, un mínimo de ocho horas. Ocho horas que suenan a una jornada de trabajo. Ocho horas que suenan ahora a un viaje hacia la absoluta desesperación. Y las colillas y las cáscaras se han fusionado con la portada del libro sobre los excesos retóricos de Wittgenstein.- O puedes recoger tu libro y salir corriendo de la dársena 27, escapar de ese espacio dedicado al tránsito y a la espera,  ante el rictus mortuorio de tus potenciales compañeros de viaje. Puedes hacerlo; y también puedes no hacerlo. Puedes,  pero cada pensamiento será un nuevo conato que fortalecerá  la acusación sobre ti vertida; dicen que eres  hijo del  clasicismo, y además mantienes un affaire retornante, eterno, con lo mismo. Un círculo que caracteriza lo que entiendes por existencia. Y ahora, con tu botella reciclable de agua, descubres que el concepto sánscrito no es ni siquiera parecido al mapa que trazó Dante. Perteneces no a los ladrones o a los no bautizados. Con tu botella de euro y tanto, te reconocen como entelequia descendiente de los vientres hidrópicos. Casi nada, ya ves. Pero no. En absoluto. Tú puedes hacerlo o no. Hacer una cosa y no hacer el resto. Hacer nada, también. Recoger el libro, o no hacerlo, y encender un cigarro, recolocar las asas de la bolsa  de viaje que empieza a acomodarse en tus enclenques hombros, enclenque tú; sonreír al niño que se ha percatado de tu desesperación; no hacer nada. Absolutamente nada. Puedes hacer o no hacer. Pero ya. No. Otra vez, no. El niño sabe que estás equivocado. Tú sabes que estás equivocado al ver al niño satisfecho, porque resulta que está satisfecho gracias a tu error. En cualquier caso, y continúas con esta concatenación infinita de ideas para no mirar al niño, lo único que no puedes hacer, por el bien de tu integridad tras el inexorable ejercicio de  la autocrítica, es salir corriendo. Alcatraz, piensas, y sientes náuseas, además de ridículo. Sabes que el retraso no durará eternamente. Más náuseas. Te mira el niño.  

Tras unos segundos de intensa rivalidad visual con él, la explosión de mil bombas atómicas acaba con el divertimento del absurdo intransferible: el de la reflexión o su ausencia. El absurdo de la conciencia, en resumidas cuentas.  El niño gana. No parece haber escuchado nada digno de reclamar su atención. Puede que tu cara resulte, inexplicablemente, más entretenida que un desastre cosmológico. En fin. Ya era hora de que alguien se atreviera a reventarlo todo, para siempre jamás.

Te extraña que tus potenciales compañeros de viaje sigan vivos, exactamente en el mismo lugar de la última vez. No ha sido una bomba atómica. No han sido mil. Sólo las llaves del conductor  que jugará con tu vida durante las próximas horas, que acaban de estrellarse contra el subsuelo del inframundo, lleno de briznas de puro barato y millones de cáscaras de pipas de girasol. Un libro: una llave. Se presiente cierta algarabía que a ti te cansa independientemente de cuál sea el motivo que la llama a ser. No. No tienes por qué sonreír. Que las puertas del autobús se hayan abierto no te incita a correr hacia ellas. Tú has pagado por el asiento 31 y te sentarás allí, pase lo que pase, entres al autobús en última posición o no. No debes alegrarte por la apertura de las puertas, y no te apresurarás, porque no te da la gana, y no te lo tienes que explicar. Adoras el argumento de autoridad, porque siempre te ganas.

El niño, que no te ha quitado ojo, no contará a nadie que se te haya olvidado sentir. Piensas que no es tarde para plantearse la cuestión de la paternidad. El niño tiene cierto encanto, aunque tú no consigas descubrirlo. Piensas después que Clint  Eastwood no ponderaría a posibilidad de tener niños mientras su principal objetivo era salir de la bahía de San Francisco, y a poder ser, salir vivo. Da igual. No puedes sentirte más ridículo, así que sufres como castigo el picotazo estomacal de otra náusea. La pregunta inminente es en qué departamento de la enorme bolsa colocaste el billete de autobús. No se trata de eso. Es que, sin más complicación, no te da la jodida gana. Esta frase seduce por ser, de manera precisa, el ejemplo perfecto del uso efectivo de irracionalidad. Un antiargumento. Un A-argumento. Un acabaargumentos. Escucha: no me da la gana.

