maṇḍala (i)


#RELATO:

La resurrección y la vida. Una vez estás muerto estás muerto. La idea del último día. Levantándolos a todos de sus sepulturas. ¡Lázaro, sal fuera! Y salió el último y perdió el puesto. ¡A levantarse! ¡Último día! Luego cada uno huroneando por ahí su hígado y sus asaduras y el resto de sus avíos. Encontrar toda su jodida persona esa misma mañana.

“Ulises: James Joyce”.

Todas las historias comienzan con el secuestro de una mujer. La historia de la putrefacción de mi vida también. La secuestró la muerte. Murió. Se la llevó. Díganlo como ustedes quieran pero aquello fue un secuestro. Alienada de los años que le quedaban por vivir, de mi lecho, de su lecho y de mi vida, fue secuestrada del tiempo que nos tocaba compartir. Aún mis nervios muertos mantienen el rastro que dejó su cuerpo arrancado de mi vientre nocturno. Usen algún eufemismo si lo desean. Quizá alguna de esas fórmulas de noticiario amarillo —de cementerio—. D.E.P. Pasó a mejor vida, descanse en paz. Háganlo. No sufran por mí. No se puede nadar en contra del tiempo. La muerte, la suya, siempre será un secuestro perpetuo y su ausencia el motor del final de mi vida.
Después de su muerte llegué a Ivalo. Ahora, sin embargo, ya no sé dónde estoy. Ni siquiera me siento. Quizá ella lo sepa. Llegó antes. Se lo confesé para que viniera a buscarme si algún día —quizá el último— se daba la oportunidad. Pero los secretos y las confesiones que guardan los muertos poco importan. Yacía muerta. Me acerqué a su oído cuando ya no estaba. Fue sólo un susurro, casi un pensamiento. (Iré a Ivalo, te esperaré allí).
Desde que ella murió no dejó de llover. Ni allí ni en Ivalo. Tuve que comprar un paraguas. No pude llorar. Mis huesos goteaban lágrimas. Mis costillas casi se oxidaron. Tal vez no tenía que haberlo hecho —comprar el paraguas—. Habría sido mejor impregnarse en lluvia. Arrugarse por humedad extrema. Ser viejo al fin y morir.
Puede que ella me haya olvidado completamente. Quién sabe si no nos borrarán los recuerdos todos esos gusanos y bacterias que comen los cerebros de los muertos. Yo creo que ya he empezado a olvidar porque ya no me duele tanto. Será alguna cucaracha que se está comiendo mi dolor —parece que todavía no se han comido el recuerdo de sus ojos. (Como desaparezca moriré de nuevo) —.
En Ivalo dormía en una cabaña. Estaba llena de cucarachas. No sé como son capaces de aguantar las temperaturas de ese lugar. Hacía demasiado frío y no paraba de llover. El día anterior a mi huída me encontré una de ellas, minúscula, negra rojiza, agonizando en las sales de cianuro de sodio. Caería allí por algún tipo de fatal desgracia. El azar es el más cruel de los monstruos. También se llevó a mi mujer dejándola del color de la muerte. Azul o blanca. Ya no lo recuerdo. Quizá violeta.
La cabaña sólo tenía una ventana. Nadie pasaba por allí aparte de la luz de una mugrosa farola. Llovía tanto. Estuve allí dos semanas pudriéndome vivo. Los habitantes de Ivalo no me veían. No sé ni si tenían ojos. Eran tan blancos que he olvidado las líneas de sus rostros. Ahora ya sólo son fantasmas de los que viven en un mundo que no es el mío. La única persona con la que hablé, allí, en Ivalo, me dijo que nadie paseaba por aquí cuando se iban las nieves. Para qué me preguntaba. Yo no supe que responderle. Para qué seguir paseando creo que es una de esas preguntas que el más profundo de los filósofos tampoco podría responder.
Los días en Ivalo eran cortos. Sin embargo cada una de las noches que quise vivir allí fueron eternas como la muerte y la línea del tiempo. Lo preparé todo para desaparecer mientras los pequeños insectos de imparables patas huían asustadizos. Debería haberlos matado a todos. Se comerán mis recuerdos que es lo único que ahora tengo. Espero que si algún día volvemos en cuerpo alguien lo repare. Es el problema de la resurrección. A Cristo no le mandaron un cirujano para que le cosiera las manos. Andaba por el mundo agujereado. Será la resurrección de los coladores. Si no me he ganado ya el infierno espero que los agujeros sean pequeños. Del tamaño de estos minúsculos insectos.
La última noche compré vino al único fantasma que me hablaba. Cualquiera diría que yo era el muerto. Tan blanco él, yo tan negro. Recorrí las calles de Ivalo. Mi paraguas se lo llevó el viento.
(publicado originalmente en elultimojardin.wordpress.com) [Todos los derechos reservados].

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6 comentarios

Archivado bajo Relato

6 Respuestas a “maṇḍala (i)

  1. Jaime

    Un texto increíble, que ya me impactó la primera vez que lo escuché.
    —Y no saben lo mejor, amados lectores, ¡hoy es el cumpleaños de su autor! ¡Felicítenle!

  2. Rubén, estás hecho todo un Poe. Felicidades 😉

  3. rubenhidalgo

    Gracias, chicos, gracias. 😀 A ver si tiro de nuevos materiales.

  4. enazapatero

    ¡Felicidades, Rubén! ¿Me refiero al texto, o a tu cumpleaños-oh-lo-siento-ayer-se-me-olvidó-por-completo? Ah, nunca lo sabrás… 😀

  5. Minade Carbón

    Me gusta mucho, mucho este relato. No importa cuántas veces se lea, siempre gusta. Se te da muy bien transportarnos. Tus textos siempre tienen algo mágico y extraño.

    (Ooootro, ooootro!! 😉 )

  6. Galatea

    Precioso, me ha encantado 🙂

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