A la carta


#RELATO:

Para María Redondo,

por pedirme un relato “a la carta” -literalmente, “historia de amor que acabe bien”-

y darme así, inconscientemente, la idea para escribir esta cursilada 😉

* * * * *

Magdalena entra en el bullicioso café y busca un taburete que esté libre cerca de la barra. Pide un té Rooibos y un cuestionario nuevo y estudia las preguntas cuidadosamente mientras se le enfría el rojo brebaje. Como si no se las supiera ya de memoria. Pero tiene que haber pasado por alto algún detalle.

Marque con un los ingredientes deseados

“Labios carnosos, corazón. 20% de idealismo, corazón. Capacidad de empatía, corazón. Fogosidad sexual, corazón grande. (Rubor. Giro de cabeza para comprobar que nadie está espiando sus respuestas). Interés por las religiones orientales, corazón. Intolerancia a los cítricos (la perfección, aparte de inexistente, es irritante), corazón. Despistes ocasionales (mismo motivo), corazón. Detallismo moderado, corazón. Obsesión por Radiohead, corazón grande. Afición a la tauromaquia, tachón de órdago. Etcétera, corazón, corazón, corazón”.

“Después de marcar con un los ingredientes deseados escriba con letra de imprenta el nombre de su condimento favorito…”

“PIMENTÓN DULCE”.

“…y feche, firme, doble, entregue al camarero, camarera o camarere más cercano y espere instrucciones”

Las instrucciones llegan con una cuenta que no hay que pagar, porque el té Rooibos -y cualquier otra bebida a excepción de las espirituosas- está incluido en la cuota mensual que Magdalena lleva varios meses pagando puntualmente. La nota establece una franja horaria más o menos amplia y un lugar bastante determinado. Consulta el reloj y se da cuenta de que sólo quedan 37 minutos para que comience esa franja horaria, y también de que le llevará entre 20 y 25 minutos llegar a ese lugar determinado. Apura su té, exhala un “gracias” que, como una pluma, cae delicadamente hasta posarse en un suelo lleno de colillas aplastadas y sale. Olvida su paraguas y no se da cuenta de que lo ha olvidado. Es culpa de la falta de lluvia. Si estuviera lloviendo se habría acordado.

Magdalena se mete en el metro abarrotado y busca un sitio en el que poder quedarse de pie sin estorbar. Apoya la cabeza contra la barra vertical naranja más cercana; le gusta sentir cómo ésta rebota suavemente contra la fría superficie metálica en los días de calor. Por eso no le gustan los conductores de metro de brusca novedad. Igual él también está ahí. Igual él está también ahí preguntándose si ella estará ahí. Boing. Frenazo. Estación en curva. Una vez ya se le cayó el zapato por entre el hueco que queda entre el tren y el andén. Tal vez un día de estos rellene un cuestionario para su hermana, que está que no levanta cabeza desde que Marcos le puso los cuernos con un tal Jacobo. Sal, para María sal. Necesita un andaluz.

En la plaza hay señores mayores de paseo con sus bastones, señoras mayores de charleta con las palomas hambrientas y muchas, muchas palomas hambrientas. También hay muchas terrazas donde la gente se atiborra a risas y tintos de verano. Magdalena se sienta a esperar en un banco, a la sombra de su sombrero de paja. Quedan 4 minutos para que empiece el margen horario establecido, y de vez en cuando pasan madres que agarran fuertemente las manos de sus hijos, niños con pecas y bocatas de mortadela. No hay ninguna forma de que pueda reconocerlo, más que por intuición. Ésa es la clave del éxito de la agencia, según la propia agencia:

“Nosotros sólo estudiamos las compatibilidades entre los distintos candidatos y organizamos un encuentro potencial: el candidato A y el candidato B, ninguno de los cuales tiene conocimiento de ningún ingrediente identificativo, son convocados en un mismo sitio a una misma hora. Únicamente uno de ellos, A o B, sabrá que está expuesto a un encuentro potencial en ese momento y lugar particular. Si el estudio teórico de compatibilidad corresponde con la realidad, una mirada o gesto revelador harán el resto de manera espontánea. En caso de que el encuentro potencial no tenga lugar -y aunque, en realidad, los candidatos están siempre sujetos a ser sometidos a un encuentro potencial-, sólo tiene que volver a rellenar otro formulario y elegir nuevos ingredientes. Y recuerde: ¡el secreto está en la salsa!”

