Archivo mensual: abril 2010

Consulta del médico


#MICRO-RELATO: Me gustaría tirarme de rodillas y ahuyentar al resto de críos de los juguetes que hay esparcidos por el suelo. Pero ni soy ya un crío, ni tengo rodillas.

Así que jugaré desde aquí arriba a pensarlos dentro de 50 años.

Pobres.

theuc

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La dignidad capilar


#RELATO: En el espejo del tocador, iluminado por unos pequeños focos, se reflejan 251 cabezas. Cubierta por un pañuelo se yergue la de Mariví, justo en el centro. Las otras 250 cabezas no son cabezas de verdad; no tienen cuellos humanos que las sustenten y sus facciones carecen de vitalidad. Pero no están muertas, sólo modeladas en plástico. Mariví ya se ha probado las 250 pelucas que coronan esas 250 cabezas de plástico, y no se ha quedado satisfecha con ninguna de ellas.

“Una buena peluca -bien cuidada y tratada, por supuesto- puede durar años e incluso pasar de madres a hijas”, solía explicar, incansable, a sus clientas. Y sus clientas asentían con énfasis mientras acariciaban cabellos artificiales y prestados, rubios o castaños, crespos o alisados. “Desde luego, desde luego”. Aunque fue en Bilbao donde Mariví empezó a trabajar como ayudante de peluquería, Madrid fue la ciudad que vio florecer su negocio. En la capital adoptó su nombre artístico, en parte para camuflar la “vasquedad” de su apellido y en parte para que la clientela empezara a conocerla y reconcerla como lo que era: una artista. Porque ella era una maestra del arte de hacer pelucas, y no una mera artesana de tres al cuarto.

Así, a los veintiséis años, Mariví Gorostiza se convirtió en Mariví Cabello. Aparte de por razones obvias, eligió el nombre porque le recordaba a Montserrat Caballés, de la que era ferviente admiradora. El modesto local de Chamberí pronto se quedó pequeño y, con las primeras ganancias y sus ganas de comerse el mundo, el negocio de “Mariví Cabello, capilar assistant” se trasladó a uno más grande y luminoso cerca de la calle de Serrano. Con el tiempo, su prima Charito,  la vitoriana, a quien había reclutado tras la mudanza para que la ayudara lavando cabezas a petición materna -convenía poner tierra de por medio entre la muchacha y cierto indeseable pretendiente-, se fue convirtiendo en una figura indispensable. Pronto dejó de lavar cabezas para convertirse en manicura, recibía a las clientas haciendo gala de ese “don de gentes” innato que los años habían ido puliendo y abrillantando e incluso llevaba diligentemente las cuentas del negocio. No obstante, Maraví siempre se negó en redondo a las veladas sugerencias que le llegaban de todas partes para que hiciera socia a su prima. Al final, Charito había terminado siendo la querida de un importante banquero madrileño que la visitaba semanalmente en el piso que le había puesto, a tal efecto, en la Gran Vía. Un día se arrojó desde el balcón. Pobre Charito. Todo aquel pelo manchado de sangre, desaprovechado. La verdad es que tenía buen cabello Charito.

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Bombón


#RELATO:

-Es genial que podamos estar todos aquí ahora, compartiendo nuestra pasión, nuestro camino.

Su sonrisa casi me convence. Pero no.

– Esta semana damos la bienvenida a Steward. Steward, ¿te importaría contarnos algo sobre tí?

-Bueno, hola. Pues me llamo Steward, como bien ha dicho Cornelius, Steward Forrester. Soy productor de televisión.

La reacción cuando digo a qué me dedico siempre es la misma. Murmullos, sonrisas de aprobación. Es como tirar una bomba de feromonas. Todo el mundo siente la necesidad de preguntar algo, cómo hacéis esto, en qué programas has trabajado, es verdad que te hace más gordo la tele, me dejas comerte la polla. Mierdas.

La tarde transcurre increíblemente lenta. Intento, esforzándome lo más posible, entender cual es el problema de cada una de estas personas. Cómo han llegado a basar sus vidas en una minucia para poder ser así siempre las víctimas y que sea legítimo escudarse en una mentira. Una mentira que cambia según convenga.

El capitalismo negociando ya con ideas y creencias.

-¿Puedo comerle la polla?

-No, no puede

Inventarse conversaciones siempre es divertido.

