Archivo mensual: junio 2010

Código de registro (y 2)


(Viene de aquí.)

#RELATO:

V

“El internamiento por plazo indefinido no implica la adopción, por parte del Centro, de responsabilidades distintas de las habituales en los procesos de internamiento ordinario. Todo procedimiento cuyo protocolo clínico requiera el consentimiento informado del paciente se considerará autorizado desde el momento de la firma de este formulario por parte de sus representantes legales.”

VI

El señor de blanco nº 1 abre la puerta y les indica la salida señalando al pasillo. Sale detrás de ellos y cierra con llave.

– Síganme, por favor.

Dobla a la derecha y se interna en un largo pasillo, iluminado por tubos blancos de neón. Le siguen. Ella se apoya en el codo de él para caminar.

VII

Una luz roja se enciende con un zumbido sobre la puerta metálica. El señor de blanco nº 3, gira en su silla, aparta la vista de la pantalla del ordenador y pulsa un botón. Se escucha un chasquido mecánico. Entra el señor de blanco nº 1 seguido de ella, que se apoya en el codo de él.

– ¿Todo en orden? –pregunta el señor de blanco nº 1.

– Todo igual –contesta el señor de blanco nº 3.

– Tendrán que ponerse esto –dice el señor de blanco nº 1 mientras les tiende ropas de un tejido plástico de color gris–. Por seguridad.

VIII

Ambos están completamente cubiertos del tejido gris. Sólo a la altura de los ojos queda un rectángulo de material transparente. El señor de blanco nº 1 les indica una puerta blindada. Los acompaña hasta allí e introduce una clave en el teclado numérico de la derecha. Se escucha de nuevo un chasquido mecánico. El señor de blanco nº 1 abre la puerta, hacia fuera, y se adentra en la habitación. Ambos le siguen. Dentro todo está oscuro. Se oye un pitido intermitente y algo que parece un borboteo.

– Yo debo quedarme aquí –susurra el señor de blanco nº 1–, sigan Vds. hasta el fondo. Pero no se acerquen demasiado, aún no sabemos cómo reaccionaría su hijo.

Jaime

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En el restaurante


Cada vez que se acerca con un plato

me fijo en sus manos

y esbozo planes para rozarlas por error

sin que se note mi deseo

Una brizna de acné es lo único que me deja ver

cuando nuestras miradas chocan en el silencio de la radiofórmula

ofreciéndome por el contrario la forma de su cuerpo, tan adecuada

tan bella y abrazable

Por un momento pienso en dejar mi teléfono

pienso en pedir su teléfono

pero el ridículo puede ser el mayor de los misóginos

Así que nos quedamos cada uno en nuestras vidas

y damos paso a la tranquilidad de no tener que lamentar nada

porque en la mente, todo lo que tenía que ser

ya ha sido

theuc

Entrada parte de Amor Inútil (número 1 de X)

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PREOPERATORIO


 

#POESÍA:

 

 
 “La conciencia es mucho más que una astilla:
es un puñal en la carne.”
E. Cioran.
.
“… Se puede morir por esta libertad.”
A. Gamoneda.

 

 

 

.

Diagnosticar el dolor nunca ha sido tarea fácil

La vida se nos reveló ya desde sus inicios

como el huracán que desmiembra cuerpos

que resultan luego ser irreparables

Diagnosticar el dolor

-Como un cáncer o un tumor latente

Cerca del lugar en que reposa la fe-

Fue siempre tarea de los más osados

Diagnosticar el dolor

Y extirparlo con bisturí de mármol

Localizarlo y sentir

Sentir entonces algo

Utilizar los fórceps y arrancarlo

Tal y como si nunca hubiera estado allí

Sin anestesia ni tranquilizantes

Abrirse uno en canal

Para ver lo que provoca la infección

Y perder la conciencia cuando la conciencia

Es

En realidad

La única vía de exterminio posible

 .

