Archivo mensual: julio 2010

NICHT DA-SEIN


 

#POESÍA:

A Gonzalo Arango.

Ser el éxtasis ante la cruz de la duda
Cuando los ángeles y no dios
Juegan a los dados

Ser el sepulcro hermético donde
Descansan las larvas alimentadas
Por la falacia de la Belleza.

Ser un arma de doble filo
Enamorada de las flores

Ser

Una carta de amor
Con faltas ortográficas

Diez mil personas lanzando al aire
Un mensaje de rencor

Ser dos adolescentes masturbándose
Escondidos tras las puertas de un cuarto de baño
A solas con la inexperiencia.

Ser un ecuánime ser
Que fustiga las cábalas del deseo

Ser

El suicida que atenta
Contra la incredulidad del tiempo

El tiempo consumido
Por la incredulidad

Ser y No-Ser

Ser y Ser nunca
Yo misma

Siempre alguien desconocido

Jugando con la desaparición

Incapaz de contenerse

Anne- Le Pése- Nerfs.

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Negro


#RELATO:

 I

Ana sabía bien que no debía ir por aquel camino. De todos era conocida la fama de aquel suburbio sucio y lóbrego por donde ni los delincuentes más temidos andaban seguros. Y menos a aquellas horas. Y menos ella, caperucita apetecible. ¿Era Ana consciente de los instintos que su aspecto inocente, casi infantil, despertaba en algunas mentes retorcidas? Su larga y suave melena rojiza, sus ojos enormes y azules como de muñeca de porcelana, su piel clara y sus labios inyectados en sangre. Su cuerpo menudo calzado en unas merceditas…

Ella lo sabía. Sabía perfectamente que no debía andar por aquel camino de baldosas mal colocadas, como dientes imperfectos de una boca anciana. Baldosas apenas iluminadas. Baldosas siempre húmedas, babosas baldosas. Era consciente de lo que hacía: se lo advertía aquel silencio. Sirenas lejanas y toses enfermizas trataban de persuadirla.

Pero aquél era el camino más corto. Sin duda.

II

Él no podía ni creérselo cuando vio aparecer su frágil silueta a lo lejos. Su prolongada sombra parecía precederla. Era como una ofrenda. Casi sospechoso, una chica como aquella en un lugar como aquél. Todo el mundo estaba enterado. Ninguna niña sensata caminaría a solas por allí a sabiendas de los posibles peligros que ello conllevaba. Pero allí estaba esa osada, como un caramelo en la puerta de un colegio. Era una situación inusual poder coger así una presa. Sin tener que esconderse en un portal. Sin tener que estudiar minuciosamente las horas de entrada y de salida de su víctima.

Mucho más fácil resultaba atacar a alguna cría conocida. Eran más manipulables y, sin duda, más accesibles. Su sobrina era la prueba. Poco a poco la había ido engatusando. Poco a poco se había asegurado su confianza. Y no menos fácil fue convencerla de que aquello era un secreto. Su secreto. Porque él la quería. Mucho más que su padre ausente. Mucho más que su mamá borracha. Él la cuidaba, la mimaba. Y aunque la niña se sentía violenta, siempre acababa accediendo a lo que, al fin y al cabo, eran las únicas atenciones que conocía.

Pero para qué negarlo. A él, lo que de verdad le gustaba era atacar por sorpresa. Oír el grito de la víctima, callado por su mano. Sus ojos desorbitados, las pupilas casi inexistentes, crispadas, todos los músculos de su cuerpo tensos de golpe. El forcejeo inútil y, tras la amenaza, el silencio. Paralizadas durante unos pocos segundos. Y la respiración agitada, desordenada. De nuevo el forcejeo y, cuanta más resistencia oponían, más se aceleraba él. Ah! Lo necesitaba. Necesitaba volver a sentirlo. Sólo con pensarlo notaba bullir su sangre con brío. Volvía a sentirse inusitadamente vivo. Y allí estaba ella, como un corderito dirigiéndose, sin saberlo, directamente a la mesa en bandeja de plata.

La oía cantar una canción que no alcanzó a reconocer. Aún, si cabía, menos prudente. Quizá lo hiciera para espantar sus miedos. Quizá se había perdido, pobre cachorrito. Quizá hoy, el Destino había cedido los dados a su primo hermano Azar. Quizá. Quién sabe.

Tomó aire profundamente. Pegó sus lumbares al frío muro metiendo tripa y sacando pecho, como tratando de fundirse, cual camaleón, con aquella pared manchada de orín y de lluvia, como él.

III

Su olor dulce entre el hedor a miseria del lugar era una descarada provocación. Y la oía más cerca, aún más cerca. Su voz parecía relajada, juguetona y cantarina. La inocencia que de ella se desprendía, paradójicamente, resultaba inquietante.