Observo con tristeza sus pobres argumentos, su ciega fe en algo que ya no pueden ni corroborar, ni comprobar. Algo que ya ni les afecta, pero que fue, seguramente, lo que los llevó a necesitar creer en algo para seguir adelante. Y aquí estamos.

Recuerdo mi misión, y me relajo un poco.

Había un tipo de unos 30 y bastantes, inquieto. Era uno de estos rednecks sureños que se acuesta con sus primas en el granero. No paraba de balancearse hacia delante y hacia atrás en su silla. Puto loco, me estaba acojonando. Con la mirada perdida, y unos mechones de pelo liso cayéndole, grasientos, sobre la frente. Su peto vaquero de John Deere, sucio de tierra y de grasa de automoción.

-Ben.

Mirada vacía.

-Ben, ¿no quieres contarnos cómo ha ido tu semana?

-No.

-¿Por qué?

-Porque no.

Qué tenemos aquí. El tipo inquieto no es de muchas palabras. Hay un silencio incómodo, en el cual Cornelius deja entrever que no le gusta que las cosas se salgan así de madre. Es mucho más gratificante cuando la puta morsa de mediana edad estándar americana cuenta cómo le ha ayudado Dios en su vida, y cómo ha entendido al fin que las cosas malas son pruebas de fe, tentaciones de el Diablo, y que había que ser fuerte en la fe. Yo solía pensar que las cosas malas, eran una especie de test para ver si te merecías las cosas buenas que iban a acarrear estas. Después ya me di cuenta de que las cosas malas pasan, y aunque te comportes en ellas como si fueses el mismo Dios entre los hombres, después habrá mierda y más mierda. Y a veces cosas buenas. Pero la mierda las sepultará pronto, así que nadie puede garantizare que llegues a verlas del todo.

La gorda estaba arrancada, y había aprovechado el silencio de Ben para darle a la lengua. Me cago en la leche. No callaba, no paraba de soltar mierda. ¿Habéis visto ‘Jesus Camp’? La gorda de las gafas que da “misa” a los críos. Igual, sólo que esta era retrasada mental, y la otra se estaba forrando a costa de esos primos. Vamos, como Cornelius, más o menos.

-Gracias Martha. Quiero que sepas que tanto el resto de tus hermanos como yo estamos contigo en el camino.

-Gracias Cornelius, ¡Amén!

-¡Amén!

-Él sabía que esto ocurriría.

-¿Ben? ¿Decías algo?

– El lo SABIA. Lo sabía.

-¿Quién sabía qué?

-Él. Lo sabía.

Fantástico. Premio Nobel de literatura.

-Ben, no…

– Le avisé de que algo así pasaría. Nunca debieron entrar en el granero, ¡Nunca!

-No entiendo…

– Les dije a esos hijos de puta que no me molestaran, pero no quisieron escucharme. NO QUISIERON ESCUCHARME. ¡Y MIRA AHORA!

El jodido psicópata se había levantado, y con un rápido gesto, rebuscó bajo su peto y levantó el brazo esgrimiendo una pistola Beretta de 9 milímetros.

Genial. La gente empezó a soltar OhDiosMíos y algunos se tiraron al suelo, en una patética demostración de lo mucho que querían la vida que tanto odiaban. Resulta que al fin y al cabo Dios no tiene nada que ver en la muerte de uno.

-Ben, por amor de Dios. No se de qué hablas. Dejemos que los hermanos salgan fuera y cuéntame lo que ocurre, lo solucionaremos.

El problema, es la jodida dependencia. Siempre lo ha sido. Déjale sólo en el puto desierto y verás cómo no ocurre nada. Eso sí, llévalo de la mano, y se jodió.

Total, que para qué enrrollarme en este tema. No me apetece describir cómo fué todo, así que diré que el loco este mató al reverendo, a la gorda, y a dos hermanos gemelos que competían entre ellos por ser más fanático que el otro. Después, saco el cargador de la pistola, sacó todas las balas, lo cargó con una bala sucia, muy vieja, amartilló y se pegó un tiro un poco más atrás de la barbilla, hacia el cerebro, salpicando toda la parte trasera de la sala con sangre y sesos.

No me moví de mi silla en todo ese tiempo.

