La profesora universitaria


#RELATO: La profesora universitaria siempre llega pronto a sus clases, antes de que los alumnos hayan entrado en la gran habitación de techos altos. La profesora universitaria siempre cuenta las sillas de los estudiantes: 236, y las tristes cortinas grisáceas que cubren las tristes ventanas: 5 y las bolas de papel de aluminio que los alumnos del turno anterior han dejado tiradas en el aula: este número, desgraciadamente para la profesora universitaria, suele oscilar entre 3 y 40.

La profesora universitaria nunca se maquilla, siempre lleva tacones y a veces se pone guapa, y otras no. Hay mañanas en las que, por ejemplo, el sol entra a raudales por la ventana de su cuarto, iluminándolo todo, y dice “Voy a ponerme guapa, ya que es primavera”. Hay mañanas en las que los rayos de sol invaden el cuarto, ajando las cubiertas de los libros que llenan las estanterías de su cuarto, estropeando los diplomas que cubren las paredes, y la profesora piensa “Este sol horrible…Voy a ponerme cualquier cosa”.

La profesora universitaria es intransigente, estricta, seria, seca, tímida, insegura, no tan inteligente como ella piensa y muy pequeña, aunque ya tenga más de treinta y cinco años. El día que los cumplió, en mayo del año pasado, se enfureció al descubrir que había dejado de ser oficialmente una persona joven, y que por ello le cobrarían más caros algunos servicios públicos. Pero no se quejó, porque nunca lo hace, porque no sabe hacerlo. Y luego pensó que, en el fondo, ella jamás había sido joven, por lo que no había motivos para preocuparse.

La profesora universitaria lleva tres años dando clase en esta universidad, y desde el primer año, le asignaron un joven y torpe becario. El becario se llama David, y tiene una facilidad enorme para perder informes, acabar informes a última hora, cometer errores en los informes, llegar tarde a la universidad, y muchas otras virtudes que es imposible relatar aquí.

El becario ama en secreto a la profesora desde el primer día en que la vio, cuando a él se le había perdido su horario y no sabía a qué clase debía acudir, y ella le reprendió suavemente, antes de regalarle el suyo. (La profesora universitaria se aprende siempre el horario el primer día de clase, para luego poder regalar el suyo a los incautos. O regala el suyo a los incautos para obligarse a sí misma a aprender el horario, eso nunca se sabe).

El becario ha terminado este año -“por fin”, según su sufridora madre- la tesis, y ha obtenido contra todo pronóstico un pequeño puesto en una destacada universidad británica.

En todo este tiempo lo único que ha conseguido es decirle a su amada profesora “Qué guapa va usted hoy” precisamente un día en que el sol ajaba los libros de la profesora, y ella se había vestido especialmente mal. Por eso, el becario no consiguió más que un irónico alzamiento de cejas por parte de su querida profesora.

Así que, finalmente, el becario se despide de la universidad, arrastrando los pies, pasando la mano por las 236 sillas de los estudiantes. La profesora llega ese mismo día muy cansada a su despacho, ahora lleno de la ausencia del becario. La profesora universitaria suspira y se pregunta si lo echará de menos. Se pregunta incluso si es posible que sea amor lo que siente por él, si es nostalgia lo que la hace llevarse un dedo índice a los labios fríos y rectos y acariciar después la silla donde él solía sentarse.

La profesora observa de pronto que hay un papel sobre su escritorio, un papel con el nombre de una universidad británica escrito rápidamente a lápiz. Lo coge, distraída, y lo lanza a la basura del despacho. El papel planea hasta llegar al fondo de la papelera, donde un montón de bolas que contienen fallidas cartas de amor esperan a ser recogidas por la señora de la limpieza. Cae del otro lado y en ella se lee un “He tardado tres años en acabar la tesis sólo para verla cada día” escrito sin ninguna esperanza.

Ane Zapatero

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2 comentarios

Archivado bajo Relato

2 Respuestas a “La profesora universitaria

  1. Jaime

    Qué desazón, Ane. ¿Era estrictamente necesario para el hilo argumental que apareciera la palabra “tesis”? Hoy te odio un poco más.

  2. Rubén Hidalgo

    Cuán crueles son las historias de amor en la Academia.

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