Archivo diario: 24/06/2010

(relato erótico) I


#RELATO:

Para Anne

I

Mientras observaba palpitar la sangre en las venas a su paso por el cuello, Diana se preguntaba qué textura y sabor tendría su piel. Él hablaba, hablaba, hablaba sobre su familia, sobre su hermana pequeña y el cachorro que se les murió cuando tenían cinco y siete años respectivamente. Ella asentía, asentía y asentía sin dejar de analizar la curva de sus labios, de imaginar la dulzura de su barba rala arañando su pecho, lienzo en blanco. De pronto él se levantó. Iba al baño. Ya se lo había dicho, pero ella, por supuesto, no le había oído. Diana se quedó esperando, mordiéndose las uñas, sorbiendo la Cocacola, mordiéndose las uñas, consultando el reloj, espiando su regreso. Y, de repente, también ella se levantó, y con paso firme se dirigió intuitivamente a los aseos, aunque jamás había estado en aquel bar y no tendría por qué haber sabido dónde estaban. Y se coló en el de caballeros. Él estaba a punto de salir, con una mano en la manilla; se secaba la otra, húmeda, en la pernera del pantalón. Ella casi le golpeó en la nariz con la puerta. Él la miró, sorprendido durante unos segundos, pero enseguida comprendió, y retrocedió mientras ella lo seguía con la intención y la mirada. La espalda de él tocó la pared mientras sus labios hacían contacto con los de ella. Ella apretó su vientre contra el de él para después abrirse paso entre su espalda y la pared: sus dedos, como garras ansiosas, arañaron la molesta superficie de la camisa hasta que ésta se salió de los pantalones y ella pudo, al fin, fundir las yemas cálidas en su espalda enfebrecida. Sus labios parecían no tener fin. Labios infinitos. Calor. Él retiró la mata de su pelo, no sin cierta torpeza, y le refrescó las tensas cuerdas del cuello con besos infinitos. Labios infinitos. Escalofríos.

-Muerde –susurra de pronto una voz desconocida.

-¿Qué?

-Que muerdas.

Y él obedece, e hinca los dientes tiernamente hiriendo su tierna piel hasta hacerle reír de dolor. Y ella ríe, ríe y ríe mientras le lloran los ojos de puro placer y de repente se acuerda de dónde está y separa su cuerpo del de él abruptamente. Sin dejar de mirarle, retrocede hasta llegar a la puerta y, sin dejar de mirarle, cierra el pestillo con una sonrisa. Sólo entonces se despoja de la primera prenda: en apenas tres segundos se deshace mágicamente del sujetador, que pende de su mano extendida durante unos segundos antes de caer al suelo de manchado de pisadas.

Paula Zumalacárregui Martínez

To Be Continued…

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