Media hora después, unos 30 policías se estorbaban unos a otros. Mientras unos tomaban fotos alternativamente a las tetas de las reporteras de la televisión y a los cadáveres, otros hablaron con nosotros para reconstruir los hechos. Me pregunto yo qué cojones hay que reconstruír en un delito en el cual el culpable se aplica a sí mismo la ley de Talión. Perdone, pero es que no tiene usted nada que hacer aquí ya. De todas formas, si por deporte quiere hacerles a estas personas revivir el momento unas cuantas veces, no se corte.

Estaba yo junto a la mesita del café, mezclando los ingredientes. Se me acercó un crío de unos 22 o 23 años. Fantástico, han mandado a la caballería pesada a tomar declaración.

-Buenas tardes.

-Hola.

No le miro.

– Tendrá usted que contestar a unas preguntas antes de marcharse, señor…

– Forrester.

– ¿Puedo tutearle?

– No, no puedes.

– Ya, bueno. ¿Desde hace cuanto tiempo venía a las reuniones?

– Aproximadamente… hoy. Era mi primer día aquí.

-Wow, vaya. Ha debido pasarlo usted mal. Lo siento.

-No lo crea. No lo sienta.

– Ya, bueno. ¿Había notado algún comportamiento extraño en el individuo?

– Que tengas un cuestionario estándar no significa que tengas que ignorar lo que te digo. No le conocía de nada. No había estado antes aquí.

-Cierto, disculpe. ¿Puedo preguntarle que le mueve a venir a estas reuniones?

Miro mis manos, y sonrío. Levanto la cabeza, y olor se hace más nítido. Noto el calor. Casi percibo la dulzura. Y el amargor. Todo. La cremosidad de la textura. El bouquet asqueroso que se le queda a uno.

– Por el café, hijo. Yo vengo por el café.

theuc

(Escrito orignialmente en No Son Horas… [nosonhoras.wordpress.com] como última entrega de la serie “Café”)

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Habían sido amigas…


#RELATO: Ellas habían sido amigas. De eso estaba segura. Habían compartido chicles de menta en clase, confidencias en cafeterías, cartas de olor en la infancia. La que compartieron fue una época llena de certezas. ¿Qué trabajos tendremos cuando tengamos 40 años? ¿Cómo será mi vestido de novia? ¿Viajaremos al extranjero? ¿A qué colegios enviaremos a nuestros hijos? Toda pregunta relativa al futuro, por el mero hecho de ser formulada, esconde algún supuesto: que habrá un futuro, que habrá hijos, trabajo, e incluso vestido de novia. Pero las preguntas que ellas se hacían siempre daban por hecho una cuestión más profunda: que seguirían juntas, unidas de algún modo, cuando crecieran.

El ser humano necesita certezas. Las certezas son esos abrigos viejos de invierno, tan gastados que parecen retener la forma de nuestro cuerpo, de los que uno debería prescindir, pero de los que nunca nos libramos, “porque son tan cómodos”. Las certezas son cómodas, cálidas. Una certeza es saber que la panadería de al lado seguirá vendiendo pan la semana que viene. Una certeza es saber que tus amigos seguirán llamándote el fin de semana siguiente. La certeza que nos ocupa era de otra índole. Era un vínculo sin palabras, que apenas necesitaba verbalizarse para ser más cierto. Una especie de acuerdo tácito no-verbal, que las obligaba a cosas como sentarse juntas en los autobuses, esperarse para cruzar un semáforo, mirarse cuando alguien hacía un comentario ridículo.

Su relación fue, en los tiempos de la infancia en que los que chicas y chicos se mantienen apartados, una digna sustituta del amor romántico, llena de promesas imposibles: “Estaremos juntas para siempre”. Con la llegada de los impulsos de la adolescencia, la una se convirtió en el paño de lágrimas de la otra, el apoyo necesario cuando cualquier Javier, Ignacio o Daniel las ninguneaba de manera insoportable. Eso, por no mencionar las compras en los centros comerciales, los llantos, las poesías cursis sobre el vecino guapísimo que nunca las saludaba.

Lo compartieron todo y no compartieron nada. A fin de cuentas, todas las chicas se cuentan las mismas cosas entre los 6 y los 18 años. Cuando la universidad las separó definitivamente, con un tajo hecho de nuevas amistades, tardes de estudio en sus respectivas bibliotecas y nuevos amores, dejaron de tener cosas que contarse. Siguieron sintiendo la una por la otra una simpatía profunda, tejida de recuerdos compartidos: los trabajos de plástica de la Primaria, el día en que una de ellas se emborrachó por primera vez en una sórdida discoteca de las afueras. Pero no era lo mismo, y un día una descubrió que había olvidado telefonear a la otra en su cumpleaños. Luego siempre alguien se muda a otra ciudad, y el contacto –que ya se ha convertido en algo incómodo e innecesario- se pierde solo, como se pierde siempre la atractiva adolescente en el bosque en una de esas novelas baratas de suspense.

