La cama


#RELATO:

Primero fueron las reformas en el baño, luego la nueva televisión y el asombroso horno- robot (que cocina platos en tan sólo 30 minutos), a los que siguió el cambio de decoración en la entrada, sustituyendo las desvaídas acuarelas de Mallorca por láminas plastificadas en las que se podían admirar San Francisco, Moscú, Florencia, lugares lejanos que ellos nunca soñaron con visitar, que no eran más que nombres confusos en los mapas lejanos de la infancia.

Por último fue la antigua cama de hierro forjado, que fue sustituida por dos camitas infantiles, impersonales, cada una con su correspondiente mesilla y su tapete azulón, a juego con la colcha.

“Debe ser verdad que al hacernos viejos regresamos a la infancia”, pensó el anciano acariciando su colcha azulona, con bordados de caballitos, azules también.

– Estos suecos son una maravilla, ¿a qué no adivinas lo poco que nos han costado las dos camas con las mesillas? –la voz de su mujer lo sacó de su ensimismamiento, como venía ocurriendo desde hacía más de cincuenta años.

– Prefiero no saberlo. –respondió el anciano, levantándose trabajosamente de su nueva cama. Recordaba a los operarios llevándose sin cuidado su cama de hierro, golpeándola contra las paredes de la casa, mientras él los seguía preocupado, y luego como la dejaron de cualquier manera en el trastero, de lado, a oscuras. Su mujer aún había murmurado un poco más, que si había sido una equivocación conservarla, que si los trastos viejos es mejor echarlos a la basura.

-Ése no es el pago que se le debe dar a nadie tras más de cincuenta años de compañía y servicio. –dijo en voz alta el anciano.

-¡Uy, no! Los suecos no llevan aquí tantos años… ¿No ves que es una empresa nueva y moderna?

La cama de hierro también fue en su momento nueva y moderna. La más cara de la tienda de muebles del pueblo. El anciano todavía recordaba el mes en que la compraron –noviembre-, el nombre del dependiente con bigote que les atendió –Félix- y el horroroso traje estampado de color rojo que llevaba doña Encarna, la madre de su mujer, que no les permitía ir a ningún sitio solos aunque sólo faltaran dos semanas para la boda. Su mujer y Encarna se encapricharon en seguida de la cama, y él era el único que no estaba muy de acuerdo con la compra –era demasiado cara-.

Al abandonar la tienda de muebles, el dependiente nominado Félix le dio al anciano –que entonces era nuevo y joven, como la cama- una palmadita en la espalda, y le deseó buena suerte para el día que estrenaran la cama, con una sonrisita ridícula en los labios. El anciano-joven se puso muy rojo al principio, casi tanto como el traje de su futura suegra,  y muy pálido después, y a punto estuvo de pegarle una buena bofetada al desvergonzado de Félix.

Su mujer era hermosa entonces, pequeña y delgadita, con el cabello muy oscuro. Nunca llevaba tacones ni alhajas. El anciano se preguntaba dónde fue a parar aquella mujer con la que fue a la tienda de muebles. Ahora, su mujer es rubia, de un rubio rabioso, casi insultante para el negro de antaño, y mucho más alta, porque llegada a una edad empezó a gastar sandalias de tacón grueso. Simplemente, envejeció, como envejecen todas las cosas. El tiempo hizo rubia y alta a su mujer y cerró la tienda de muebles del pueblo, cubriendo de polvo los gruesos cristales del escaparate.

También él envejeció, por supuesto, y empezó a necesitar lentes para leer, dentadura postiza para comer un triste trozo de pan, pastillas para la circulación.

-¿Me estás escuchando? Digo que no estaría de más invitar a los niños a comer este fin de semana, por el cumpleaños de Isabel. Y así podríamos conocer a la novia del mayor, ¿eh?-su mujer le guiña un ojo, divertida, mientras pone la mesa.

Su mujer sigue llamando “los niños” a sus hijos, aunque tienen todos más de 50 años. De hecho, David, el mayor de los nietos, y el hijo mayor de Isabel, tiene ya casi 25 años.

El anciano asiente,  despistado. (…)

Ane Zapatero

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3 comentarios

Archivado bajo Relato

3 Respuestas a “La cama

  1. Rubén Hidalgo

    Eres una nostálgica. La tercera edad te está afectando. Sabes que puedes causarnos una depresión, ¿verdad?
    Ahora en serio, esto nos va a pasar a todos.

  2. enazapatero

    Hoy he visitado por última vez a una de mis ancianas, Rubén. Me ha dado unos mostachones duros que me he comido con gusto. Se le notaba que le hacía ilusión que me los comiera.
    ¿Crees que es grave, que coja cariño a mis ancianos?

  3. Rubén Hidalgo

    Es grave pero inevitable.

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