Efectivamente, no vomitas.  Acabas de encontrar el rectángulo de celulosa que corrobora el merecimiento de tus aparentes vacaciones.  Lo sabías desde el principio, por eso las náuseas te resultan tan sumamente molestas. Nunca vomitas. Continuarás con ellas hasta alcanzar el destino escrito en el cartel que encabeza  el autobús. Incluso después.  Todo siempre igual. Igual mientras esperabas fuera del vehículo. Igual ahora, que todo parece distinto desde esta ventana que se abre a tu desgana y se cierra al mundo. Porque el mundo, menuda idea acabas de tener, está contenido en la dársena 27. En ella y en él,  viven los vestigios de otros tiempos. El mundo:  Ella yÉl.

No puede ser. El niño asoma la cabeza a través de la puerta. Cielo Santo. Eso es lo que sucede: que puede ser. Pero ahora sólo importa el resultado, el detrito, más bien, de este desbocado deshacer irracional. Escucha, te lo está diciendo: no le da la gana. El niño se acerca hasta pasar por tu lado y, al rozarte, sin que nadie mire, sin que nadie vea, vomita la pera, el yogurt y la galleta que alguien le ha hecho tragar mediante algo parecido a un embudo. No me da la gana, acaba de decirte el niño. Al fin y al cabo, concluyes satisfactoriamente, el procedimiento de la razón acaba igual que una digestión. Una mala, una nefasta digestión. Uno comienza con el bicondicional, la doble negación y las disyuntivas, para terminar aplicando un Tollendo Ponens a la inmortalidad del alma o la corporeidad del Espíritu Santo: la paloma que se erige sobre su pata-muñón en relación con el miedo atávico a la muerte. Increíble. Acaba igual. Todo acaba, y lo que acaba sigue estando igual: contradicción en términos. Siempre igual. 

Se te agria la lactosa del yogurt o acabas literalmente saturado de paté y carne magra. Nadie recuerda, de hecho, regar la tierra de la flor de Pascua. Siempre, interminablemente igual. La planta roja se pone mustia, y alguien decide deshacerse de ella hasta una nueva y fatal adquisición. No te dejes vencer por las náuseas. Alude a tus conocimientos sobre escatología, valiente: vomita porque te da la gana. Porque no sonríes, y porque ya hay quien cree poder demostrar la perdurabilidad de su existencia. La vida, en estas fechas, no es muy distinta al resultado digestivo de una cena desmesurada, hipercalórica, que diría él. Nos sentamos para compartir la culpabilidad que sentimos ante tanto exceso, y entre bicarbonato sódico y ascetismo espiritual, nos damos cuenta de que el alma existe, y preexiste y subsiste, pero no sabemos diferenciarla del resultado de un severo trastorno gastrointestinal.

Alguien llama. El niño te sonríe, asiento 33.

Escuchas la voz de un fanático creyente, alias estómago de acero, experimentado predicador, que te desea impúdicamente una feliz Navidad.

 

Anne -Le Pése -Nerfs.

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#FELICES FIESTAS

¡bLaS!, desea a tod@s sus lectores, colaboradores, soci@s y amig@s unas felices fiestas.

Y a continuación… para que no se olviden de ¡bLaS! durante sus fiestas navideñas el villancico más vanguardista jamás creado:

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Insula (ix)


#OTROS:

Siempre éramos los mismos. No nos conocíamos, no nos hablábamos, incluso evitábamos cruzar nuestras miradas cuando, envueltos en flujos de caminantes, nos cruzábamos por las calles de Copenhague. No lo sabían pero nos habíamos convertido en una suerte de club de la serpiente en el que ninguno de sus miembros quería reconocer la pertenencia al mismo. Aquella tarde nos reunimos de nuevo inconscientemente ajenos a nuestra naturaleza de grupúsculo desorganizado. Aparecimos en una librería que se había ganado cierta reputación entre los bohemios y los estudiosos, uno de aquellos lugares en el que se mezclan estudiantes y catedráticos, revolucionarios y jubilados e incluso amantes y adúlteros que pretenden teñir su vida con un toque de intelectualidad.