Ane Zapatero

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Juegos de palabras


#MICRO-EXPERIMENTACIÓN:

***

descuida: casi siempre llevas puesta la máscara adecuada

pero si se da el caso y la cruedad

de la vida te visita un martes

vuélvete persona en la protección del sexo

voluntarios animales

Paula Zumalacárregui Martínez

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Reseña agitada


#OTROS:

El Arte no es una disciplina ajena, externa al asesinato, a la que éste puede someterse o no a partir de la actitud personal del profesional, sino una dimensión ineludible y propia de la actividad ‘asesinativa’. Sin embargo, hay que reconocer que, desgraciadamente, durante demasiado tiempo el asesinato ha vivido ajeno a esta dimensión artística.

En este manual, tras las cuestiones introductorias, se propone el arte de la responsabilidad del asesinato y se presenta de forma transversal un elenco de problemáticas específicas concurrentes de la gran diversidad de especialidades de asesinato. El presente texto no hace una propuesta concreta y acabada del arte del asesinato. Será el lector quien tenga que realizar el esfuerzo de elaborar su propio arte personal del asesinato, aunque confiamos en que lo que se le ofrece en el texto le será útil para la consecución de dicho objetivo.

Arte para asesinos, 2ª edición. Editorial X.

theuc

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Desórdenes alimenticios


#CREACIÓN COLECTIVA: Cuando el médico le explicó que tenía un preocupante déficit de vitaminas, a la anciana no le costó mucho achacarlo -acertadamente y no sin sentirse un poco avergonzada- a la comida para gatos. Desde la muerte de su marido apenas cocinaba; sólo cuando su hija la divorciada tenía turno de noche y salía…

Opción 1.1

…de trabajar tan tarde -o tan temprano- que Jacinta le preparaba un copioso desayuno-almuerzo-comida que ella devoraba antes de caer redonda. Pero el resto de los días no cocinaba. Para qué. Si acaso una ensalada o un poco de coliflor hervida. Para qué, si la ensalada y la coliflor acababan en el platillo del gato, y la comida del gato en el plato de Jacinta. Ella sabía que aquello no estaba bien, que la comida de las personas era para las personas, y la de los gatos, para los gatos. La prueba de ello era el nauseabundo olor a ventosidad de gato que asfixiaba la salita cuando Jacinta se despertaba de la siesta. Pero no podía evitarlo.

Paula

[Continúa en la Opción 1.2]

Opción 2.1

…a las 8 bajaba con ella las 23 escaleras que separan la puerta de su piso del portal, las últimas 20 de puntillas, claro, se santiguaba 5 veces, una vez con cada dedo de la mano izquierda, abría la puerta e invitaba cortésmente a salir a Gabriela, que cruzaba el umbral veloz y displicente y con los ojos en blanco, eso sí, sin santiguarse (motivo por el cual aquélla repetía la liturgia en nombre de ésta), cruzaba el paso de cebra evitando pisar las rayas blancas y entraba en el mercado donde compraba un saco de comida para gatos whiskas, que vaciaba en la despensa ubicada en la terraza del 7º piso 7 minutos y 7 segundos después, exactamente.

7 minutos y 7 segundos después de vaciar el saco de comida para gatos whiskas en la despensa, es decir, transcurridos 14 minutos y 14 segundos desde la 1ª vuelta de llave y rigurosamente persignada por 15ª vez, Jacinta salía de casa con celeridad para robar la comida (depositándola en el saco previamente vaciado) que cierto amante del reino animal repartía en porciones nutritivas cerca de la urbanización donde aún vive, concretamente, en la calle de los gatos.

Aitor

[Continúa en la Opción 2.2]

Opción 1.2

Su textura grasienta se fundía en un acto de amor químico con sus papilas inflamadas por la edad o las bacterias. Amaba el primer contacto,  esa orgía sensorial con reminiscencias al esporádico encuentro del que era fruto su amada hija. Los triturados restos que engullía con ansia animal se deslizaban varoniles por su garganta mientras ella no hacía nada por ocultar las sonrisas espasmódicas de los actos íntimos. Eructó con placer hasta que el pestillo de la puerta principal sonó como una condena a sentir el filo de la guillotina. El corazón de ella, el mismo que gozaba y gozó con cada lata de comida de gato y con el miembro del único varón que conoció, estuvo a punto de detenerse al bombear un pavor descontrolado hacia sus córneas.