Una mirada. Un gesto. “Mejor me doy una vuelta”. Magdalena está empezando a perder la fe en los encuentros potenciales; se da cuenta porque ya no escrutina la cara de cada persona con la que se cruza sino que pasea ociosa, como si estuviera por enésima vez esperando a alquien que siempre llega tarde. Le hacen daño las sandalias nuevas, y aún quedan 45 minutos para que acabe su franja horaria. Decide volver a sentarse en el banco en el que estaba sentada, pero cuando deshace el camino andado se da cuenta de que hay alguien ocupando su sitio: una masa de pelo desenfunda un objeto que se confirma como una guitarra de unos 2.867 años de antigüedad. El dueño de la antigualla despide un inequívoco olor a falta de higiene continuada, así que Magdalena decide marcharse a explorar el resto de los bancos de la plaza. Se concentra y logra atisbar un par de chicos guapos que sorben tinto de verano de las copas de sus guapas novias. Descartado. Descartado, descartado, descartado. De repente siente una imperiosa necesidad de deshacerse del diurético líquido que le abarrota la vejiga. Resulta contradictorio que para vaciarla tenga que llenarla todavía un poco más.

-Me pone una caña, por favor.

-¡¡¡Maaarrrrchando, una caña para la señorita!!!

-Gracias.

-Calor, ¿que no? Cualquiera diría que estamos en agosto. Están las moscas que caen… ¡¡como moscas!! Juajuajuajuajua, ¿lo pilla, señorita? Como… ¡¡¡como moscas!!! Juajuajuajuaj…

-Si me disculpa, tengo que ir al servicio.

Magdalena se observa el cansancio en el espejo mientras se refresca la nuca con unas gotas de agua. Igual trenza mejor. “No pierdas el tiempo”. No está perdiendo el tiempo: él podría estar en cualquier lado. Podría hasta ser el camarero. No, definitivamente no podría ser el camarero. Vuelve, porque la caña se le está volviendo orina en la barra del bar pero no importa porque Thom Yorke está cantando fuera, sólo para ella.

-¡Eh! ¡Eh! ¡No se ha tomado usted la caña, señorita…!

Magdalena se para en seco. ¿Dónde está Thom Yorke? De repente se da cuenta: de gira por Indonesia. En el mismo banco de antes la bola de pelo parece estar cambiándole una cuerda a la guitarra prehistórica. De repente, se da cuenta.

Mateo, también de repente, siente casi físicamente como unos ojos se clavan en su coronilla. Alza la vista lenta, muy lentamente. Como aquel que siempre busca, infatigable, y ha sido encontrado por primera vez en su vida.

Paula Zumalacárregui Martínez

Anuncios

5 comentarios

Archivado bajo Relato

5 Respuestas a “A la carta

  1. aitorfatale

    Así que los hippies también rellenan cuestionarios de amor en los bares.
    La próxima vez, que pida el pimentón dulce con un poco de jabón.

    Ya escribes hasta cuentos de encargo.

  2. enazapatero

    Jajajajaja…El comentario de Aitor suena en mi cabeza a tono de reproche, estilo “Paula, deja de prostituir tu talento para la literatura…”

  3. Qué le voy a hacer si “me gusta ser una zorra” 😉

  4. Minade Carbón

    Jaaaaaaaajajajajaj!!

    Muy bueno, Paula! A mí me ha encantado. Un día de estos te hago yo un encargo, ya hablaremos de negocios 😉

  5. Pingback: A la carta « (orto)graphías de un autorretrato

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s