El único medio

De saber que se puede

En cualquier momento

Morir a causa de un verdadero

Dolor

.

Anne -Le Pése-Nerfs

 

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Surrealismo Sucio en la Antiliburudenda


#EVENTO:

#POESÍA:

El pasado 17 de Junio tuvo lugar la presentación del libro Surrealismo Sucio de Aitor Bergara en la Antiliburudenda (C/Dos de mayo, 2. Bilbao). Aitor Bergara nos iluminó con lúcidas reflexiones sobre la naturaleza de la literatura y de la realidad mientras que la presentación del filósofo Jaime Cuenca nos ayudó a situar la obra del poeta como reflejo de su tiempo. Creo que merece la pena. Véanlo y juzguen ustedes mismos:

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Leche merengada


#RELATO: Cuando entró en la casa, la encontró como de costumbre, tirada en el sofá. Un brazo pendía inerte del borde del sofá mientras ella, totalmente regalada a la desidia, dejaba que su pájaro revoloteara libre por el salón.

Aquél pájaro tenía casi más años que él. Era la niña de los ojos de su madre. Solía revolotear histérico, soltando plumas a su paso por la casa. A él le daba bastante asco aquel bicho. Estaba sucio y tenía las patas llenas de bultos asquerosos, como muñones saliendo de otros muñones, así que si en alguna ocasión había tenido la tentación de matarlo, pronto el asco le había hecho desistir.

A su madre, en cambio, aquel pájaro le daba la vida. En ese preciso momento, estando ella tirada en el sofá, el ave calva le picoteaba las migas de galleta que se le habían ido acumulando en los pliegues de la papada y sobre su turgente escote mientras ella, pasiva y complacida, se dejaba hacer.

Eran las doce y media de la noche cuando dejó la bici en el jardín para entrar en casa y encontrarse con aquello. Su madre ni siquiera le preguntó dónde había estado hasta tan tarde, ni le tenía la cena preparada, ni le había recordado que al día siguiente debía madrugar para llegar a tiempo a clase. Sólo sacaba los labios cerrados, como un culo, para que su adorado pajarillo le diera piquitos. Odiaba a aquel bicho piojoso. Aunque probablemente sólo era un odio desplazado. A quien de verdad odiaba era a su madre. Por no prestarle atención y por dejarse tocar por aquel vecino asqueroso, también viudo. Eran repulsivos.

Entró en su habitación, soltó la mochila y encendió el ordenador. Saltaron a su pantalla mensajes de tías en bolas que le ofrecían chatear si quería sexo. Las rechazó, pero entró en la página porno de costumbre para echar un vistazo. Ni siquiera le excitaba; era pura curiosidad. Había cosas extrañísimas: transexuales vestidas de monjas, corridas multitudinarias sobre una misma cara, rubias a cuatro patas dejándose penetrar por perros, señoras mayores vestidas de colegialas,…

Internet le había abierto las puertas a un mundo que a veces le quedaba grande, pero la falta de control parental y la privacidad le permitían vencer su patológica timidez y su falta de experiencia.  Hizo tiempo hasta que el reloj dio la una de la madrugada. Entonces, se miró al espejo, se peinó un poco con las manos, se cambió de camiseta, se colocó erguido en la silla del escritorio y encendió la web cam.  Desde hacía un par de días, María y él quedaban para hablar a esa hora a través de la pantalla del ordenador, cuando los padres de ella dormían y podían hablar tranquilos, lejos de los pasillos de clase y de la vista de los compañeros. Las inseguridades eran menos a través de la pantalla.

Encendió sabiendo que del otro lado estaría ella. La niña más guapa de todo el colegio. Se había desarrollado antes que sus compañeras y todos los niños de su curso perdían el culo por ella. Pero a la una de la madrugada, con la web cam encendida, María era para él y sólo para él.