En el momento preciso la asió por un brazo con fuerza y la colocó salvajemente contra la pared de aquella triste esquina. Cogiéndola del cuello con una mano y apoyando la otra contra el muro para dejarla atrapada, le susurró: “ni respires, porque no vas a poder escapar”. Ella, serena y fría, contestó: “no pensaba hacerlo”.

Él abrió los ojos de par en par y de repente fue consciente del brillo helado de los ojos de ella, de su voz, mucho menos infantil y pura que antes. De su sonrisa de satisfacción y cinismo.

Pero era demasiado tarde. Ella le mordió el labio y, no sabía cómo ni cuándo, lo había colocado entre su abrigo azul y la pared. Quiso chillar, pero no pudo. Ella le tapaba la boca con la mano. Sus ojos se abrieron de par en par: no podía creer lo que le estaba sucediendo. Mil rápidas ideas pasaron por su cabeza. Sus músculos estaban tensos. Intentó quitársela de encima, pero de pronto sintió en su cuello el frío metálico y brillante de un cuchillo y quedó paralizado. Ella sonrió satisfecha y, mientras bajaba lentamente el arma acariciando su cuerpo hasta llegar al pantalón, le susurraba cosas que él ni siquiera era capaz de procesar. Pues su mente estaba ocupada por rápidas ráfagas de imágenes, recuerdos, ideas casi ininteligibles. Su respiración estaba agitada. Cuanto más asustado se encontraba él, mejor parecía pasarlo ella. Llegados a aquel punto, sólo quería que todo acabara pronto. Se sentía humillado, ultrajado, indefenso.

Casi parecía haber perdido la noción del tiempo, la conciencia de lo que le estaba ocurriendo, cuando ella se apartó de él y lo dejó resbalar hasta el suelo.

Se sonrió victoriosa, insultante y satisfecha.

Le cogió la cara con una mano, estrujándole las mejillas y le cantó lentamente al oído “by, by, mein lieber Herr, Aufwiedersehen mein Herr…”

El quedó tirado en el suelo como un muñeco de trapo, como un títere sin hilos.

Ella se limpió las comisuras como un felino que se lame el bigote, sacó un pequeño espejo de bolsillo y se miró en él. Lo giró y le enseñó su patética imagen. Era su propio reflejo, pero no se reconoció.

“It was a fine affair but now it’s over”. Ella se levantó poco a poco. Él sólo podía ver sus merceditas negras.

Y se fue. Sin más. Dejándolo allí tirado. Semidesnudo. Sin fuerza ni ánimo para nada. Con ganas de nada. Sin poder pensar en nada. Pero la oía a lo lejos cantar, como lo hiciera Sally Bowles en el Kit Kat Club, “a tigger is a tigger not a lamb, mein Herrn, so I do, what I do…”

Y el silencio. Y las sirenas a lo lejos. Y las toses enfermizas.

Minade Carbón

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La cama


#RELATO:

Primero fueron las reformas en el baño, luego la nueva televisión y el asombroso horno- robot (que cocina platos en tan sólo 30 minutos), a los que siguió el cambio de decoración en la entrada, sustituyendo las desvaídas acuarelas de Mallorca por láminas plastificadas en las que se podían admirar San Francisco, Moscú, Florencia, lugares lejanos que ellos nunca soñaron con visitar, que no eran más que nombres confusos en los mapas lejanos de la infancia.

Por último fue la antigua cama de hierro forjado, que fue sustituida por dos camitas infantiles, impersonales, cada una con su correspondiente mesilla y su tapete azulón, a juego con la colcha.

“Debe ser verdad que al hacernos viejos regresamos a la infancia”, pensó el anciano acariciando su colcha azulona, con bordados de caballitos, azules también.

– Estos suecos son una maravilla, ¿a qué no adivinas lo poco que nos han costado las dos camas con las mesillas? –la voz de su mujer lo sacó de su ensimismamiento, como venía ocurriendo desde hacía más de cincuenta años.

– Prefiero no saberlo. –respondió el anciano, levantándose trabajosamente de su nueva cama. Recordaba a los operarios llevándose sin cuidado su cama de hierro, golpeándola contra las paredes de la casa, mientras él los seguía preocupado, y luego como la dejaron de cualquier manera en el trastero, de lado, a oscuras. Su mujer aún había murmurado un poco más, que si había sido una equivocación conservarla, que si los trastos viejos es mejor echarlos a la basura.

-Ése no es el pago que se le debe dar a nadie tras más de cincuenta años de compañía y servicio. –dijo en voz alta el anciano.

-¡Uy, no! Los suecos no llevan aquí tantos años… ¿No ves que es una empresa nueva y moderna?

