Archivo diario: 04/07/2010

La entrevista


#RELATO: Se tapó con el nórdico dejando al aire sólo la nariz. Se tapó hasta arriba a pesar de los 34ºC que marcaba el termómetro. Se tapó a pesar de que estaba siendo uno de los veranos más calurosos en años, según decían en la tele y en la calle y en los ascensores y en las salas de espera; a pesar de que el aire era pesado y  de que le sudaba hasta el píloro, se tapó dejando sólo un hueco para respirar.

Sentir el peso del edredón de plumas sobre su cuerpo, como un abrazo, la calmó por un rato. Justo después de dar varias vueltas en la cama, abriendo y cerrando las piernas hasta encontrar la postura ideal: abrazando la almohada a lo largo de su cuerpo con una pierna, con la cabeza apenas apoyada en el extremo superior de ésta; cubriendo casi la totalidad de la cama, en diagonal, con la pierna libre estirada completamente. Cuando dio con esta postura cogió aire profundamente y lo exhaló despacio, justo antes de relajarse totalmente y dejar todo su peso descansando sobre el colchón. Por fin se durmió.

Pero ahora, escasamente después de hora y media, Nuria vuelve a despertarse. Lo hace empapada en sudor, con la nuca húmeda y el pelo del flequillo rizado, asfixiada por su propio vaho. Como un autómata, extiende mecánicamente el brazo derecho hacia el lado izquierdo, coge el extremo del nórdico y tira de él haciéndolo caer, pesado, al suelo. Entonces, por un momento y a pesar de la temperatura objetiva, siente un escalofrío (bueno, está empapada en sudor). Camina patosamente hacia la cocina, abre la nevera y prácticamente sin abrir los ojos, coge una botella de agua y bebe de ella a morro.

Está nerviosa. Al día siguiente (en unas horas) tiene una entrevista de trabajo importante. Ha repasado mentalmente la situación una y otra vez (visualizarla detalladamente le hace sentir que tiene cierto control sobre ésta, como si ya la hubiera experimentado con éxito anteriormente) y ha planeado y memorizado incluso cómo va a peinarse y maquillarse, qué pendientes va a ponerse, esos discretos aunque originales (seriedad aunque creatividad, discreción pero no austeridad) y qué falda con qué blusa y qué zapatos. Hasta el número de horquillas que van a recoger sus rizos castaños.

Va repasando esto mientras ve anuncios tipo teletienda en este canal y en éste otro y en éste también. Al final decide probar suerte y meterse en la cama de nuevo. Atraviesa el largo pasillo cogiendo la botella de agua fría por el tapón. Va dándole golpecitos en la pierna y mojándola con el agua helada que parece exudar, como un botijo, y que forma lágrimas que le recorren la pantorrilla hasta el hueso del tobillo. Odia los pasillos largos, pero aquél era el único piso decente y céntrico que pudo permitirse. Enciende la luz del dormitorio y… ¡Coño! ¡Hay un bulto en su cama!

Joder, joder… Se queda petrificada bajo el dintel de la puerta, mirando hacia su cama y sintiéndose como lo harían los tres ositos al descubrir a Ricitos de Oro en su casa. ¡Hostia puta!

Empieza a hipotetizar:

“Un fantasma no puede ser, oigo su respiración y, en cualquier caso, no puede hacerme ningún daño. Además, hay un detalle importante: los fantasmas no existen. Bien, vale. ¡Un ladrón! Pero si es un ladrón, ¿por qué duerme? ¿Narcolepsia? ¿Un narcoléptico se dedicaría al robo? No, no puede ser. A ver, piensa.  ¿Grito? ¿Salgo corriendo así desnuda para pedir ayuda? Por qué cojones no usaré pijama… ¿Llamo a la policía y espero escondida a que venga? ¿Pero por dónde ha entrado? Por la puerta no. Por la ventana es imposible, es un sexto, no hay balcones y no se puede trepar por ningún lado. Y las ventanas son batientes. Joder, joder, joder…”

Al final le pueden la curiosidad y la inconsciencia. Se acerca sigilosa a ese lado de la cama, rodeándola por los pies. Oye la respiración profunda bajo el grueso edredón. Quien sea, tiene la cabeza totalmente tapada. Nuria permanece ahí de pie, mirando dormir plácidamente en su colchón a ese desconocido bulto. Quiere coger una punta de la nórdica y destaparla un poco para descubrir quién hay bajo ésta, pero cuando ha decidido no forzar el descubrimiento para no despertarle, por si es peligroso, y llamar directamente a la policía desde la calle, el bulto se mueve y Nuria hace un descubrimiento desconcertante y aterrador. Puede verle la cara… Así, de pie, Nuria se observa dormir a sí misma. Porque es ella quien está ahí, ocupando su propio lugar en la cama.

No entiende nada. Si está durmiendo, ¿qué coño hace despierta, botella en mano, ahí de pie? Muerta de miedo y con la mirada desencajada, retrocede, se apoya en la pared y se sienta en el suelo, con la botella al lado, abrazándose las rodillas, mirando hacia la nada.  Pero al cabo de un rato el sueño le puede y le da demasiada envidia verse ahí, durmiendo. Así que rodea la cama por los pies, se sienta al otro lado, se limpia la planta de un pie con el empeine del otro y se acurruca en el espacio mínimo que la otra, ella  -es decir, “la otra ella”- le deja. Le da unos golpecitos con el pie. Lo justo para no despertar a la durmiente, pero hacer que le deje un poco más de espacio. Suspira y vuelve a apagar la luz. Se tapa entera, dejando al aire sólo la nariz. Espera poder dormir, porque mañana (en pocas horas) tiene una entrevista de trabajo muy importante y se pondrá esos pendientes discretos y la falda…

Minade Carbón

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