insula (iv)


#OTROS:

Algunas mañanas me sentía especial. Creía despertar poseído por el espíritu de Heminghway o por el de cualquier otro escritor que ocupase un difuso lugar en mi cerebro. Poco tardaba en borrar el estereotipo de escritorzuelo resentido de mi cabeza. Los vientos polares solían ayudar y, aunque fantaseaba con la idea de desayunar un dry martini con una aceituna, los treinta segundos de delirio bohemio se detenían súbitamente al abrir la ventana de mi habitación. Aún no me había acostumbrado al frío danés, ni mucho menos a averiguar la temperatura ambiental oteando las vestimentas de los transeúntes.

Pero ese día fue distinto. El sol bendecía los blancos rostros de los escandinavos. Parecía que en cualquier momento esas rubias jóvenes danesas empezarían a lanzar pétalos de flores mientras sus labios tarareaban un onomatopéyico y melódico sha la la la. No fue así, pero la simple idea de ser rodeado por esas ménades postmodernas me empujo a no detener mi inocente delirio. Mi bicicleta se detuvo frente a la fachada azul del café Falken. Quién me iba a decir que esa mañana descubriría, entre tantas otras cosas, que allí no servían café pero que, en cambio, el mejor martini de la ciudad lo preparaban en esa taberna de nombre impreciso.

Sí, así es, esa mañana desayuné un dry martini y aún recuerdo esa sencilla copa como uno de los principales desencadenantes del absurdo en el que mi vida se iba a acabar hundiendo. La camarera me miró con indiferencia porque sorprendentemente aquello de desayunar una oliva, acompañada de una mezcla de ginebra y vermú, era algo habitual entre sus clientes. A mi lado un viejo rosado disfrutaba de la bebida. Decía llamarse Harold Taylor. Desde una de las esquinas del local un gordo de aspecto mediterráneo se acercó a escuchar el monólogo del viejo. Le escuchamos. Nunca supe si aquellas historias habían llegado a formar parte del mundo real. Hablaba sin mirarnos como si, en realidad, el relato fuera dirigido a la camarera que se mantenía completamente ajena al discurso de ese hombre. Era inglés. Había trabajado para la Trinity House hasta que dejó a su mujer. Parecía dudar antes de iniciar cada frase pero el cocktail en ayunas parecía ayudarle a no detenerse. Nos confesó que ni siquiera los veinte años de soledad durante los que estuvo destinado en el faro de la isla del Obispo – Fucking Bishop rock, así la denominó él- , eran comparables al castigo de haberse perdido con aquella puta en la fría noche de Copenhague.

Isla del Obispo, UK.

Me dejé llevar, decía. Nunca pensé que aquello me podría gustar. Y traicioné a mi mujer y no me atreví jamás a volver. No me atreví a volver. Lo repetía como si él hubiera decidido su propio castigo para la eternidad: repetir hasta su muerte un nuevo relato que siempre concluía con un último sorbo a su martini y esa palabras: “Nunca pensé que aquello me podría gustar, la traicioné y no me atreví jamás a volver”.

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8 comentarios

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8 Respuestas a “insula (iv)

  1. Minade Carbón

    ¡¡Veinte años en ese islote!! Qué agonía… Normal que se pidiera una p… una pizza. Normal que se pidiera una pizza de vez en cuando 😉

    Genial como siempre, Rubén. Me encanta pasearme por el cuento y ver que, efectivamente, la bici está apoyada sobre el muro del Falken escuchando desde fuera la historia del inglés.

    Algo me dice que este textículo recibirá bastantes visitas de buscadores de carne humana desubicados, porno decir otra cosa… 😉 ¡¡PASEN Y LEAN!!

  2. aitorfatale

    Qué cerca estamos todos de ser Nacho Vegas, o un personaje descarriado de Lost.

    Siempre es grato leerte, Rubén.

  3. jaime

    Haces un arte del hipervínculo. Y de las etiquetas…

  4. Rubén Hidalgo

    Gracias chic@s. La esencia del mundo está en las etiquetas.

  5. Me encanta tu relato de las islas, Rubén. Menudas ganas me están dando de ir a Copenhague (tanto idioma tanto idioma que ya no me acuerdo de cómo se escribe en castellano…). De hecho, voy a mirar vuelos.

    Espero que haya más partes. Exijo que haya más partes. Amén.

  6. Rubén Hidalgo

    Paula tienes que ir a Copenhague. Es una ciudad especial.

  7. Oh, lo es. Y estas ínsulas son maravillosas.

  8. Pingback: Insula (vii) «

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