Rubén

Opción 2.2

Todo pueblo que se precie tiene su barrio o zona problemática, general y casualmente habitada por individuos de una raza distinta a la raza dominante. Sin embargo, los habitantes de Villaconejos de Zurracapote lucen, desde hace siglos -más concretamente, desde la expulsión de los judíos-, una piel homogénea: terrosa y dura como cuero añejo. Todos son cristianos viejos y se conocen entre ellos; se visitan después de la siesta, camino del bar o del río, y se obsequian con patatas de la huerta, “¿Un cafelito, Julián?”, “Déjalo, Mariano, si acaso una copita de vino”. Sólo hay una zona inhóspita en Villaconejos, y ésta es la Calle de Abajo, conocida por todos como la Calle de los Gatos.

Paula

Opción 3.1

…de copas hasta las 12 del mediodía con los del trabajo, y los traía a casa hambrientos y débiles. Víctimas perfectas para inyectarles anécdotas entre potaje y cocido, guisos que se afanaban en devorar mientras aguantaban el rapapolvo de la experiencia sobre sus pálidas nucas de trasnochadores. No eran ni hombres ni mujeres, sólo monigotes, tamagochis de carne y hueso a los que podía importunar con sus batallitas. Le daba igual que vaciaran la nevera mientras la miraran de vez en cuando y asintieran. Eso sí, después, más comida de gato y más hablar sola en la cocina.

theuc

[Continúa en la Opción 3.2]

Opción 3.2

Hasta que una de esas tardes su hija se la encontró enfrascada en un monólogo de maullidos mientras pelaba zanahorias. Gabriela se sintió culpable: tenía que visitar más a menudo a su madre. La pobre había ido menguando desde la muerte de su padre, consumiéndose dentro de aquellos ropajes negros que le chupaban despiadadamente la poca vida que, cual dromedario, la diminuta anciana almacenaba bajo la protección de su joroba. Su hija sentó frente a ella en la mesa de la cocina, pero Jacinta no pareció verla. Seguía pelando zanahorias, diligente. Tenía los dedos teñidos de naranja y las peladuras de zanahoria se estaban empezando a acumular fuera de los límites de la hoja de periódico que trataba en vano de contenerlas.

-¿Se encuentra usted bien, madre?

La anciana emitió un ronco maullido por entre el hueco de los gastados dientes pero no se dignó alzar la borrosa mirada.

En aquel momento Gabriela se dio cuenta del desaliñado aspecto que presentaba su madre y se percató del hedor que desprendían sus axilas llenas de pliegues. Un par de hirsutos pelos blancos flanqueaban el arrugado, casi inexistente, labio superior. “Pobrecilla, está que parece un gato abandonado. Y es todo culpa mía”. ¿Cuándo había sido la última vez que había ido a comer? Haría por lo menos un mes. Qué casualidad, justo el tiempo que llevaba saliendo con Patricio. Pero eso no era excusa. “Qué vergüenza. Yo dando rienda suelta a mis hormonas, como una quinceañera, y mi madre haciéndose vieja más sola que la una”. Haciéndose vieja. Haciéndose vieja…

Muerte. Soledad. Calor. Abismo. Chocolate con churros. Misa. Domingos en la playa. Muerte. Soledad. Cristales rotos. Moratones en la almohada. Compasión. Autocompasión. Sexo. Dolor de estómago. Pérdida. Italia. Azul.

…rotos los diques de sus ojos, Gabriela alargó una mano que reptó amorosa sobre la mesa de la cocina, sobre aquella orgía de peladuras de zanahoria, y se posó con suavidad sobre la mano que sujetaba el pelador. Entonces su madre alzó los ojos, unos ojos reverdecidos por la acuosidad de la edad última, y miró a Gabriela, reconociéndola al fin como su cría. Sin pronunciar palabra, Jacinta soltó el pelador y se inclinó despacio, muy despacio, hasta que sus labios y sus bigotes hicieron cosquillas sobre aquella mano cuyo dorso se le ofrecía. La besó como besan los gatos.

Paula

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