La cama de hierro también fue en su momento nueva y moderna. La más cara de la tienda de muebles del pueblo. El anciano todavía recordaba el mes en que la compraron –noviembre-, el nombre del dependiente con bigote que les atendió –Félix- y el horroroso traje estampado de color rojo que llevaba doña Encarna, la madre de su mujer, que no les permitía ir a ningún sitio solos aunque sólo faltaran dos semanas para la boda. Su mujer y Encarna se encapricharon en seguida de la cama, y él era el único que no estaba muy de acuerdo con la compra –era demasiado cara-.

Al abandonar la tienda de muebles, el dependiente nominado Félix le dio al anciano –que entonces era nuevo y joven, como la cama- una palmadita en la espalda, y le deseó buena suerte para el día que estrenaran la cama, con una sonrisita ridícula en los labios. El anciano-joven se puso muy rojo al principio, casi tanto como el traje de su futura suegra,  y muy pálido después, y a punto estuvo de pegarle una buena bofetada al desvergonzado de Félix.

Su mujer era hermosa entonces, pequeña y delgadita, con el cabello muy oscuro. Nunca llevaba tacones ni alhajas. El anciano se preguntaba dónde fue a parar aquella mujer con la que fue a la tienda de muebles. Ahora, su mujer es rubia, de un rubio rabioso, casi insultante para el negro de antaño, y mucho más alta, porque llegada a una edad empezó a gastar sandalias de tacón grueso. Simplemente, envejeció, como envejecen todas las cosas. El tiempo hizo rubia y alta a su mujer y cerró la tienda de muebles del pueblo, cubriendo de polvo los gruesos cristales del escaparate.

También él envejeció, por supuesto, y empezó a necesitar lentes para leer, dentadura postiza para comer un triste trozo de pan, pastillas para la circulación.

-¿Me estás escuchando? Digo que no estaría de más invitar a los niños a comer este fin de semana, por el cumpleaños de Isabel. Y así podríamos conocer a la novia del mayor, ¿eh?-su mujer le guiña un ojo, divertida, mientras pone la mesa.

Su mujer sigue llamando “los niños” a sus hijos, aunque tienen todos más de 50 años. De hecho, David, el mayor de los nietos, y el hijo mayor de Isabel, tiene ya casi 25 años.

El anciano asiente,  despistado. (…)

Ane Zapatero

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La Catedral


Y me adentré en el umbral.

El tiempo no acompañaba, por lo que había pasado la mayor parte de la tarde en un pub oscuro y vacío, entre la Liverpool Cathedral y la Metropolitan Cathedral. Por esa zona, sólo hay viviendas de 3 alturas, con las ventanas del piso superior ciegas. Al menos en muchas de las casas. Me imagino un armario detrás, o un muro de pladur dividiendo el piso entero en dos. O una habitación totalmente sellada.

Una cámara del tiempo.

Una fosa común. Accedo por el frente de la nave principal. La puerta grande es para las grandes ocasiones. Para la blasfemia que venden muros para adentro, con sus regalitos, con sus cafecitos, con sus polladitas, con sus saraos multitudinarios copados de gente borracha y atea. Paso de largo el arcón de ofrendas y bajo directamente a las catacumbas. Todo parece estar en orden, nada ha cambiado desde la última vez.

Los muretes de las construcciones anteriores se conservan penosamente pero con cierta gloria bajo la nave del altar. Vitrinas con reliquias sagradas se desnudan en calles rojas. Petacas metálicas que me saco del bolsillo – en realidad sólo una – me dan de beber fuego americano mientras recuerdo porqué he venido y todo eso. Ya sabes. Tú, y todo eso.

Te pienso hablando de articulaciones y extensiones corporales mientras me retuerzo de dolor en una habitación húmeda y cargada de Mount Street.

Imagino cómo sería el mundo sin nosotros: parece que el aire sigue siendo respirable, parece que los rios siguen su cauce, pero nosotros, en nuestra no existencia, somos más sinceros y sobre todo más inocentes. Ya sabes. Te conté lo que decía mi abuela. La madurez, hijo, se la vas a clavar a alguien en el momento menos pensado, y te vas a arrepentir para siempre, mientras te transformas en un mocoso de nuevo. Gracias. Gracias abuela.

Pero aún así, eso no nos impidió construir a capas, a tí ni a mí, como mujer y hombre, como Ella y Él, como digo, construir por estratos nuestra experiencia, nuestra madurez. Nos habían avisado, pero claro. También nos han avisado de muchas otras cosas, y aquí estamos un sábado por la noche pisándole la cabeza con la rodilla a un francés ensangrentado para que suelte su navaja, mientras le clavas una MagLite de aluminio en las costillas y le gritas las 7 Plagas. Claro.

Nuestra memoria no deja de ser lo que es – me repito 3 veces en alto mientras guardo la petaca, ya vacía, antes de subir de nuevo a la superficie. No deja de ser una cámara del tiempo. O una fosa común.