Empezarían, como de costumbre, hablando de cosas tontas. Del tiempo, de los deberes, de tal o cual película. Hasta que hubieran entrado en materia. Al fin  y al cabo, necesitaban un poco de calentamiento. Aquello era extraño y nuevo para los dos. Millones de sensaciones, algunas contradictorias, recorriendo sus cuerpos. Así que poco a poco irían hablando de esto y aquello hasta que él le pediría que se levantara el jersey. Que se lo quitara. Que se acariciara los pechos. Que se desabrochara el sujetador. Que colocara un poco mejor la cámara. Que le dijera cosas sucias. Y así un largo etcétera hasta que terminaban  el encuentro despidiéndose hasta mañana, mientras él le aseguraba que no tenía de qué preocuparse, que el examen de ciencias del día siguiente sería fácil. Y que ya hablaría él con la directora sobre ese asuntillo en el que se había visto envuelta por fumar en los lavabos. Para algo era el jefe de estudios.

Minade Carbón

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(relato erótico) I


#RELATO:

Para Anne

I

Mientras observaba palpitar la sangre en las venas a su paso por el cuello, Diana se preguntaba qué textura y sabor tendría su piel. Él hablaba, hablaba, hablaba sobre su familia, sobre su hermana pequeña y el cachorro que se les murió cuando tenían cinco y siete años respectivamente. Ella asentía, asentía y asentía sin dejar de analizar la curva de sus labios, de imaginar la dulzura de su barba rala arañando su pecho, lienzo en blanco. De pronto él se levantó. Iba al baño. Ya se lo había dicho, pero ella, por supuesto, no le había oído. Diana se quedó esperando, mordiéndose las uñas, sorbiendo la Cocacola, mordiéndose las uñas, consultando el reloj, espiando su regreso. Y, de repente, también ella se levantó, y con paso firme se dirigió intuitivamente a los aseos, aunque jamás había estado en aquel bar y no tendría por qué haber sabido dónde estaban. Y se coló en el de caballeros. Él estaba a punto de salir, con una mano en la manilla; se secaba la otra, húmeda, en la pernera del pantalón. Ella casi le golpeó en la nariz con la puerta. Él la miró, sorprendido durante unos segundos, pero enseguida comprendió, y retrocedió mientras ella lo seguía con la intención y la mirada. La espalda de él tocó la pared mientras sus labios hacían contacto con los de ella. Ella apretó su vientre contra el de él para después abrirse paso entre su espalda y la pared: sus dedos, como garras ansiosas, arañaron la molesta superficie de la camisa hasta que ésta se salió de los pantalones y ella pudo, al fin, fundir las yemas cálidas en su espalda enfebrecida. Sus labios parecían no tener fin. Labios infinitos. Calor. Él retiró la mata de su pelo, no sin cierta torpeza, y le refrescó las tensas cuerdas del cuello con besos infinitos. Labios infinitos. Escalofríos.

-Muerde –susurra de pronto una voz desconocida.

-¿Qué?

-Que muerdas.

Y él obedece, e hinca los dientes tiernamente hiriendo su tierna piel hasta hacerle reír de dolor. Y ella ríe, ríe y ríe mientras le lloran los ojos de puro placer y de repente se acuerda de dónde está y separa su cuerpo del de él abruptamente. Sin dejar de mirarle, retrocede hasta llegar a la puerta y, sin dejar de mirarle, cierra el pestillo con una sonrisa. Sólo entonces se despoja de la primera prenda: en apenas tres segundos se deshace mágicamente del sujetador, que pende de su mano extendida durante unos segundos antes de caer al suelo de manchado de pisadas.

Paula Zumalacárregui Martínez

To Be Continued…

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Sección de videojuegos (I)


#RELATO:

I

Ella golpea con los dedos la mesa donde está la caja registradora, fingiendo que sabe tocar el piano. Aunque aún no le duelen las piernas –después de todo, la mitad de su trabajo consiste en estar de pie- la media sonrisa que exhibe es, claramente, un gesto mecánico, que no está dirigido a nadie en particular.