Sólo María conocía nuestros nombres, sólo ella nos observaba entrar y deslizarnos entre las estanterías y los libros viejos. Nunca preguntó más de lo necesario porque sus ojos no necesitaban hacerlo. Le bastaba analizar nuestra danza por los laberínticos pasillos de la librería, por sus sótanos y sus escaleras repletas de palabras que nunca más volverían a ser leídas. Nos seguía con sigilo.  La presencia de su cuerpo plano y fino y de su sonrisa eterna nos guiaba hasta libros o papeles olvidados que algún estudiante había querido intercambiar por aquellos insoportables tratados de filosofía de la cultura que  los catedráticos amargados les habían obligado a comprar. Ella fue la que me ayudó a encontrar las memorias de Pedro Fernández de Quirós, el primer occidental que avistó mi destino y mi locura.

Aquella tarde me regaló un antiguo número del Atoll Research Bulletin, mecanografiado que había encontrado entre los papeles de un viejo que, hacía una semana, había decidido dejar Copenhague, dejar este mundo, olvidando para siempre más de una tonelada de papel en su habitación.

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Cuatro esquinitas tiene mi cama


#RELATO:

Me he pintado las uñas de fucsia. Veo mis manos bailar claqué sobre la almohadilla de mi anémico ordenador y no me las reconozco. Son manos de señora endomingada, de vieja vestida de lolita, de carnicera. Pero ahora no tienen remedio. Ni importan. Hoy sólo importan tus uñas, tus dedos, tus manos bailando claqué, tecleando  las anémicas almohadillas de mis pies.

Acaricio con mi lengua los ángeles que duermen en el cielo de tu paladar. Y se me olvidan la lista de la compra y la ropa de la lavadora. Y pienso en arañas con botines recorriendo a hurtadillas las corvas de tus piernas, las corvas de mis piernas, el lugar donde encajan perfectas tus-mis rodillas. Pero recibes una llamada y dejas de besarme y me das las buenas noches y te vuelves para tu casa. Y yo pienso en las arañas descalzándose, desvistiéndose, terminando su jornada laboral, recogiendo el hilo sobre la madeja, reposando sus ocho patas en alto, masajeando sus tobillos, contentas de haber terminado tan pronto hoy.

De pronto me vienen a la memoria las arañas de mi infancia, que tenían sólo siete pies. Creo que me doy tanta pena que mi cerebro se empeña en distraerme de mí misma. Y ahora pienso en un par de botes de lentejas, limones, naranjas, perejil y en la ropa blanca que se amontona en el cesto. Pero todo es en vano. Y pienso que eso rima con abano, enano, banano…

Qué cara me ha salido la canguro. Y el sostén de color añil, un poco hortera, un poco puta, un poco caro.

Me desmaquillo ante el espejo. Me desnudo y me pongo el pijama. Pienso en cómo basta una llamada para hacerme caer de morros. Equilibrio metaestable.

Minade Carbón

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Habemus buclem


#MICRO-:

#RELATO:

Levantó los ojos del texto y paseó su mirada por la plaza, enardecida de fieles. Aspiró el olor sorprendente del triunfo en la noche romana. Le asaltaron los recuerdos de su infancia sepultada tras los muros del seminario menor, cuando empezó a fraguar su proyecto en las largas vigilias del tedio cantado. Recordó la leve excitación del primer atisbo, en una moribunda clase de Derecho canónico. Aquella sospecha mínima, que creció al contacto con los silogismos de Aristóteles, se convirtió en el centro incofesado de su determinación. Sus votos, primero, y su ascenso callado y tenaz, después, le deparaban tanto mayor placer cuanto más desconocida era su razón última para quienes lo congratulaban. La Cristiandad católica celebraba ahora su elección, jubilosa, esperanzada, e ignorante de lo que estaba a punto de suceder.

Levantó lentamente la mano derecha, con gesto de solemne descuido, y esperó a que se hiciera el silencio. Se humedeció los labios y continuó leyendo la primera proclama de su pontificado. Había llegado al párrafo decisivo:

Y por eso Nos, observamos con alegre obediencia el santo ejemplo de quienes Nos precedieron y confesamos la recta doctrina de la infalibilidad del Papa, y nos complacemos en sentar magisterio infalible, con la asistencia del Espíritu, en esta solemne ocasión de inicio de Nuestro pontificado, declarando doctrina firme y santa de la Iglesia la siguiente Verdad: Que todo cuanto han dicho los Papas hasta el día de hoy, y cuanto digan desde hoy y hasta el fin de los tiempos, incluida esta proclama, no sólo es falible, sino falso en acto.

Llegado a este punto, dejó una larga pausa, para asegurarse de que el mensaje calaba en la atónita muchedumbre que tenía en frente. Cuando estuvo seguro añadió, con una franca sonrisa:

Y si alguno lo niega, sea anatema.

Jaime

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