Que al fin y al cabo es lo mismo. En una apilas recuerdos que te sobran.

En la otra, cadáveres molestos.

theuc

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Zarzas


#RELATO:

Soñamos, mientras el sol se iba, que todo habría sido más fácil de haber tenido caballos y el pelo largo. Pensé, podríamos cabalgar tan rápido que la música sonaría sola, vibrando en los rojos del cielo y en las rocas que rápidamente se enfrían, expuestas al viento de la estepa. Entonces tú abriste los ojos bordeados de gris, con el vestido aún levantado, y el preámbulo a tu voz tuvo lugar, y después tu voz. Y no supe decir qué parte es mi favorita. Las corrientes de aire no nos alcanzaban a esta altura del ciprés, por más que nos buscaran. Por eso podías tener tus piernas de bronce y leche al aire sin que se erizaran, y yo podía entonces enterrar mis manos entre ellas con más facilidad que en aquellas mañanas de invierno y perros silenciosos.

Hablabas. Decías, déjate el pelo largo, que las agujas se enreden en tus nudos, que las hebras fluyan y bailen y no podamos distinguir dónde acaba mi cabeza y dónde empieza la tuya. Reí y te besé en la oreja y después en la rodilla. Y nos imaginé como un círculo de pelo negro y piel roja, una serpiente mordiéndose la cola. Pero nuestros límites son claros y luminosos y nos amamos más cuando unirnos es tarea complicada. Como cuando tu padre cierra todos los postigos y tengo que arreglármelas trepando por tu limonero, calculando los salientes que aún se mantienen fieles a la argamasa, evitando que vuestro murciélago me oiga. O como cuando vas, manta sobre los hombros, a confesarte o a por tomates maduros, corriendo como una loca, como un corzo, para poder regalarme diez minutos en el arenal del camino viejo.

Cerraste otra vez los ojos a medida que los pájaros se alejaban de nosotros. Y me dejaste solo, imaginando, con el peso de tu cabeza entre mis manos, que me alzaba en medio de la plaza, golpeando cazuelas, despertando a todos, sacándolos de sus gruesas casas. Agitaría los brazos y gritaría en la cara del alcalde y todos tendrían que entender. Pero tú no quieres. Dices, en suspiros, déjales estar seguros de las cosas. Déjales que inventen y murmuren sobre otros, mientras tú y yo dormimos entre las zarzas. Y es que sabes que, en parte, me amas porque siempre te han dicho que no puedes.

elster

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GLOSAS


#MICRO-

 

SOBRE LA FORMULACIÓN DE LAS TEORÍAS

“Las acciones humanas quedaron privadas de cualquier valor.

Algo surgió: un mundo vacío.”

W. Benjamin.

La pregunta por el sentido cognoscitivo

De las representaciones colectivas

Es

En sí

Un sinsentido cognoscitivo

El imaginario goza de la sacralidad

Que se proporciona a sí mismo

 .

CONCIERTO Nº 4 PARA VIOLÍN Y PIANO EN D MENOR

“Y empiezo a dudar de que sea cierta (…) “

L. M. Panero.

Escucha el silencio

Nadie se atreverá a pronunciar palabra

He visto

Puedes creerme

Cómo mueven de un lado a otro sus cabezas

Viven hundidos en su propia negación

Mientras los dioses disfrutan de esta inmensa tragedia

 .

INVASIÓN.

Los señores de la guerra

Entraron en mi habitación

Anunciando la decapitación

Del Verbo

 .

NOESIS NOESEOS

“Sabemos bien que toda obra ha de ser imperfecta”

F. Pessoa.

Nadie fue capaz de desvelar el misterio

Su autoconciencia es el resultado

De la mera formulación de velos

-Velos velos…-

Hubo quien se justificó en el dolor

Y lo sabe quien haya tenido ojos para leerlo

.

HOSTILIDAD DEL ARGUMENTO

“Terriblemente, sí, terriblemente me desconcierta

el sabio agorero. Ni afirmo ni niego: no sé qué decir.” 

Sófocles.

Se deben confirmar las hipótesis

Antes de emitir las últimas conclusiones

Ese es el procedimiento

La gran cláusula del contrato

Y allí descansa el terrible peso de la pluma

.

LINGUÏSTIZACIÓN DE LO SAGRADO.

“El ángel se come el libro

Dulce como la miel en la boca

Pero amargo en las entrañas (…)

Ap. (10, 5)

Los cuentos

Tienen el potencial

De crear estereotipos

Por eso la tierra

Aplaude esta noche

Tus 99 palabras

Todas ellas

brevísimos poemas

 

Anne -Le Pése-Nerfs.

 

 

 

 

 

 

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