Quedan dos horas para cerrar la caja. Todavía puede vender unos cinco videojuegos, teniendo en cuenta que es un día de labor, y que el niño medio está en este momento haciendo sus deberes en casa. Y de pronto los ve llegar: un padre con barba seguido por un niño con mochila.

-…pide lo que quieras, luego ya veremos nosotros qué te compramos. ¿Seguro que no prefieres otra cosa, más que un videojuego? Yo a tu edad era feliz con tan poca cosa, una simple peonza…y pensar que me volví loco cuando tus abuelos me regalaron una bici…¡y eso que era por la comunión! Pero ahora necesitáis todo tipo de aparatitos, os lo damos todo hecho, no tenéis imaginación, y claro…

El niño se mueve nervioso entre las estanterías de juegos, sin escuchar a su padre: tendrá unos ocho años.  De repente dobla una esquina demasiado aprisa, y la consola más cara del establecimiento cae al suelo limpia, claramente, sin hacer ruido.

La planta queda en silencio. El tiempo se detiene. Y entonces, dos acciones suceden casi simultáneamente. La primera, el golpe sobre la mejilla del niño. El padre le da una bofetada sin mirarlo, y el niño aguanta el dolor sin llorar, aunque su mano derecha tiembla en el bolsillo del pantalón, deseando aliviar el calor de la cara. La segunda acción  comienza un segundo antes de que se escuche la bofetada: la dependienta camina rápidamente, a pesar de la falda del uniforme y los tacones, recoge la consola y la guarda tras el mostrador. El padre se acerca a ella, le agarra por el brazo:

-Señorita, le dejo mi teléfono, por si hace falta, llámeme usted y…

Ella niega con la cabeza y lo empuja hacia su hijo, que  observa horrorizado el lugar donde hasta hace unos segundos estaba la consola. Se marchan apresuradamente, y la chica sonríe en silencio. Aunque nadie parece fijarse en ella, su sonrisa ha dejado de ser un gesto mecánico, y sus ojos parecen mirar juguetes, muñecas o jarrones que ella también tiró al suelo por error, hace unos pocos años.

Álex Silvano de Tena, el vendedor número dos de la sección de informática, juega con su corbata roja a rayas mientras observa la escena. Lo que ha contemplado es una total falta de profesionalidad, desde luego. Si el está logrando ascender, si ha llegado ha ser el número dos de su sección antes de los 25 años, se debe a su puntualidad inglesa y al hecho de que olvidó hace tiempo que las cosas pueden caerse al suelo “por error”. ¡La consola más cara del establecimiento, ni más ni menos!

Pero, aprovechando que no hay clientes por “su” zona, se dirige lentamente a la zona de videojuegos, y observa a la dependienta temporal, que vuelve a fingir que toca el piano junto a la caja registradora.

-Perdone, señorita…

Ella abre mucho los ojos. La mano izquierda se paraliza en medio de un fantástico e invisible acorde.

Álex no es capaz de recordar cómo se llama la dependienta. Entonces, decide pasarse una mano por el pelo y toser débilmente. Una mujer le dijo hace tiempo que era encantador cuando hacía eso, que le recordaba a un actor inglés, que había protagonizado…que se había hecho famoso por…

La dependienta no parece vulnerable al truco y la mente de Álex empieza a luchar desesperadamente  por recordar el nombre del actor inglés, sin pensar nada ingenioso que decirle a la dependienta, mientras sonríe como un idiota.

-¡El actor se llama Hugh Grant!-dice finalmente, aliviado.

Ella parpadea un par de veces, buscando otro nombre.

-¡Y el compositor, Franz Lizst!- contesta finalmente la dependienta bajito, sonriendo. Ella también parece aliviada.

Ahora es Álex quién parpadea, no dos, sino muchas veces. Y luego, sonríe.

Ane Zapatero

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